Obra selecta de
Emir Rodríguez Monegal
(Editorial Biblioteca Ayacucho.
Caracas)
Sombra adentro
No es fácil articular las premisas
de una lógica imprevisible ni el arquetipo al que
pueda ajustarse la aventura terminal de Emir, la urgencia
del regreso que prescinde de la puntualidad de una muerte
inminente, y hacer de su agonía, una nueva lucha,
o no hacer de ese trance una apoteosis. "El uruguayo
había ido y vuelto", dice Cabrera Infante. Volvió
adelantándose a su propio fantasma, como un aparecido
de sí mismo que vuelve desde la muerte, reapareció
antes de desaparecer para dar prueba de su lealtad al mundo
que forjó, haciendo del destierro y del regreso una
misma pasión. "Pero el destino es expresionista"
dice Emir, biógrafo de Horacio Quiroga, en El desterrado,
a fin de no explicar, por irracional, una provocación
de Quiroga que se convierte en profecía ya que en
principio, en su origen, si se cree en la verdad de las
palabras, ambas no se distinguen. Frente a otra muerte conjetural,
como el poema de Borges , como la otra muerte de Pedro Damián,
en el mismo cuento, es el narrador quien, más que
el crítico, interpreta:
... más curiosa es la conjetura
sobrenatural que ideó Ulrike von Kühlmann. Pedro
Damián, decía Ulrike, pereció en la
batalla, y en la hora de su muerte suplicó a Dios
que lo hiciera volver a Entre Ríos. (...) Dios, que
no puede cambiar el pasado, pero sí las imágenes
del pasado, cambió la imagen de la muerte en la de
un desfallecimiento, y la sombra del entrerriano volvió
a su tierra. Volvió, pero debemos recordar su condición
de sombra.
Tal vez Emir había elegido París para la
radicación de MUNDO NUEVO como un homenaje secreto
a la ilusión de Quiroga, a las aspiracionnes de gloria
literaria que el narrador cifraba en esa ciudad. El desterrado,
uno de los volúmenes que dedica Emir a Quiroga, concluye
por una nota fechada doblemente en Montevideo (1945) y en
París (1967), una dualidad que desquita el sacrificio
de Quiroga: "Misiones es el reverso de París"
decía Emir en Las raíces de Horacio Quiroga
y, aunque Montevideo no sea un contrario urbano tan diametral,
puede insinuar el símbolo de su propio destierro:
ambos se encuentran entre dos mundos. No solo entre Europa
y América, entre el centro y los suburbios, sino
enfrentando la realidad desde la imaginación, al
hombre desde su sombra. Ambos intentan alcanzar la universalidad
desde la región, la humanidad en la tragedia. Un
alcance decisivo que concluye este libro de 1961:
Asimismo merece repasarse su opinión
sobre el regionalismo en arte. Ya se sabe que lo practicó
voluntariamente, y la mejor parte de su obra fue (en esencia
no en accidente) regionalista. Pero esto no liquida el problema
ya que él aportó al regionalismo una perspectiva
universal. No buscó el color local sino el ambiente
interior; no buscó la circunstancia anecdótica
sino el hombre.
Ya se dijo que son numerosas las publicaciones que le
dedica a Quiroga pero entre esos dos títulos -Las
raíces de Horacio Quiroga y El desterrado- se verifica
una revisión dialéctica que lo devuelve a
la relación del hombre con la tierra, expone las
raíces al aire como sus fracturas. Según dice
en la "Nota" final del libro del 68, había
empezado a preparar su manuscrito veinte años atrás,
proponiéndose realizar una reconstrucción
que, sin acumular reliquias ni fetiches, pusiera de relieve
las alternativas de "lo vivido", que sin soslayar
la intimidad sentimental e intelectual pudiera observar
su extraversión en las peripecias cotidianas de una
vida plena.
A diferencia de la partida y deserción de un poeta
francés al desierto africano, la internación
de Quiroga en Misiones no constituye una renuncia a la ciudad
ni a la poesía sino una impugnación a la clausura
literaria liberándola a la intemperie selvática
donde una escritura está por hacerse, como el mundo.
Emir examina la espesa correspondencia en la que, desde
la distancia y la soledad, Quiroga se ve obligado a confesar
sus tribulaciones: rastrea las lealtades de amigos, transcribe
"las discordias de la familia literaria", la severidad
equivocada y malévola de críticos y poetas:
Un creador tan autobiográfico como
él debía ser reinterpretado a través
de una doble investigación en que vida y obra no
apareciesen jamás escindidas sino que se iluminasen
recíprocamente.
Por eso examina las publicaciones de Quiroga, sus poemas,
sus narraciones, subraya la importancia del Diario de Viaje
a París , de 1900, el documento inédito que
le había confiado Ezequiel Martínez Estrada
para que fuera depositado en la Biblioteca Nacional de Montevideo
y que Emir publicó anotado. Por eso recorre Misiones
con Darío Quiroga, el hijo del escritor, en 1949,
para seguir paso a paso sus vicisitudes en los mismos lugares
donde se acrecentaron. Desvelos de biblioteca y peregrinajes
agrestes siguieron de cerca los padecimientos de una iniciación
literaria y de una biografía trágica en exceso,
atroz. El nacimiento desgraciado de Quiroga, no solo el
suyo, hijo póstumo de un padre muerto por un tiro
que se dispara en un accidente nunca demasiado aclarado;
las sucesivas muertes familiares terribles, inverosímiles
en la magnitud de la desgracia, de su ensañamiento;
demasiado conocidas, apuntan una irrealidad de tragedia
arcaica, aunque el comentario pueblerino, la memoria provincial
mitigada por las insistencias y límites de la comarca,
la vuelvan entrecortadamente mítica.
Entre los numerosos artículos que escribe sobre
Quiroga, donde propone una nueva interpretación,
aunque la introduce con el subtítulo "Ya la
escribió Quiroga, se refiere a que:
Ese abusivo comercio de Quiroga con la
muerte da a su biografía un sello singular: la forma
y, en cierto sentido, la define. Es la vida de alguien que
no puede no sentir el horror pleno de vivir a término
y la sugestión de un acecho; es la vida de quien
debe plantearse, día a día, el significado
de su destino. Por eso es, también, una vida que
se ofrece a la meditación del biógrafo como
ordenada y compuesta de antemano: escrita con sus días
por el propio Quiroga.
El crítico anota y recapitula los recuerdos escolares,
las confesiones epistolares, el triple valor documental
que le atribuye al diario (testimonio de juventud, de sus
pistas literarias, de los orígenes del modernismo),
el itinerario de las lecturas preferidas: E.A.Poe, Ch.Baudelaire,
G.Flaubert, H.James, J.Conrad, los rusos. El biógrafo
rastrea, como en terreno conocido, en la perversidad no
contenida de un cuento necesariamente vivido ("Para
noche de insomnio"), las huellas de pesar personal,
las angustias del protagonista, los conflictos del narrador,
del lector, solitario, solidario. Ambos, el narrador y su
crítico, conmovidos por las fatalidades excesivas
de acontecimientos reales tan crueles que superan los desafueros
de la ficción como guiados por el epígrafe
de Poe -"Truth is stranger than fiction. Old saying"-
que remite la paradoja a un pasado que nunca fue mejor.
El desastre toma arte y parte en la atrocidad cotidiana
que, de alguna manera, justifica la búsqueda del
consuelo en el suicidio:
Una aceptación oscura y hasta gozosa
de la muerte lograda como al margen de esa esperanza cada
día más arrinconada por los hechos brutales
de la enfermedad, un sentido de reintegración a la
naturaleza, cuyas leyes y armonías no conoce bien
pero siente en lo más hondo, y hasta si se quiere
(como apunta en carta de junio 14, 1936) la curiosidad un
poco romántica por el fantástico viaje: esas
son las notas interiores de sus últimos meses.
Inducido por sombrías obsesiones literarias y biográficas,
el crítico se dirige al cuentista como este dirige
al poeta su "ansiedad de influencia" o a la muchedumbre
de personajes perseguidos por los fantasmas trágicos
de sus padres asesinados: Layo, Agamenón, Hamlet,
retratos sin rostro colgados en un museo imaginario frente
a espejos y espectros de reyes o padres depuestos, una dinastía
literaria de la que difícilmente renieguen escritores
y lectores de todas las épocas.
Absortos, ceñidos ambos, el cuentista y el crítico,
por esos lazos arcanos y arcaicos que tejen los mitos, ya
no se sustraen al agobio de un pesar secreto que esconden
y espanta. Las aflicciones, las más privadas, las
más opresivas, se ajustan a la impávida inexorabilidad
de esos modelos. Si bien los individuos y circunstancias
difieren, inquieta la similitud de las emociones o saber
que los pensamientos ordenan el infortunio de modo semejante.
Entre las "máscaras trágicas" posibles,
es la de Ifigenia con la que Emir identifica a Alfonso Reyes
o se identifica, intérposita máscara, o persona,
es lo mismo:
También descubre lo que era el
padre para él: no una presencia sino una ausencia
mágica. (Perdido el padre, mutilado el hijo, la única
forma de salvar el fantasma fue interiorizarlo. (
)
El proceso descrito por Reyes, esa interiorización
tan completa del padre en el hijo que hace posible un diálogo
que no existió así en la vida real(
)
La admiración literaria y la confusión sentimental,
que esa ansiedad genealógica prodiga, define su filiación
electiva en la visita que, en compañía de
otros amigos poetas, realiza Quiroga a Leopoldo Lugones.
Visiblemente encandilado por el aura del autor de Lunario
sentimental, la extiende hasta consagrarlo como a un salvador
de su orfandad reiterada. Quiroga no se conforma con afiliarse
a la grey de Poe; va más allá y, con la decisión
de quien adopta a un hijo, el narrador adopta a Lugones
como si fuera a un padre:
A pesar de la escasa diferencia de edad
(Lugones era solo cuatro años mayor), se habría
de convertir en una suerte de figura paterna, elegida inconscientemente
en sustitución de ese padre que Horacio había
perdido en el umbral de la vida y cuya ausencia deformó
su educación.
En "Kafka y sus precursores", Borges afirma
su propósito de "purificar" la palabra
precursor, indispensable en el vocabulario crítico,
sin prever, tal vez, la fortuna literaria que haría,
con ese propósito, una de sus sentencias más
conocidas; menos aún previó que la creación
regresiva de la lectura a la que se refiere invirtiera relaciones
de otro carácter. Tampoco Emir hubiera atribuido
a esta creación paradójica las filiaciones
espontáneas que el entusiasmo estético de
Quiroga confunde con sus urgencias sentimentales, pero sabe
que son índices de una inversión deliberada,
gestos que remueven honduras viscerales y, sobre todo, tránsitos
de irrealidad que los subterfugios literarios y lingüísticos
propician.
No es la única vez que Borges recurre a Kafka para
legitimar esa mirada hacia atrás que, en lugar de
aniquilar la expectativa de un rescate, como en el mito,
lo hace realidad. En otro pasaje pero en términos
muy similares afirma: "La deuda es mutua; un gran escritor
crea a sus precursores. Los crea y de algún modo
los justifica." Compadecido por el ensañamiento
de una adversidad que no cede, defendiendo una vez más
esa indistinción que funde vida y obra en una misma
pasión, el afecto que no deja de ser sufrimiento,
Emir acompaña a Quiroga, hasta el final, en una conclusión
que podría pertenecer a la retórica del perfecto
cuentista: "Golpe tras golpe fueron despojando a Quiroga
de toda especie adjetiva- como había sabido hacer
él con su arte".
Sin alejarse de esa perfección, convoca a Ezequiel
Martínez Estrada, para compartir a dos voces la clausura
y los pesares de una fatalidad semejante que lo acosa hasta
el final. A varios años de distancia, como en un
final de cuento donde los nombres propios, que deberían
identificar, no distinguen, donde algunas circunstancias
se confunden, donde las citas, descontextualizadas, se adaptan
sin dificultad y la coincidencia de palabras, además
de otras coincidencias que las trascienden, acompasan en
un mismo recuerdo, "con paso de fantasma", las
sombras del escritor con las de su crítico:
Los últimos meses de su vida lo
iban elevando poco a poco al plano de lo sobrenatural. Era
visible su transfiguración paulatina. Todos sabemos
que su marcha a la muerte iba recogida por las mismas fuerzas
que lo llevaban a vivir. Su vida y su muerte marchaban paralelamente,
en dirección contraria. Seguía andando, cuando
ya la vida lo había abandonado, y por esos días
trazó conmigo sus más audaces proyectos de
vida y de trabajo. Pobreza y tristeza que contemplábamos
con el respeto que inspira el cumplimiento de un voto supremo.
Llegaba a nuestras casas y hablábamos sin pensar
en el mal.
El discreto regreso a su tierra que intentaba hacer, protegido
por la hospitalidad amistosa de "Las nubes", la
casa de Enrique Amorim en Salto, no pudo realizarse. Quiroga,
a diferencia de Emir, no llegó a regresar pero, como
él, tampoco murió en su tierra. Tal vez, su
regreso a estas tierras y la partida final fueron un homenaje
dual y devoto a "el desterrado", el sacrificio
ritual y supremo que le dedicó en secreto.
Las biografías de Emir
Pero las andanzas por el Salto Oriental,
de donde era oriundo Quiroga, o por las ruinas jesuíticas
de San Ignacio para seguir su itinerario, o por las azarosas
tierras rojas de Misiones, no lo apartaron de la visión
de horizontes mayores comprometidos por su desvelo americanista.
La lectura de "Rumbo a Goethe" de Alfonso Reyes
fue uno de los grandes deslumbramientos que la revista SUR
le reservó a Emir. Algunos años más
tarde, en 1949 en Montevideo, cuando inicia NUMERO, la revista
que publica con Idea Vilariño y Manuel Claps, celebra
la colaboración de uno de esos "textos tersos
y leves" que Reyes sabía escribir con la erudición
más refinada. Su entusiasmo, confirmado por las sucesivas
lecturas del escritor mejicano, aumentó con la publicación
en Buenos Aires de La experiencia literaria adonde Emir
reconoce la facultad del crítico capaz de tomar un
tema, "fatigado por la mediocridad, y reescribirlo
como si fuera discutido por primera vez".
Si, según Bataille o Blanchot, la amistad es esa
suerte de humor cómplice que dirige una búsqueda
admirativa, la veneración al magisterio crítico
de Reyes que profesa Emir sería una forma ejemplar
de amistad profunda que admira en vida y que lo acompañará
"au-delà de la vie, lui-même sans vie"
: "A partir de entonces, Reyes fue mi maestro, en una
manera personal, casi privada." Es la misma admiración
al maestro, al amigo con que después, no solo Cabrera
Infante distinguiría a Emir, "capable de l'amitié
libre, détachée de tous liens."
Denunciando épocas de polémicas violentas
en Uruguay y oposiciones filosóficas o ideológicas,
azuzadas por doctrinas que no justifican aunque encubren
diferencias menos decorosas, menos confesables, se le acusó
de erudito, como si la erudición fuera delito. Se
le objetó que "solo podía ocuparse de
la literatura muerta en tanto (debía) el crítico
ser militante y comprometido". Como volvió a
hacerlo años después, Emir no dudó
en adoptar, como él mismo lo dice, la recurrente
máscara de Reyes para defender su caso y hacer pública
su deuda con el maestro, escribiendo "Alfonso Reyes,
crítico y erudito" , el artículo donde
"trataba de probar que las dos funciones no eran incompatibles."
No deja de ser simbólico que su primer viaje a
Europa haya tenido por objeto realizar una investigación
en la Universidad de Cambridge, Inglaterra, en octubre de
1950, que la prosiguiera al año siguiente en el Museo
Británico de Londres, que la prosiguiera en América
del Sur, y la dedicara al estudio del desarrollo intelectual
y creador de un humanista, "el mayor que ha producido
América, uno de los mayores de la lengua." Es
esa plenitud de sabiduría, la condición excepcional
de Andrés Bello, la que subraya a lo largo de casi
quinientas páginas. El libro sigue de cerca la evolución
literaria de Bello, sus estudios humanistas, el exilio europeo,
su poesía, la Biblioteca Americana y la documentación
que transcribe para refrendar, por la correspondencia de
Blanco White, el "reconocimiento de que, en cuanto
a orientación y criterio rector, la Biblioteca Americana
era obra de un hombre solo: Bello." A través
de largas y laboriosas décadas, entiende su estudio
de Andrés Bello como una forma de trabajar "por
una cultura auténticamente latinoamericana que este
había fundado" . Convencido de la armoniosa
unidad en el desarrollo intelectual y creador que había
alcanzado el escritor, se dedica a estudiar, "creo
que por primera vez en forma sistemática, la evolución
poética y crítica de Andrés Bello como
un solo proceso".
Le interesa reparar -que es advertir y corregir- las correspondencias
entre acontecimientos contemporáneos que, presentados
hasta entonces separadamente, distorsionaron la indistinción
fundamental de una unidad humana y literaria que, una vez
más, le interesa rescatar. Con irritación
y deleite mezclados, ánimos que él mismo apunta
al final del libro, no pasa por alto la indolencia crítica
respecto a esa unidad esencial que tanto le importa. Se
detiene a examinar uno de los ejemplos de esa negligencia,
El proscrito, una de las mayores obras poéticas de
Bello, subestimada por críticos que no tomaron en
cuenta ni la cronología -la muerte de Francisco Bello,
el hijo tan querido que lo decide a abandonar la creación
poética- ni la razón estética de un
poema que, dentro de la inspiración clásica
que lo anima, se basa en un texto ajeno, prescindiendo de
la originalidad entendida según un criterio romántico
que no cuadra, que "es un espejismo para Bello."
A partir de esas reflexiones se propone diseñar
un método adecuado a fin de inscribir la obra en
la trayectoria vital del autor, la práctica de una
escritura que, atendiendo la tarea crítica e histórica,
narre, al mismo tiempo, una vida literaria restableciendo
la magnífica unidad (o "la ténébreuse
et profonde unité") que la sustenta. La búsqueda
de esas correspondencias entre la realidad y los mitos,
no menos reales, abarcará "con un amplio y generoso
ademán, en un solo movimiento del discurso toda la
literatura de su tiempo." Método o impulso,
fue el mismo objetivo obsesivo, el afán abarcador
que proyectó a la medida del continente desde sus
primeros trabajos críticos y que retorna a su discurso
años después cuando, en términos diferentes
y en inglés, reitera esa, su convicción primordial:
Existe, más bien, una literatura
continental en proceso, un desarrollo progresivo, cuyo primer
manifiesto fue quizás la "Oda" publicada
en Londres en 1823 por el venezolano Andrés Bello.
La literatura latinoamericana nunca ha alcanzado una integración
cultural.
Los descubrimientos que formula Alexander Coleman en "El
otro Emir en El otro Andrés Bello", destacan
esa disposición conectiva, el interés de reunir
a los poetas del continente en una misma familia: Emir "impuso
a Bello sobre la fértil imaginación de Pablo
Neruda, con Sarmiento como catalizador para la operación",
convencido de esa "filiación" desconocida
entre Bello y Neruda que, señala Emir, actúa
"como un puente entre dos mundos poéticos ".
Aunque prefiere que no se exageren esos vínculos
que él mismo descubre y establece , reclama una genealogía
intelectual que empezaría con Rodó, seguiría
con Reyes, con Henríquez Ureña, con Amado
Alonso, realizadores e investigadores con los que comparte
tanto la solidez de la erudición como la actitud
y acción crítica fervorosas. Pero, a pesar
de esa contracción explícita a ensayistas
que contribuyeron a orientar su labor, solo a partir de
Borges es posible comprobar cómo la pasión
de leer se convierte en una hipóstasis laica, cómo
la lectura se hace acto en persona.
Borgista fanático, borgeólogo de primera,
borgeano del principio al fin, Emir no solo fue el mayor
estudioso de la vida y obra de Borges sino el crítico
infatigable que trama con el escritor una relación
literaria estrecha y tenaz. Como Boswell, el escocés
con quien se le ha comparado varias veces, que corría
a Londres para anotar lo que decía y no decía
el Dr.Johnson, Emir viajaba de Montevideo a Buenos Aires,
de New Haven a New York, o dejaba de viajar, para explorar
los senderos intertextuales que las lecturas de Borges prolongaban.
No solía mencionar esa familiaridad querida: con
la mayor naturalidad, no podía evitarla. Perturbaba,
a ratos, una especie de sobreimpresión de transparencias,
una metamorfosis imperceptible que transformaba su persona
en otra, su cara devenía su máscara más
cara; la misma voz animaba un discurso ajeno. En esas oportunidades,
sin histrionismo, se iba convirtiendo en el muñeco
de un ventrílocuo distante y constante: citas que
apelaban a la complicidad de los sobrentendidos, anécdotas
siempre oportunas, demasiado frecuentes, demasiado fieles,
desplazaban el discurso de alguien que doblaba las dualidades
de una ironía, que impedía saber si el doble
era un sosias involuntario que respiraba, vicariamente,
a través de la inspiración textual de Borges.
Es parte de "el efecto Borges" y Emir le hace
juego; ambos saben demasiado bien que jugar con la identidad
es jugar con fuego, enfrentarse con "la insoportable
verdad: que no sabemos quiénes somos, de dónde
venimos ni adónde vamos. "
Escribir una biografía de Miguel Ángel de
la que estuviera excluida toda mención de sus obras
es una broma extravagante que Borges suele recordar . La
extravagancia, menos excéntrica, más grotesca
que humorística, ya se dio: recientemente aparecida,
alguna enciclopedia de tecnología avanzada y luciente,
no menciona ninguna publicación de Emir en la bibliogradfía
correspondiente a la entrada "Borges": ni los
innumerables artículos de revistas ni capítulos
en libros diferentes, ni sus siete libros sobre Borges,
entre ellos, Jorge Luis Borges, a Literary Biography . La
omisión, puesta en pantalla, es tan evidente como
alevosa pero, cometida por quien se considera especialista
en Borges, no debería descartarse que también
estuviera secretamente prevista: "¿Cómo
se explica usted esa voluntaria omisión? (...) Omitir
siempre una palabra (...) es quizá el modo más
enfático de indicarla", preguntaría y
contestaría Stephen Albert en "El jardín
de senderos que se bifurcan".
Si se considera que Emir ha realizado "admirablemente",
como dijo Borges de su biografía, la tenacidad de
esa omisión bibliográfica suspende el planteo
enigmático del famoso cuento o la ocurrencia con
la que había ridiculizado, en varios textos, sectarismos
mezquinos que las opulencias electrónicas no deberían
caricaturizar. Más que las usurpaciones informáticas
de un scholar que no es nada parsimonioso con las referencias
que dedica a su propia bibliografía, el testimonio
que formula Borges refiriéndose a la obra de Emir
contrarresta la parcialidad y dirime el diferendo: "Él,
sin duda, conocía lo que se ha dado en llamar "mi
obra", yo lo digo entre comillas, porque yo no tengo
obra, solo unos cuantos borradores que se han publicado.
Él se ha pasado la vida estudiándolos, leyéndolos,
releyéndolos, analizándolos, inventándoles
méritos que realmente no existen y conoce también
todas las fechas de mi vida."
"Ya no existen críticos así" fue
el titular de uno de los artículos que publicó
Ruben Cotelo en el semanario JAQUE de Montevideo, para informar
con vehemencia compatriótica sobre la figura, la
obra, el regreso y la muerte de Emir . El artículo
ponderaba la labor crítica de investigación
minuciosa, la memoriosa producción biográfica,
la conformación de una literatura continental a la
medida del mundo, la información al día sobre
sus excelencias y la sensibilidad del escritor. Todavía
ahora, quienes se acercan a la magnitud de la acción
crítica de Emir, a su literatura y al predicamento
que ejerció y aún ejerce, desde los cambiantes
caminos de las nuevas generaciones, no disimulan su ponderada
perplejidad. Dice Arturo Rodríguez Peixoto:
Desde otro punto de vista no es quizá
el asombro lo que corresponda resaltar o subrayar al referirse
a Emir, sino su coherente y constante vocación crítica,
su criterio independiente, su apertura a otras lenguas y
literaturas, su mirada de conjunto, su vocación por
una forma de pedagogía a través de la crítica
en medios de comunicación y revistas, su disposición,
desde muy joven, por revisar el pasado literario a la vez
que orientaba a lectores contemporáneos sobre nuevos
autores, en fin, la amplitud de su obra y de su curiosidad,
el mérito de su intuición o inteligencia lectora
que supo, en muchísimos casos, distinguir lo realmente
valioso y que tendría repercusión de lo que
es epigonal o menor, su aliento a la renovación o
experimentación literarias, su determinación
de repetir, en su vida, el esfuerzo de orientación
del juicio colectivo y de promoción de la producción
literaria latinoamericana que, en un pasado más lejano,
habían desempeñado algunos críticos
y autores que no solo admiró sino sobre quienes investigó
y de cuya importancia para la cultura regional -no solo
en nuestra lengua- fue consciente e hizo conscientes a sus
lectores.
Un género poco transitado
Se ha dicho más de una vez que
no abundan muestras del género biográfico
en la literatura hispanoamericana. Sin embargo, bastaría
el antecedente de sus biografías, a las que Emir
dispensó su peculiar talento para cruzar estética
e historia, imaginación y documentación, disciplina
e intuición, diferencias que el género no
siempre concilia. En una entrevista que concede a Alfred
MacAdam para la revista REVIEW , Emir manifiesta su fascinación
por las biografías, una avidez que atribuye a la
necesidad de referir sus lecturas a datos y documentos sin
excluir los fantasmas que los rondan de cerca:
Escribí sobre Rodó, primero
porque quería realizar un bosquejo biográfico
detallado para la edición de sus obras que publiqué.
Trabajé sobre Andrés Bello para seguir las
huellas del proceso según el cual el Romanticismo
llegó a Hispanoamérica en el siglo XIX, una
investigación que inicié en la Universidad
de Cambridge al principio de los cincuenta. Escribí
sobre Horacio Quiroga para ver si había alguna relación
entre sus obras y su vida tan atormentada. En el caso de
Neruda, no me dispuse a escribir una biografía. Se
me había encomendado que escribiera sobre su poesía,
pero me encontré, a medida que lo iba estudiando
con cuidado, que su obra era profundamente autobiográfica.
Pero no solo por esa enumeración sumaria habría
que hablar de las biografías de Emir, de las bifurcaciones
oportunas de un plural intencional y de una preposición
de posesión ambigua. Ya se ha señalado esa
extraversión que, desbordando los límites
de sus responsabilidades críticas, intervenía
en las biografías de quienes, consecuente con sus
"atribuciones" de autor, considera sus personajes.
En la dedicatoria que introduce El desterrado expone, desde
el principio, una atribución doble:
A la memoria de
Enrique Amorim
al que tanto deben
el autor y el protagonista
de este libro.
Desde el principio designa dos funciones narrativas distintas
que se superponen con mayor nitidez al contextualizarse
esa dedicatoria con un epígrafe transcrito del propio
Quiroga:
Aunque mucho menos de lo que el lector
supone, cuenta el escritor su propia vida en la obra de
sus protagonistas, (...) pueden deducirse modalidades de
carácter y hábitos de vida que denuncien en
este o aquel personaje la personalidad tenaz del autor.
Sería bastante convencional suponer que el autor
se identifica con sus personajes; no sería tanto
suponer que el crítico se identifique con su autor.
Menos aún, que intercambien sus papeles, que el crítico
devenga autor y el autor su personaje. Una serie de desplazamientos
e inversiones en cadena, que no termina ahí, conjuga
las funciones literarias divididas en un fenómeno
estético común. Sin volver a aludir al enigmático
diálogo de Platón, pero convencido de las
efusiones de una posesión divina que consagra la
unión primordial por devoción poética,
Borges se preguntaba: "¿Los fervorosos que se
entregan a una línea de Shakespeare no son, literalmente,
Shakespeare?" ¿No habría que cuestionarse
entonces si quienes se entregan, como Emir a la obra de
Borges, no devienen el escritor y aun uno o varios de sus
personajes?
Es necesario reconocer un efecto no lateral: el crítico
es un lector-autor que transforma la escritura en una escritura
segunda, según la primera. Autor de autor, o se identifica
con él o, furtivamente, lo crea. En términos
de Rodó, Emir destaca la identificación profunda
del crítico, su sensibilidad simpática de
la que, sin embargo, se distancia: "Homo duplex como
el más fiel ejemplo genérico de escisión
o doble faz de la personalidad." Si el lector hace
silencio, la gestión crítica sale de ese silencio,
lo guarda, y su elocuencia señala la existencia de
la obra o se la confiere, convalidando la autoridad de una
creación fervorosa. Con la misma convicción
se entregaba Emir a más de una línea de Rodó:
...el crítico puede llegar hasta
crear belleza donde no la hay o puede descubrir motivos
de belleza allí donde el autor no acertó a
expresarlos; semejante en esto al artista genial que descubre
en una fábula grosera o en algún intento fracasado
el germen de su creación. La intuición crítica
es comparable luego a la del artista mismo, a esa cualidad
que el poeta llama inspiración y que para Rodó
no se diferencia de la capacidad intuitiva del crítico.
A diferencia de Barthes que, en un diálogo discontinuo,
"aprobaba o no, elogiaba o no, citaba en sus libros
o no, los míos", Severo Sarduy asigna a Emir
el impulso a la realización, la eficacia de la incitación
a la escritura, "a su motivación más
profunda, a su justificación y a su sentido."
En un tono menos austero, jugando en torno de las ruinas
y las voces de Babel, Manuel Puig se asocia a Sarduy en
el reconocimiento explícito de una autoridad común.
Aunque no lo digan con las mismas palabras, ambos saben
que "C'est l'autre qui vous fait écrivain"
y en este caso "el otro", o los otros, tiene nombre
y conviene oírlos:
Bueno, el boletín Puig se completa
con el anuncio de su próxima novela, de corte policial,
actualmente shooting on location in perverted Buenos Aires.
It's a sort of thriller. ¿Te acordás del slogan
de la MGM para lanzar "I'll cry tomorrow" con
Susan Hayward? Decía así: 'A film shot on
location: inside a woman's soul!" -Bueno, lo mismo
se podría aplicar a mi policial. OK Emir, esta vez
contestame por favor. Con Severo en París estuvimos
de acuerdo en que ambos somos inventos tuyos ¿no
se te ocurrirá desinventarme for some mysterious
reason?
Es sabido que, desde sus orígenes, el teatro (a)puesta
en escena a un juego de contradicciones por medio de contestaciones
(réplicas) o inversiones (oposiciones), de modo que
no llama la atención que algunos personajes empeñen
sus fueros en busca de un autor. No es frecuente, en cambio,
que fuera de ese espacio, un autor o más autores
hayan encontrado a su autor y que confiesen el encuentro
con la espontaneidad de una modestia tan sincera. Tal vez,
en su respuesta, Emir habría objetado las responsabilidades
de esa doble autoridad que se le imputa. Por ejemplo, refiriéndose
a su aversión por el término "Boom"
y a su severidad en definir el movimiento que designaba,
como le dice a Alfred MacAdam en la entrevista que se citaba
más arriba:
La confusión se debería
al hecho de haber publicado tantos autores del Boom en MUNDO
NUEVO. Hasta se me acusó de haber inventado el Boom.
Nadie lo inventó y, según mi conocimiento,
la primera persona en usar la palabra en un contexto latinoamericano
fue Luis Harss en una revista argentina, PRIMERA PLANA.
Sin embargo, en la misma entrevista, con cierta melancolía
reconocía retrospectivamente la creación de
un mundo nuevo para la literatura latinoamericana, que había
propiciado a partir de la publicación de MUNDO NUEVO,
similar a la que, años antes, había impulsado,
desde MARCHA o desde la dirección de NUMERO, fundando
una crítica hispanoamericana a la que exigía
los siguientes atributos:
(...) que no sea de campanario, que proyecte
la obra de los ingenios locales en un marco continental,
que sepa superar la envidia y las rivalidades, la vacía
polémica de aldea, para detenerse en la consideración
de esos valores que, con dificultad y en medio del caos,
van creando una conciencia americana y un arte de América.
Son declaraciones diferentes de una misma iniciativa.
Hasta podría apreciarse la diagramación geométrica,
en bandas paralelas, de la carátula de MUNDO NUEVO
como un resabio de las bandas cruzadas de la decorosa carátula
de NUMERO. En la carátula del semanario JAQUE, que
se publica en Uruguay poco después de su muerte,
se la anuncia en los siguientes términos: "La
Generación del 45 despidió a su inventor."
Al final del artículo, el periodista llega a una
observación concluyente: "Sucedió simplemente
que Emir hacía la historia y luego se puso a escribirla".
Era legítimo asimilar el sentimiento de autoridad
(de un autor), y el de pertenencia (de quien participaba),
a un nuevo sistema de valores. Brevemente, Real de Azúa
describió las responsabilidades que asumía
en esa historia que, no puede ser de otra manera, pasaba
por su escritura:
En MARCHA, desde 1944 (14 de enero, No.17,
fecha capital) hasta 1959 y solo con algunas interrupciones,
Rodríguez Monegal fijó lo que habían
de ser los gustos y categorías del sector más
considerable de la generación que se da como advenida
al año siguiente de su inicio. Desde aquí
la recapitulación es fácil: la pasión
por la lucidez (una palabra que fue bandera de casi todos),
el rigor judicativo, la reverencia por los valores de la
perfección estructural y formal y por la riqueza
imaginativa, el desdén por la trivialidad testimonial,
el emotivismo, el regionalismo, la inflación expresiva,
el desprecio por la literatura protegida, oficial y perfunctoria,
la urgencia por una exploración desapasionada de
nuestro caudal literario y un inventario de lo salvable
de él, la prescindencia de toda consideración
"extraliteraria" y "extraobra" (de piedad,
pragmática, beneficiente, civil), olímpica
de unos dioses mayores: Proust y Henry James, Joyce, Kafka,
Gide, Faulkner, Shaw, Mann, Virginia Woolf, entre los universales;
y los hispanoamericanos Borges y Neruda y Lins do Rego y
Manuel Rojas; y los uruguayos revalorizados o ensalzados:
Acevedo Díaz, Quiroga, Rodó, Espínola
y Onetti. 