Licenciatura en Ciencias de la Comunicación                                               

 
 
 
 


TALLER: Presente de las políticas públicas de comunicación.

 

TÍTULO DE LA PONENCIA:

Desafíos y redundancias necesarias: Las políticas públicas de Comunicación en tiempos de multinacionales y simulacros mediáticos.

 

Víctor Silva Echeto

Universidad de Playa Ancha (Chile)

Universidad de Sevilla (España)

 

Resumen:

La ponencia reflexiona sobre las políticas públicas de comunicación cuando del Estado queda un recuerdo borroso y lo público se ha opacado detrás de la fachada del neoliberalismo. Analiza el posible arcaísmo de las políticas públicas de comunicación, en época de retirada del Estado- nación, de globalización económica, de red de redes , de digitalización y de simulacro mediático.

 

 

Palabras claves:

Políticas públicas- cultura- multitud- diferencia cultural- poder- redes mediáticas- multinacionales- simulacro-

 

I) Contexto: los límites de lo público

A primera vista resulta curioso que un seminario sobre comunicación lleve en su título las expresiones supuestamente redundantes de “políticas públicas” . Sin embargo, si se analiza la historia reciente del sur de las Américas, ese asombro se explica por las políticas que han seguido los gobiernos en los diferentes países de la región en los últimos 30 años. Dictaduras militares (radicalizadas por la implementación económica del neoliberalismo y la red de torturas y desapariciones que llevaron adelante los gobiernos de la región al implementarse el Plan Cóndor); transiciones tuteladas por los militares que sólo maquillaron las políticas dictatoriales, convirtiéndose en postdictaduras más que en regímenes democráticos autónomos de los militares.

En Chile, por ejemplo, a 16 años de finalizada la dictadura, en julio de 2005, se cambiaron solamente algunos aspectos de la Constitución aprobada durante el régimen de Pinochet en 1980, aunque ella no fue modificada en su totalidad; el neoliberalismo se ha profundizado aumentando sin descanso la brecha entre los diferentes sectores sociales; mientras que derechos básicos como la educación, la salud y la seguridad social, quedan en manos de multinacionales de distinto tipo y de Bancos. En materia de comunicaciones, mientras los grupos económicos Edwards (dueños de El Mercurio) y Consorcio Periodístico de Chile (Copesa), controlan la mayor parte de la prensa, en el último año uno de los candidatos presidenciales de la derecha, Sebastián Piñera del partido Renovación Nacional integrante de la Alianza por Chile, adquirió parte del paquete accionario del canal de televisión Chilevisión, siguiendo la lógica de algunos empresarios- candidatos europeos como es el caso de Silvio Berlusconi en Italia.

Al mismo tiempo, la prensa y la televisión hacen el catastro de las proezas de la tecnocracia que finalmente confunde realidad con marketing, “cuerpo con novedad, participación ciudadana con orden público” (Ossa, 2001: 2). La noticia, como acontecimiento, se convierte en anécdota; “los pobres” transformados en “delincuentes” cada vez ocupan más espacios en los informativos de televisión, generándose mayores vías de control social. Las “tecnologías del yo” (Foucault) muestran y hacen visible (e invisible) una “sexualidad” (como control del sexo), transparente, sin cuerpos, mientras a la sociedad se le niega el derecho a discutir temas claves como el aborto, la pastilla del día después (con el eufemístico nombre que corresponde) y la natalidad. Las farmacias abundan así como la automedicación y las patologías psiquiátricas, fundamentalmente, entre los jóvenes. Así como la Iglesia Católica difunde publicidades sobre la supuesta corrección de la familia chilena, pero no dice nada sobre el incremento de la violencia de género.

Paralelamente, la oferta de las redes de televisión, que suman cuarenta mil horas anuales en la programación abierta y un millón doscientas mil horas en el cable, se concentra en una producción donde prima la redundancia y la vuelta sobre “lo mismo”. Es así que los únicos sismos que padecen los chilenos en sus casas son producto de la situación geográfica del país y no producto de la oferta mediática. “No hay posibilidad de discordia ya que el conflicto es trabajado en la comunicación como un hecho externo e inusual, no deseado por la política” (Ossa, 2001: 4), y por ello, dar vueltas sobre los mismos temas y personajes permite que se unifique y vuelva horizontal la falla subjetiva y se expulse a la otredad insatisfecha que no habla ni imagina las palabras de un Chile correcto, olímpico y normalizado. Se normaliza un “orden del discurso” (Foucault) centrado en la moralidad y en las buenas costumbres, sin política ni políticos. Éstos no son más que personajes de ese reality show permanente, más cercano a Un mundo feliz que a 1984 . La televisión y la prensa remiendan una malla de saberes y sentidos comunes donde la catástrofe se transforma en euforia y risa, donde divertirse es estar de acuerdo; opinar es consentir las espectrales encuestas y la muerte la palabra final del presentador del noticiero. La televisión atrae porque la calle expulsa, la ausencia de espacios -calles y plazas- para la comunicación hace de la televisión algo más que un instrumento de ocio.

El desecho del espacio público se ha transformado en un shopping que muestra en sus vidrieras la pornografía de un país que se esconde a sí mismo. Mientras que la transición se cierra con el horror a la política de la disidencia. Las Universidades son un local más de ese país convertido en shopping , desaparecen los autores (y no justamente por una rebeldía antiedípica) y se ausentan los deseos que no terminan en el consumo. Las ciencias sociales y humanas se relocalizan en asesoras de empresas y de partidos políticos (generalmente los de derecha) y la actualidad se impone disfrazada de oportunidad, desarrollo, realismo u “opinión pública”. El receptor activo por el que tanto hicieron los cultural studies, se oscurece frente a los estudios de mercado, convirtiéndose la cultura en marketing y el país en un gigantesco mercado con ausencia absoluta del Estado.

Si el tema es “la política” y “lo público” en materia de “comunicaciones”, hay que considerar que la dictadura militar que procedió al golpe de Estado de 1973, no sólo destruyó, materialmente, “la regularidad del orden social y político que sustentaba la tradición democrática en Chile sino que aconteció también, simbólicamente, como ‘golpe a la representación'” al provocar una serie de fracturas y rupturas “en todo el sistema de categorías que, hasta 1973, formulaba una determinada comprensión de lo social en base a reglas de inteligibilidad compartidas” (Richard, 2001). La continuidad histórica es trastocada, y no justamente por una lectura histórica de la postmodernidad que fractura discontinuamente la linealidad temporal de la modernidad, así como su racionalidad se transforma en economía de mercado (neoliberalismo) y racionalidad del miedo. Como después de Auschwitz ya no es posible nombrar, representar, ni pensar. Se pierde la palabra, “como suspensión traumada del habla”, debido a los múltiples cristales en que se quiebra el espejo de la identidad. La representación produce un choque brusco entre “lo familiar (la regularidad del orden democrático con sus convenidos hábitos de participación social) y lo siniestramente desconocido (la violencia homicida y sus destrozos)” (Richard, 2001) .

Frente a ese panorama: ¿es posible en Chile pensar en –y vuelvo a la redundancia necesaria- políticas públicas de comunicación ? ¿Cómo pensarlas cuando del Estado queda un recuerdo borroso y lo público se ha opacado detrás de la fachada “supuestamente” exitosa del país paradigma del neoliberalismo? ¿Las políticas públicas no son un arcaísmo sin posibilidades de retorno en época de retirada del Estado- nación, de globalización económica, de red de redes , de digitalización y de simulacro mediático? ¿C&oacut?????eAmo pensarlas en el contexto más amplio de integraciones regionales económicas y (des) integraciones culturales?

 

II)  Políticas públicas o políticas publicadas.

Hay una coincidencia entre estos años y los ‘80 en el tema que convoca a este seminario sobre Políticas públicas de comunicación. En los '80 existía la urgencia de pensarlos en la medida en que se salía de las dictaduras militares que habían impuesto no solamente una política del miedo en la región, sino que habían implementado el neoliberalismo. Lo público, en una línea sin retorno hasta ahora, comienza a ser sustituido por lo privatizado (y no justamente por lo privado de cada individuo en su cotidianeidad), los sujetos y la sociedad inician un proceso de resignación en la cómoda y confortable pantalla del consumo y la política es objeto de descarnados datos, mientras que los Estados ya sin naciones abren el camino a las multinacionales ( lógica paradójica , diría Virilio). Los “sueños de la modernidad” se hacen trizas, se endiosa al mercado y el nuevo (des)orden mundial se estructura en base a las lógicas de las empresas multinacionales. Conceptos macros de la modernidad, como eran los de clase, Estado y Nación, ya no son apropiados para analizar la diseminación de las diferencias de género y étnicas. Mientras que las alteridades emergen desde sus agenciamientos (empoderamiento) activando performativamente reivindicaciones que habían sido opacadas por la modernidad, que seguía “su empuje” hacia delante en la línea evolutiva de la historia, aunque su “freno” estaba en esa misma historia. Del macro disciplinamiento a las microfísicas (Foucault) del poder diseminado y distribuido a lo largo del amplio tejido de la socialidad, que desde el caos y la heterogeneidad, reemplaza la supuesta identidad y homogeneidad de la sociedad. Es así, que se desconfía cada vez con mayor frecuencia de la noción de identidad, aunque se la intente pluralizar para hacerla más aceptable.

Los sueños utópicos de Jürgen Haberlas (1994), contextualizados en su planteamiento sobre la acción comunicativa, de que el debate público es la única posibilidad de superar los conflictos sociales, gracias a la búsqueda de los consensos que permitan el acuerdo y la cooperación pese a los disensos, se desvanecen. Así, como las lecturas neofuncionalistas de Niklas Luhmann, que para concebir a la esfera pública sigue el método funcionalista que convierte a las redes de interacción en un motor de equilibrio social.

Las multinacionales de la comunicación derrumban ese “castillo” construido con la debilidad de los naipes que al soplarlos se desmoronan. Por tanto, otro “sueño” de la modernidad se desvanece, el de la opinión pública, “surgida, no por casualidad, al mismo tiempo que la ‘nueva ciencia' de la representación democrática” (Hardt y Negri, 2004: 297). En ese momento se interpretaba que la opinión pública era la voz del pueblo (otro concepto moderno), “y se estimó que en la democracia moderna desempeñaba una función equivalente a la de la asamblea en las democracias antiguas: un espacio donde el pueblo se expresa sobre los asuntos públicos” (Hardt y Negri, 2004: 297). Desde mediados del siglo XX hasta la actualidad, la opinión pública se ha ido transformando, primero, en opinión publicada y, ahora, en digitalización y simulacro.

Otra propuesta para debatir la actual crisis de lo público es la de Hardt y Negri. Ésta, tampoco tan actualizada , intenta recuperar los conceptos de comunidad (lo común) y la multitud por fuera del concepto moderno y disciplinario de soberanía . Las singularidades sociales (multitud), para Hardt y Negri, desplazan a la soberanía, en virtud de su propia actividad biopolítica y de los bienes y servicios que posibilitan la reproducción de la propia multitud. “Ello implica que se opera un tránsito de la res publica a la res communis ” (Hardt y Negri, 2004: 243). La esperanza que estos teóricos depositan en la comunicación como forma de vertebrar a las separadas singularidades en época de poderes globales, aunque consideren que se aleja de la acción comunicativa habermasiana, tiene más en común que lo que ellos indican. Volvemos a esa propuesta utópica de pensar que la “razón comunicativa” es la posibilidad de superar los conflictos sociales y de enfrentarse a la “razón instrumental” del capitalismo tardío neoliberal.

Mattelart y Neveu desde una lectura neogramsciana, similar a la del Martín Barbero de los medios a las mediaciones, señalan que “las redes e industrias de la cultura y de la comunicación están en el origen de nuevas formas de construcción de la hegemonía”. No obstante, estas ideas como las de Martín Barbero, quedan atrapadas en una lectura binaria, mecánica y polar del poder, poco adecuada a la proliferación de micropoderes itinerantes. Las salidas estratégicas ya no pasan por analizar aisladamente a los medios de comunicación, sino incorporar los multimedias, el debate sobre la ocupación del ciberespacio y el control de las redes que se diseminan descentralizadamente, considerando que la comunicación y la información no son una mercancía más entre otras, sino un “bien comunitario”, un patrimonio intangible que es preciso cuidar no en el museo estancado de la historia sino en el devenir de las comunidades que lo ocupan y lo transgreden con creatividad. Y no puede ser menor la responsabilidad de los investigadores en época de capitalismo tardío, donde el trabajo intelectual ocupa un lugar clave, al ser sometidos a nuevos cuestionamientos y reabrirse las posibilidades de articulación entre trabajo intelectual y compromiso social que se creían desaparecidas.

 

III) De las políticas publicadas a la digitalización multimediática

En ese marco, hay que pensar y discutir las políticas públicas de comunicación, en épocas de mutaciones civilizatorias, de velocidades que sólo conciben el “arte” del “motor” y la “estética” de la “desaparición”. Así como la exasperante abundancia de simulacros (vacíos de representación) y su circulación incesante junto con imágenes sin imaginarios, emplazan el debate en un contexto novedoso y complejo, para el cual las propuestas de las décadas pasadas, las buenas intenciones o las recetas políticas que reducen el debate no tienen lugar. “Las mediaciones” como las tramas culturales de lo popular-masivo (Martín Barbero) o como las conexiones ( transcodificaciones ) entre fenómenos aparentemente dispersos, como por ejemplo, la economía y la cultura (Jameson, 1989), fueron durante mucho tiempo las propuestas que se formularon desde los estudios en comunicación. Pero, actualmente, la cultura ya no se ubica en la polaridad entre lo popular y lo masivo, ni el Estado es el juez en los conflictos. Esos Estados se vacían de naciones y las multinacionales se deslocalizan en pantallas, redes y 0 y 1 desde los que se trafican datos, informaciones e imágenes. La privatización es un elemento clave del neoliberalismo, penetrando en los dominios más vitales (biopoder) como la salud y otras áreas que antes se consideraban de interés común (como las patentes, los derechos de autor, la comunicación, etc…). Es así que la ideología neoliberal propugna, en materia de control, que lo público sea objeto de vigilancia mientras que en el ámbito económico sea todo privatizado. Es esa mirada la que nos permite plantear una nueva crisis en las nociones de lo público y lo privado, en la medida en que las palabras al pasar por el filtro del sistema se transforman semánticamente, produciéndose un travestismo lingüístico.

Si hace dos décadas las propuestas políticas pasaban por revalorizar lo público enmarcado en el contexto de lo nacional, democratizar las comunicaciones y establecer un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación más igualitario, en esta contemporaneidad de Imperio omnipresente, la crisis del Estado- nación (que no hace más que administrar su agonía), la expansión de las diferencias culturales, el nomadismo de capitales y personas, y las multimedias, no nos permiten seguir pensando en medios de comunicación aislados y separados, sino en una compleja trama de redes digitales y simuladas.

Es así que se complican las propuestas para pensar en lo público (ya sin políticas) y en las políticas (ya sin públicos). Una nueva complejidad se suma: los cambios que se han producido en la UNESCO cada vez más opacada por la Organización Mundial del Comercio que tiene como idea rectora que la cultura y la comunicación sean objetos del mercado. Ese desplazamiento de la UNESCO hacia la OMC, inclinó los debates sobre las comunicaciones (y en términos generales sobre las Industrias Culturales) por el área de las negociaciones sobre los servicios. “La cuestión del estatuto de las mercancías culturales pertenecerá, en lo sucesivo, al ámbito de la geopolítica y de la geoeconomía” (Mattelart y Neveu, 2003, 2004: 160).

Desde la Ronda Uruguay del GATT que sancionó la liberalización general de la industria de la información, frente a cualquier tipo de reivindicación de la “excepcionalidad cultural”, proyectos de integración regional, como es el caso del MERCOSUR, se han replegado ante las multinacionales y han dejado de lado el debate sobre la expansión y concentración del sector (Sierra, 2003), además, de los valores simbólicos que se encuentran presentes en la comunicación, la información, y, en definitiva, la cultura. Como resultado de estas medidas:

•  Se reducen las tasas de producción local y los espacios de difusión audiovisual de zonas como América Latina,

•  Se incrementa la dependencia financiera y simbólica de las imágenes (publicitarias, informativas) multinacionales (como es el caso en materia de información de CNN ),

•  Reducción de la diferencia y la otredad cultural en beneficio de una diversidad cultural de ghettos y de publicidades trasnacionales ,

•  Dominio de un relato y de unas imágenes (ya simuladas) inspiradas en los modelos de consumo del Imperio,

•  Reformulación semántica de nociones claves como son las de descentralización, nomadismo y desterritorialización, formateadas según la lógica del capitalismo tardío, donde, por una parte, se fomenta el incremento de los viajes de capitales, del narcotráfico, de la venta de armas, el tráfico de sangre y órganos y de mano de obra barata, mientras que, por otro lado, se cierran las fronteras a la migración y se expulsa a millones de personas de Europa y de Estados Unidos,

•  “Las sociedades de control” (Deleuze, 1990, 1996) incrementan el miedo y la persecución esquizoide del otro, cada vez más simulado y mediatizado por las redes de comunicación e información .

De la doctrina de la seguridad nacional de los años sesenta (paranoica) se pasa a las sociedades de control glocalizado (esquizofrénicas) , donde los principios básicos son: el progresivo borrado de los trazos que marcaban las fronteras nacionales; el pasaje de la doctrina de la seguridad nacional (vigilancia disciplinada) a un aparato de control más complejo que Haraway describe en términos de informáticas de dominación (Braidotti, 2004: 108 y Haraway) y que Deleuze había nominado previamente como sociedades de control (Deleuze, 1990, 1996) ; se supera la distinción entre lo público y lo privatizado adquiriendo, esta última noción, una importancia clave en la desarticulación de los imperialismos cada vez más descentralizados en empresas multinacionales.

 

IV- Diferencia, diversidad y redes.

Es así que dos nociones claves para pensar en las políticas de comunicación en tiempos de integración regional, son las de diferencia y diversidad cultural , se transforman en, algunos casos, en diversidad de productos y de servicios; en publicidad trasnacional, en programas televisivos y en el ocultamiento de las diferencias y de la otredad en beneficio del multiculturalismo de ghettos y postales turísticas. Por ello, hay que pensar las políticas de comunicación desde “la condición de vecindad” (Appadurai, 1996, 2001: 42) en la que hemos ingresado, desde las comunidades “sin sentido de lugar” (Meyrowitz en Appadurai) y desde el nomadismo de sujetos (como devenires) y no de los mercados. Es decir, desde los espacios entre medios desde los que se articulan lo local con lo mundial, las micro conquistas comunitarias con las propuestas macro políticas de las comunicaciones de los espacios de convergencia regional y la valorización de las diferencias de género y étnicas. No se pueden seguir proponiendo ideas centradas en lo comunitario dejando de lado los cambios que se han producido en los tradicionales medios de comunicación, diseminándose en una variedad de redes técnicas , aunque sus modificaciones se estén produciendo más en el continente que en el contenido. Por ello, también, la diferencia debe ser de contenidos, cualitativas, apostar por ocupar las pantallas con las diferentes miradas que habitan este sitio mestizo, barroco y antropófago (parafraseando a los vanguardistas brasileños). Para eso debe de asegurarse la formación de comisiones transversales e internacionales desligadas de los partidos políticos que se encuentran coyunturalmente en el gobierno.

Es así que no se puede seguir anclando el debate en la lógica de lo público o en lo nacional, sino concebirse nuevos espacios (como los de integración regional) que deben ser reconquistados y poblados de las “miradas” ignoradas y marginadas de las diferencias culturales (de género, étnicas…). En ese sentido, hay que replantearse la noción de servicio público “con la consiguiente ruptura de las estructuras de poder mediático y el modelo privativo de comunicación” (Sierra, 2003: 25) a partir del empoderamiento ( agenciamientos ) de los diferentes (otra diferencia que hay que potenciar) sectores culturales (grupos comunitarios, de género, étnicos) pluralizando las voces y las miradas, no incentivando el multiculturalismo de ghettos sino el espacio inter (entre) cultural. Así, “la comunidad” se transforma en un “emplazamiento” abierto de diálogo y conflicto. Hay que promover un “asalto” a las redes mediáticas utilizando sus propias tácticas y no generando un discurso apocalíptico desde su exterior. De ahí, que ese asalto de las minorías no es un dato cuantitativo sino cualitativo. La sensibilización de todos los sectores de la cultura es clave para que participen performativamente en el desarrollo, creación y potenciación de los procesos informativos y en la producción de dispositivos mediáticos y digitales .

Como señalan algunos autores (Mattelart, Neveu, Reguillo) “la tarea es cultural y es política” , es un proyecto (del que hay que diseñar una agenda) que demanda combatir desde las trincheras del pensamiento y de la acción, de la democratización y del ensanchamiento del espacio comunitario . En época de crisis de representaciones, hay que asumir desde el interior de las redes todas las posibilidades que brindan para ocuparlas con las miradas de los otros –que también somos nosotros-, ensanchando las diferencias e incorporándolas para que dejen de ser un relato amenazante y puedan ser asumidas como una condición de viabilidad hacia el proyecto cultural de este siglo en este siglo.

 

 

V- Referencias Bibliográficas

Appadurai, Arjun (1996): La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización , Montevideo, Trilce.

BHABHA, Homi K. (1994): El lugar de la cultura , Buenos Aires: Manantial. 2002.

Block de Behar, Lisa (2003): “La visión crítica de Carlos Real de Azúa: el impulso y su freno” en Boletín, APLU , en http://blockdebehar.port5.com

Braidotti, Rosi (2004): Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nómade , Buenos Aires, Gedisa.

Deleuze, Gilles (1990): Conversaciones , Valencia, Pre-textos.1996.

Deleuze, Gilles y Guattari, Félix (1980): Mil mesetas, capitalismo y esquizofrenia , Valencia Pre- textos, 2000.

Hardt, Michael y Negri, Antonio (2004): Multitud. Guerra y democracia en la era del Imperio , Barcelona, Debate.

Jameson, Fredric (1989): Documentos de cultura, documentos de barbarie , Madrid, Visor.

Mattelart, Armand y Neveu, Érik (2003): Introducción a los estudios culturales , Barcelona, Paidós.

Mc Bride, Sean et al. (1980): Un sólo mundo, voces múltiples , México, Fondo de Cultura Económica.

Ossa, Carlos (2001): “TV en Chile: lo que queda en el espejo” en Sala de prensa , 33, año III, volumen 2, julio.

Reguillo, Rossana (2002): "Pensar el mundo en y desde América Latina", en Diálogos de la comunicación , Lima.

Richard, Nelly (2001): “Las marcas del destrozo y la reconjugación en plural” en Pensar en/ la postdictadura , Santiago, Cuarto Propio.

Serres, Michel (2001 ): “Cultura globalizada y cultura local. Entre Disneylandia y los Ayatolás” en Le Monde Diplomatique , septiembre.

Sierra Caballero, Francisco (2003): “Los conflictos de la comunicación en la sociedad de la información” en Redes.com , Sevilla, Instituto Europeo de Comunicación y Desarrollo.

Silva Echeto, Víctor (2003): “Violencia simbólica de los medios de comunicación y poder del Estado. Acercamiento desde la Teoría del Emplazamiento” en Teoría del emplazamiento: aplicaciones e implicaciones , Sevilla, Alfar.

Sodré, Muniz (1996): Reinventando la cultura. La comunicación y sus productos , Barcelona, Gedisa.

Taussig, Michael (1987): Chamanismo, colonialismo y el hombre salvaje. Un estudio sobre el terror y la curación , Bogotá, Norma. 2002.

 

Esta ponencia no son más que reflexiones que vienen preocupando a quien escribe desde hace más de 6 años y lo han acompañado en su recorrido vital de esos años por Uruguay, España y Chile, considérese con ese criterio discontinuo y no acabado.

Víctor Silva Echeto, Doctor en Comunicación, Diploma de Estudios Avanzados y Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla, Maestría en Industrias Audiovisuales por la Universidad Internacional de Andalucía (España) y Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de la República (Uruguay). Actualmente es docente e investigador de la Universidad de Playa Ancha de Valparaíso (Chile), investigador del grupo de investigación Escritoras y Escrituras de la Junta de Andalucía en la línea de Literatura y Comunicación y en cursos de postgrados en la Universidad de Sevilla. Docente, además, de las Universidades chilenas Arcis, de la Frontera de Temuco y Austral de Valdivia. Profesor invitado a la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (Chile) y a la Pontificia Universidad Católica de San Pablo. Autor de Comunicación e Información Intercultural editado por el Instituto Europeo de Comunicación y Desarrollo de España y coautor, junto con Rodrigo Browne Sartori, de Escrituras híbridas y rizomáticas editado por la editorial Arcibel de España. En prensa: Antropofagia y Comunicaciones Nómadas que editará la Universidad de Playa Ancha de Chile. Fue profesor de Sociología de la Comunicación de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación.

¿Podrían existir políticas que no fueran públicas?, ¿cuáles serían las políticas privadas?

Cuando los tenistas chilenos Fernando González y Nicolás Massú ganaron la medalla de oro en las últimas Olimpiadas, las pantallas de televisión difundieron imágenes de un país simulado poblado de jóvenes tenistas, cuando en la realidad un porcentaje importante de ellos el único deporte que practica es el del trabajo precario.

Un caso paradigmático es el de la Universidad de las Américas ubicada en la V Región en el último piso de un shopping center en Viña del Mar.

“En el campo chileno hay un viejo cuento, nos relata Ariel Dorfman, sobre lo que sucede cuando un niño es raptado por las brujas. Para quebrantar la voluntad del niño, las brujas rompen sus huesos y cosen las distintas partes del cuerpo de una forma anormal. La cabeza está al revés, de tal modo que el niño tiene que caminar hacia atrás, y le cosen los oídos, los ojos y la boca. A esa criatura le llaman imbunche , y Dorfman siente que la junta militar presidida por Pinochet ha hecho y hace todo lo que está en su poder para convertir en inbumche a cada chileno y al mismo Chile”. Los chilenos “ya son, en cierto modo, como inbumches ” (Taussig, 1987, 2002: 26). Están aislados unos de otros”, sus medios de comunicación dan vuelta sobre lo mismo multiplicándose una identidad sin correlato de alteridad; sus conexiones están cortadas así como sus sentimientos embotados por el miedo. Dos reformas claves del último gobierno han sido la “ley de financiamiento de las Universidades”, que ata aún más las universidades a los Bancos, y una ley de seguridad que para reducir la delincuencia penaliza la posesión de las bombas molotov.

El concepto de “multitud” surge en forma negativa con el auge y desarrollo de las ciudades en el siglo XIX. En el ensayo de Scipio Sighele (1868- 1913), la multitud criminal , publicado en 1891, se extrapola la “psicología individual” a la “psicología colectiva”. El concepto de “crímenes de la masa” agrupa todas “las violencias colectivas de la plebe”, así como las huelgas obreras con disturbios públicos. Los conceptos de dirigidos e hipnotizados por los dirigentes adquieren importancia y son un antecedente directo de la teoría funcionalista. La estrecha relación en lo común de lo comunitario y la multitud, según Hardt y Negri (2004: 241), no implica un acercamiento a una perspectiva comunitarista, donde la comunidad se encuentra por sobre los individuos, sino éstos como singularidades en un proceso de comunicación expresan sus opiniones libremente. También esta noción rompe con la tradición republicana del Estado jacobino y/ o socialista, tal como se desarrollaron en los siglos XIX y XX. Éstas concibieron lo público como un patrimonio del Estado y el principio de interés general se convirtió en un atributo de la soberanía. En la postura de Hardt y Negri, la soberanía es desplazada por una nueva forma de organización social que, para estos autores, se denominan “singularidades” y “multitud”. No obstante, las vueltas que dan Hardt y Negri, no permite clarificar estos agenciamientos que intentan emanciparse de la historia, más bien sus propuestas confunden aún más.

Esta concepción de la soberanía difiere de la de Michel Foucault y de lo propuesto, posteriormente, por Gilles Deleuze. Para estos pensadores, el disciplinamiento sucedió a las sociedades de soberanía.

La omnipotencia de las mediaciones visuales se ha convertido en un hecho clave del control cultural. Donde “las máquinas de visión” (Virilio), dando un paso más en la luminosidad del panóptico, han relevado otras máquinas y artefactos de poder. “Ello marca no solamente la etapa final en la comodificación de lo escópico, sino también el triunfo de la vista frente a otros sentidos” (Braidotti, 2004: 111).

Como apunta Homi K. Bhabha (1994, 2002), la diferencia cultural y la diversidad cultural no son conceptos similares sino que hasta se presentan como contradictorios. El segundo está más cercano al multiculturalismo de ghettos que a la dinámica y movilidad de las diferencias culturales. De ahí la adjetivación del término que propone Appadurai (1996, 2001: 28): “Si el uso de ‘cultura' como sustantivo parece cargar con un conjunto de asociaciones con diversos tipos de sustancias, de modo que termina por esconder más de lo que revela, el adjetivo ‘cultural' nos lleva al terreno de las diferencias, los contrastes y las comparaciones y, por lo tanto, es más fructífero”.

Francisco Sierra (2003: 21) señala: “A lo largo de la década de los sesenta y hasta nuestros días, el exitoso papel de la política de desinformación y manipulación mediática, bajo mando del Pentágono, ha propiciado así un modelo de desarrollo de las comunicaciones internacionales gobernado por la violencia y la agresión, militarizando, intensivamente, la lógica informativa de la cultura de masas en una progresiva y lenta adaptación de la esfera pública a la mediación informativa, los modos, objetivos y presupuestos de los verdaderos agentes socializadores de las nuevas tecnologías de la información: la industria pesada de armamento, la industria electrónica y el complejo político- militar del Pentágono”.

El mundo se presenta rizomático (Deleuze y Guattari, 1980, 2000) y hasta esquizofrénico. Como señala Appadurai (1996, 2001: 42): “(…) reclama, por un lado, nuevas teorías sobre el desarraigo, la alienación y la distancia psicológica entre individuos y grupos, y, por otro lado, fantasías o (pesadillas) de proximidad electrónica”. En las palabras pobladas de imágenes de Seres (2001), nos encontramos entre Disneylandia y los ayatolás .

En ese sentido, discrepamos con Sierra (2003: 24), cuando afirma que: “Ciertamente, estamos ante un nuevo modelo de articulación social que, políticamente, ha evolucionado muy poco del sistema panóptico, y vertical, del Estado moderno ilustrado por Bentham (…)”. Consideramos que la transformación del panóptico a las sociedades de control ha sido radical y no una pequeña modificación en las estructuras del poder. Las redes laberínticas, inmateriales y de información, el tráfico de informaciones (desde las económicas a las del bio-poder de sangre y órganos), son sólo algunos aspectos de este desgarrón en la estructura del poder.

Muy poco pensadas en Uruguay por concebirse un país en cierta forma homogéneo, tolerante y abierto, aunque detrás de ese discurso se ocultaba un etnocentrismo latente. Como escribe Lisa Block (2003: 1): “Por las características del país, Uruguay no redunda en los tópicos críticos a los que las circunstancias obligan en otras culturas. Parece forzado, incluso, embanderarse con la defensa de minorías en un país que, en su conjunto, es poco más que una minoría”. La diversidad cultural, por tanto, quedó opacada al no vislumbrarse grandes conflictos étnicos los que fueron resuelto de la peor manera; la Iglesia se separó tempranamente del Estado no produciéndose tampoco grandes conflictos religiosos y los derechos a la mujer fueron otorgados, también, tempranamente. Pero esa supuesta tranquilidad cultural se desvanece en épocas de mundialización y de integración regional cuando se establecen acuerdos con países que sí tienen marcadas diferencias culturales y relaciones conflictivas con sus otredades (como es el caso de Chile). Un dato no menor: Evo Morales en Bolivia ha reiterado que su partido no reconoce al Estado- nación boliviano porque los indígenas son previos a su existencia. En Chile se proclamó a la presidencia a un candidato mapuche de nombre Aucán Huicamán. Esto es crucial en las Américas, único sitio del mundo donde sólo existen Repúblicas y donde su historia ha estado articulada de modo crucial por los Estados naciones.

En Chile empiezan a ser visibles personajes que simulan ser mapuches como ocurre en la teleserie Los capo que emite TVN (Televisión Nacional de Chile).

La televisión ha sido una de las que ha sufrido cambios técnicos más radicales

 

En el tema de las comunicaciones más que replantearlo hay que planteárselo, ya que en sitios como Uruguay, a diferencia de los lugares que siguieron el modelo europeo de propiedad de los medios, éstos han estado históricamente en manos privadas y de oligopolios mediáticos, con la connivencia del Estado- nación.

Como señala Sierra (2003: 25): en todos los esfuerzos, la clave es “la participación, verdadero valor revolucionario de la nueva morfología social, del espacio abierto a la interpelación que hace posible el acceso interactivo a los medios y sistemas informativos, el derecho a réplica y, en general, la articulación abierta y dialógica de la comunicación- mundo desde la especificidad cultural y la diferencia”.

 

Mattelart y Neveu (2004: 161) señalan que “el análisis de lo cultural sigue siendo una prioridad en el mundo tal como es”.

No estoy de acuerdo con esas posturas que reducen la discusión sobre “los medios comunitarios” y la brecha digital a términos técnicos y al acceso a la tecnología, descuidando, en sus propuestas, la articulación entre el poder (política)/ lo simbólico (cultural) y la acción comunitaria de los agentes.




 


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