Obra selecta de
Emir Rodríguez Monegal
(Editorial Biblioteca Ayacucho.
Caracas)
Emir Rodríguez Monegal asumió
sobre sí la magnitud desmedida de los enconos que
su grupo de edad fue suscitando en los anteriores de alguna
altura y la saña de los mediocres de todas las etapas,
acostumbrados a la impunidad literaria, a la tenue benevolencia
de peñas y circulitos. En realidad, desde Zum Felde,
ha sido Rodríguez Monegal el escritor uruguayo con
más enemigos y -aunque pueda discreparse con varios
de sus contundentes dictámenes juveniles, aunque
pueda no compartirse su estilo polémico extremadamente
frío, metódico, sin resquicios, aunque pueda
reconocerse que su mano es, cuando quiere golpear, demasiado
pesada y todas sus opiniones demasiado seguras- la verdad
es que no se llega impunemente (por lo menos entre nosotros)
a ser tan respetado y hasta temido como él lo es,
a alcanzar un círculo de lectores más amplio
que el que ninguna crítica ejercitante había
alcanzado, a ser competente, al mismo tiempo, en monografía
e investigación literarias y en ese juicio sobre
libros, películas y dramas del día, para el
cual ninguna erudición sirve de muleta y son prácticamente
infinitas las posibilidades de pifia.
El testimonio de Real de Azúa es anterior a la aparición
de MUNDO NUEVO. Entonces, es necesario señalar que
los grandes odios habían empezado antes, solo que
el escándalo de las denuncias encontraron al fin
una razón para denostarlo, un pretexto para prohibir
su nombre: simular la ignorancia de su obra fue la consigna.
Pero es necesario admitir que, aun antes que la dictadura
se instalara en el país en junio del 1973 hasta 1984
y lo ensombreciera con la iniquidad brutal de sus represiones,
ya existían otras formas no oficiales de la represión,
abusos que el derecho no pena, crímenes que no configuran
delitos aunque atacan desde la oscuridad de las intrigas
y la violencia del silencio que nadie interrumpe: escaladas
de la interdicción metódica que sentencia
hombre, obra, nombre, un terrorismo paradójico que
atenta para que se ignore el atentado, reprime y destierra:
nadie se entera. Se perpetraba una muerte anticipada, nunca
anunciada, una especie de "crimen perfecto": no
se menciona ni el crimen, ni los victimarios ni sus víctimas,
el delito cuenta con el silencio, con un silencio de muerte;
el crimen, dos veces perverso, no cuenta.
Anterior a las acusaciones que difamaron la revista,
anterior a los sabotajes a los que fuera sometida desde
su comienzo a mediados de los sesenta, aún antes
de que se conociera el retorcido expediente de su financiación
y la revista fuera el lugar de encuentro "verdaderamente
internacional" que había establecido para la
difusión de "lo más creador que entrega
América Latina al mundo, ya sea en el campo de las
artes y de la literatura, ya en el del pensamiento y la
investigación científica." Nuevamente,
la fundación de una publicación periódica
mensual funda un campo de cultura con señas de identidad
suficientes como para permitirse prescindir de mezquindades
falsamente nacionalistas y ampliar la discusión teórica,
provocar la fruición estética y las alternativas
vehementes de un diálogo literario constante, que
sintoniza la diferencia de voces en discrepancia o en armonía.
Una pluralidad no totalitaria que la uniformidad tecnológica
de este fin de siglo parodia globalmente.
El diálogo entre latinoamericanos y sus resonancias
más allá de su ámbito específico
empezó con Carlos Fuentes y su tema, necesariamente,
versó "Sobre literatura latinoamericana".
En ese mismo primer número, publica artículos
de César Fernández Moreno sobre "Martínez
Estrada y la Argentina", un testimonio: "Notas
sobre Cuba", un cuento de Augusto Roa Bastos, un poema
de Gabriela Mistral, un ensayo de semántica plástica
por Severo Sarduy, otro de Damián Carlos Bayón
sobre "La caricatura integral de Saúl Steinberg",
comentarios de Los biombos de Jean Genet y notas sobre Neruda.
Una sección de noticias varias sobre la década,
todo en un primer número de cien páginas a
dos columnas, con dibujos de los "monos" de José
Luis Cuevas intercalados. En números sucesivos, desde
"El militarismo en el Brasil" o el "golpe
en el vacío" en la Argentina, "El caso
Siniavski-Daniel", "La guerra del Vietnam y los
intelectuales", la controversia sobre Los hijos de
Sánchez y "La cultura de la pobreza", relatos
y poemas de José Lezama Lima, un homenaje, más
una entrevista, críticas y relecturas de sus obras;
narraciones de Julio Cortázar, Gabriel García
Márquez, Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante,
José Donoso, Manuel Puig, Reynaldo Arenas, João
Guimarães Rosa, Clarice Lispector, poemas de Nicanor
Parra, encuentros y conversaciones de Alvaro Mutis, de Guillermo
Sucre, de Juan Cunha, de Ernesto Cardenal; poemas, ensayos
y testimonios de Octavio Paz, diarios de congresos, de viajes,
entrevistas con Leopoldo Marechal, reflexiones de Mario
Vargas Llosa, escritos de Julio Ortega, diálogos
con Borges, con Max Aub, notas sobre David Viñas,
Asturias, Arguedas, Vallejo, tantos más. Todo el
espectro de la literatura y los intereses mejores de un
continente tenían cabida en un lapso de dos años.
Se había propuesto
Insertar la cultura latinoamericana en un contexto que
sea a la vez internacional y actual, que permita escuchar
las voces casi siempre inaudibles o dispersas de todo un
continente y que establezca un diálogo que sobrepase
las conocidas limitaciones de nacionalismos, partidos políticos
(nacionales o internacionales), capillas más o menos
literarias y artísticas. Mundo Nuevo no se someterá
a las reglas de un juego anacrónico que ha pretendido
reducir toda la cultura latinoamericana a la oposición
de bandos inconciliables y que ha impedido la fecunda circulación
de ideas y puntos de vista contrarios. Mundo Nuevo establecerá
sus propias reglas de juego, basadas en el respeto por la
opinión ajena y la fundamentación razonada
de la propia; en la investigación concreta y con
datos fehacientes de la realidad latinoamericana, tema aún
inédito; en la adhesión apasionada a todo
lo que es realmente creador en América Latina.
Como dice Luz Rodríguez-Carranza en un artículo
que revisa la significación de la revista: "(Emir)
fue el dueño absoluto de su revista: él escogió
a sus colaboradores, seleccionó sus entrevistas y
sus materiales; su función fue la del narrador omnisciente
de 'un' mundo (entre muchos mundos posibles) que fue su
entera creación y que se rigió según
sus propias leyes. "
En el número del 13 de julio de 1967, un año
después de la fundación de MUNDO NUEVO, su
director, destacando la urgencia del comunicado, publica
un editorial "La CIA y los intelectuales", que
continúa en el número siguiente. El texto
resume las revelaciones realizadas sobre los vínculos
que habían existido en el pasado entre la Central
Intelligence Agency y el Congreso por la Libertad de la
Cultura, dadas a conocer un par de meses antes. Con la airada
desesperanza que la sordidez del caso le provoca, da cuenta
de lo acontecido y, sin decirlo, marca la distancia entre
las instituciones involucradas y MUNDO NUEVO :
Como es bien sabido ya, el Congreso por la Libertad de
la Cultura ha estado siempre en el centro de una actividad
polémica que no conoce tregua.
Originario de la guerra fría, ha sido atacado por
la extrema derecha y por la extrema izquierda. Ahora que
tanto un bando como el otro han perdido su carácter
monolítico y que no hay ortodoxias universalmente
válidas, le ha tocado al Congreso la hora del análisis
y de las revelaciones. La vinculación financiera
que tuvo en el pasado con la CIA (siempre alegada por sus
enemigos nunca hasta ahora probada) ha sido plenamente admitida.
Ante este hecho, Mundo Nuevo expresa la más enérgica
condenación. Porque no se trata solo que la CIA haya
engañado a tanto escritor independiente: se trata,
sobre todo, que ha engañado a quienes habían
demostrado su independencia frente al fascismo y al stalinismo
en horas en que parecía casi imposible atreverse
a decir una palabra. Gente como Silone o como Spender, como
Malraux o como Oppenheimer, que habían renunciado
a las seducciones de un dogma, fueron víctimas involuntarias
de las maniobras del otro.
Por dolorosas que sean, estas revelaciones no hacen sino
confirmar algo que es obvio: lo difícil que es conquistar
y conservar la libertad. La condición del intelectual
independiente en el mundo moderno es una condición
de riesgo y miseria. El escritor o el artista que no esté
dispuesto a decir Amén o Heil, a firmar dónde
le digan y cuándo le digan, a repetir humildemente
el catecismo o las consignas, está por eso mismo
expuesto a la más cruel aventura. Por un lado, es
víctima de la calumnia de la reacción organizada,
de la pandilla maccarthista o stalinista; por el otro, del
engaño de la CIA. Afortunadamente, si la calumnia
o el engaño pueden modificar la consideración
-al fin al cabo efímera- de una obra o de una conducta,
no pueden alterar la calidad e independencia de la misma.
La CIA, u otros corruptores de otros bandos, pueden pagar
a los intelectuales independientes sin que estos lo sepan.
Lo que no pueden hacer es comprarlos.
Desde entonces los planteos han cambiado y los descubrimientos
consecutivos a la apertura de archivos de los servicios
de seguridad de distintos bandos, la elocuencia de documentos
que prueban los desmanes que institucionalizaron el crimen
y su impunidad, la confirmación de la existencia
y actividades de redes secretas, la atrocidad de los testimonios,
las fosas que ya no ocultan montones de esqueletos, siguen
multiplicando, a pesar de la aporía insalvable de
los diferendos, revelaciones cada vez más dramáticas.
No son ajenas al clima de una época que disimuló,
con las estrategias eficaces de una propaganda sistemática
organizada como ejércitos, la violencia de los antagonismos
que dividieron el mundo.
Observados y denunciados por pocos, la indignación
de Emir fue justificada, su independencia extemporánea.
Se adelantó en un par de décadas a los demorados
trámites oficiales aprobados por coros de consentimiento
adocenado. Se ha hablado tanto del tema en los últimos
tiempos que ya no alarma la connivencia totalitaria de políticos,
filósofos, escritores, profesores, intelectuales,
cineastas, artistas y la discreción o ingenuidad
conformista que se hacía cómplice de conspiraciones
y acuerdos secretos. Las iras e ironías de Emir fueron
las de un adelantado y no está de más señalar
que solo ahora podrían enunciarse, en el contexto
adecuado, sus convicciones para ser entendidas. Insistir
ya sería redundante, a menos que, como decía
Emir, en palabras de Rodó:
(...) queda el aislamiento y abandono espiritual, que es
lo verdaderamente doloroso; queda el calvario de la incomprensión
común: desde la que se eriza con las púas
de la inquina a la superioridad, pasión de democracias
chicas hasta la que se encoge de hombros con un zafio menosprecio
de toda labor desinteresada, de estilo y de investigación,
y la que, dentro mismo de estas actividades, ensordece a
lo nuevo y personal, o afecta comprender y no comprende...;
quedan, en fin, aquellos resabios de la aldea, por los cuales,
para las altas cosas del espíritu, toda esta América
Española ha sido, en escala mayor soledad de villorrio
(...)
Son fallas continentales que los ciclos políticos
no cambiaron.
A diferencia del "viaje de salvación"
que emprende Rodó en julio de 1916 y que en algún
momento se asoció "a un vasto proyecto de revista
latinoamericana" , su instalación en Europa
no se le impone ni como la única solución
ni como una huida para la recuperación de las fuentes,
razones apuntadas por Emir en ese prólogo fundamental
que escribe para la edición de las Obras Completas
de José Enrique Rodó.
Tal como se había propuesto, en poco tiempo inauguró
un diálogo nuevo y, durante un período de
dos años, la revista fue la obra de un hombre capaz
de precipitar las creaciones de otros. "Una tarea cumplida"
da por terminada esa etapa de su labor editorial que recoge
en un balance confirmando sus propósitos iniciales,
alegando las razones circunstanciales que han definido una
decisión que le pesa: desde su encarecida perspectiva
de autonomía y universalidad, un cambio de radicación
(de París a Buenos Aires), tal como se le impone,
implicaría más que un cambio de dirección.
Desde el principio había optado por esa primera
ciudad y así como Walter Benjamin consideraba "París,
capital del siglo XIX", "despaisándola"
en tanto capital de una época y no de un país,
Emir también confiaba en una tierra prometida de
libertad literaria, atribuyéndole el estatuto de
capital internacional de América Latina, un centro
que, si bien ha cedido algo a New York (como le dice a Alfred
MacAdam ), le aseguraba cierta neutralidad con respecto
a los fuertes matices de color local que le impondría
cualquier ciudad latinoamericana.
Ya que es en gran parte su razón o desazón,
le importa señalar el proceso de deterioro que, mientras
tanto, ha sufrido el continente al que ha dedicado sus desvelos
La esperanza que alentó a la dirección y
a sus colaboradores más cercanos fue poder crear
un órgano que prescindiera activamente de esa "militarización
de la cultura" de que ha hablado Sartre, y que buscara
expresar la realidad latinoamericana en su autenticidad
mayor. Esa esperanza se vio enfrentada con las consecuencias
de un proceso inverso: la radicalización más
brutal de la situación económica, la crisis
social más aguda, la lucha política trasladada
al campo de la violencia física. En el plano de la
cultura, el diálogo se ha visto sustituido por la
repetición de consignas, la discusión por
el recitado de dogmas opuestos, el análisis crítico
por varios coros rivales que funcionan ensordecedoramente.
Estas son (por triste que sea admitirlo) las realidades
más visibles de la cultura latinoamericana de hoy.
No se resignaría a reducir la responsabilidad intelectual
que le era inherente a un compromiso impuesto ni a una conformidad
partidaria facilitada por la inercia de frases hechas y
manifiestos anodinos. Asumía las atribuciones de
la publicación literaria como "un acto de desafío
político" casi heroico, como podrían
ser sus manifestaciones en una sociedad norteamericana que
todavía desconocía las regulaciones administrativas
de la "corrección política", reglas
no siempre tácitas pero inexorablemente imperativas
que se convertirían en monótonos trámites
admistrativos de una burocracia más.
En 1976 dedica a MARCHA una edición especial de
la revista FICTION . Subtitulada A Tribute to "Marcha",
el ex-director de su sección literaria habla de la
trágica extinción de MARCHA, reconociendo
los cambios que escritores como Cortázar, Puig, García
Márquez, habían introducido desde sus páginas
en el imaginario de ese siglo. Por su parte, Emir escribe
el prólogo detallando las condiciones de violencia
(sanciones, clausuras, detenciones, prisión, tortura)
que precedieron a la desaparición de MARCHA y continuaron
después. Presenta, a modo de homenaje, aspectos de
su insight, esa visión interior y penetrante de un
periódico que había conocido como pocos, que
había sido durante diecisiete años el cauce
semanal de sus desbordes literarios, la mayor entidad crítica
en su época, que contribuyó significativamente
a definir algunos temperamentos políticos de la historia
ya no tan reciente de América Latina. Emir apunta
las consecuencias del vacío originado por la carencia
de esta publicación en el medio hispanohablante.
Como sugería Real de Azúa, las breves notas
de Emir que señalaban abusos y torpezas de personas
o instituciones conocidas habían sido demasiado tajantes;
sus "ASTERISCOS" demasiado hirientes; numerosas
y explícitas en sus ensayos las alusiones a procedimientos
irregulares que no quedaban entre líneas. Ofensivamente
irónicas sus objeciones y demasiado frecuentes sus
diatribas. La rigurosa severidad de sus recursos críticos,
que convertía en furibundos detractores a los aludidos,
se explica también porque, además de literarios,
sus escritos constituían verdaderos alegatos de responsabilidad
cultural, pronunciamientos que iban más allá
de los límites disciplinarios o de los objetivos
de un comentario sobre un autor o del pormenorizado análisis
de una obra o de una anotación incidental sobre una
traducción descuidada. Se pronunciaba contra las
arrogancias de la mediocridad cuando intentaba prevalecer,
contra los alardes de pura vanidad que se hacían
pasar por prestigio, contra la falta de un decoro intelectual
que, desde la incuria, el plagio o la connivencia, no estaba
dispuesto a tolerar. Sus denuncias contra maniobras favorables
a intereses de grupo, contra las censuras que callan y,
calladas, censuran dos veces, contra las franquicias amistosas
de premios y prebendas, la parcialidad deliberada de la
desinformación, ya daba lugar a las instancias de
deterioro, el riesgo que Jacques Derrida denunciaba recientemente
a propósito de notorias manipulaciones de la comunicación
realizadas por los medios masivos, reclamando de la democracia
"una cultura de la vigilancia", a pesar del malestar
que semejante llamado suscitara .
En la Biblioteca Nacional, al final de la conferencia del
lunes 5 de noviembre, complacido, turbado, Emir consintió
a que se leyera un texto que Borges le había dedicado
unos días antes, queriendo adherir a ese homenaje
al que, a su pesar, por problemas de una salud que ya había
empeorado, no podría asistir. En esas líneas
recuerda a Emir como estudioso, como escritor, como el autor
de su Biografía literaria pero, sobre todo, subraya
la gran amistad que los unía y su anhelo de reunirse
en Montevideo una vez más, de tomar parte en la celebración
y dejar constancia de una estima que se remontaba décadas
atrás, desde los años de la iniciación
crítica de Emir y de la plenitud literaria de Borges
.
Pero Emir quiso volver, a pesar de todo, a pesar de todos.
Su intención no fue "morir en su tierra",
como hubiera interpretado algún balance convencional,
sentimental y patriótico, ni imitar a los personajes
espectrales de alguna novela gótica tradicionalmente
tenebrosa o a esa no menos macabra del páramo mexicano.
No habría vuelto solo para ver -ya se dijo- sino
para volver a irse, como antes, para hacer de su retorno
una partida, de su drama un final sin final o sin fin, la
doble falta de finalidad que consagra la condición
del arte y preserva el misterio que lo anima.
Minutos antes de iniciar su conferencia en la Biblioteca
Nacional, rodeado por el círculo de sus más
allegados, el Presidente de la República le entregó
una medalla diseñada y acuñada especialmente
en su homenaje a fin de honrar su obra literaria y cultural,
evitando la condescendencia patética o las formalidades
de la ceremonia oficial. Más sereno que nadie, Emir
agradeció y aceptó la distinción en
nombre de aquellos críticos con quienes las alternativas
de rivalidad y discrepancias habían sido, más
que notorias, violentas. No era necesario nombrarlos. Recurriendo
a una alegoría de su propia historia intelectual,
abrevia una nueva versión de enfrentamientos legendarios
en un continente que no los escatimó .
Evocaba fielmente el final de "Los teólogos",
el cuento de Borges donde el narrador relata el odio a muerte
que oponía a Juan de Panonia y Aureliano de Aquilea,
quienes, defendiendo doctrinas radicalmente adversas, mueren
uno en la hoguera y el otro en un incendio. Recuerda que
no solo el fuego, que reduce la enemistad a cenizas, dirime
el pleito: "en el paraíso, Aureliano supo que
para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia
(el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido,
el acusador y la víctima) formaban una sola persona."
Aproximándose a ese tiempo sin tiempo que había
empezado a ser el suyo, aludiendo claramente a Angel Rama,
Emir advierte que la fuerza de diferencias y enconos habrían
dado lugar a la oposición necesaria para que la literatura
uruguaya, rioplatense, latinoamericana, se forjara un espacio
de universalidad donde las energías e inercias de
los enfrentamientos dentro de los mismos límites
contribuyeran a definir y consolidar una época.
Más de un crítico de críticos se habrá
sentido tentado a trazar fáciles antítesis
en favor de una de las partes, sin embargo, sus figuras
contrapuestas toleran un paralelismo que no siempre los
opone. Integraban una misma corriente literaria, la "generación
del 45" (como la designó Emir) o "crítica"
(como la diferenció Rama); una misma corriente ideológica
dentro de una izquierda que, revolución cubana de
por medio, ya no admitiría diferencias; una semejante
pasión literaria y la vibración más
fervorosa por las iniciativas culturales los consumía
en el mismo círculo, en un país demasiado
pequeño, demasiado homogéneo, en una instancia
histórica común donde avanzaba el poder de
los medios de comunicación encabalgando historia
y literatura, un encabalgamiento que ambos consideraron
como un "compromiso" necesario, interpretado de
distinto modo. Sentían las urgencias de una crítica
vigorosa que consolidara, con énfasis diferentes,
el pensamiento y la imaginación de América
Latina, la coexistencia -como decía Emir de Rodó-
de crítica literaria y milicia americanista que requería
el continente.
Con la gracia que alivia las tensiones derivadas de una
relación polémica, Richard Morse dirige sus
simpatías hacia Ángel Rama, el "populista
carismático" y hacia Emir "el conspirador
elitista ", en su cualidad doble de talento y disciplina.
Conociendo las marchas y contramarchas de una íntima
enemistad que se endurecía con la rigidez de un rito
ancestral, Emir, sin proponérselo, por la penetración
de una lectura visionaria, había previsto, abstrayendo
diferentes modelos que creaba la fascinación del
universo fantástico de Borges, una situación
de la que sería protagonista: "Borges ha preferido
imaginar no dos personas idénticas sino dos personas
aparentemente opuestas pero complementarias."
La verdad en la ficción
No habría que cuestionar la implicación
del investigador en los modelos que propone ni descartar
los riesgos que el trato constante con la ficción
le depara. Ambas posibilidades prefiguran episodios de resolución
conflictiva pero también coincidencias que la fatal
contaminación con la ficción explicaría
en parte. En uno de sus ensayos sobre la literatura fantástica,
después de examinar sus variantes, Emir observa:
"En todos los casos un pedazo irrefutable de la realidad
aparece injertado en la ficción; aparece lastrándola
de realidad. " En el marco de esa lógica distinta,
por el efecto de los shifting mirrors, la simetría,
por contraria, vale: esa literatura disemina fragmentos
de ficción que, bien injertados en la realidad, la
lastran de irrealidad, un lastre "de verdad" que
los historiadores tampoco refutarían.
Distintas teorías explican los procesos de proyección
que desencadena la literatura, como también ocurre
con otras formas artísticas: el autor se identifica
con sus personajes; el lector, a su vez, se identifica con
esos personajes de modo que, por personaje interpuesto y
por una propiedad transitiva elemental, el lector se identifica
con el autor: "It is the spectator and not life what
art really mirrors." En consecuencia, el crítico,
que es un lector sin reservas, se incorpora a la cadena
y, a su vez, se identifica con todos ellos.
Por eso no sorprende que, en un artículo ya citado,
dijera Ulacia que "a veces cuando en una clase [Emir]
nos hablaba de algún cuento como "El Sur",
parecía como si hablara de sí mismo. "
Para Cabrera Infante, al regresar a su país "Emir
no iba 'en un coche al muere' sino a encontrar su destino
sudamericano" . Como Ión, el magnético
intérprete de Homero, el intérprete de Borges
se entusiasmaba por el personaje de un cuento de Borges
con el que se identificaba, o con otros de sus personajes,
variantes de un hacedor que no necesita afirmar "Ireneo
Funes soy yo" o "Pierre Menard c'est moi"
para que la comunidad idiomática justificara el descubrimiento
de las verdaderas máscaras de un autor que, aun diciéndose
otro, se sabía el mismo, él mismo.
En una conferencia que dio Borges en Montevideo , el escritor
se preguntaba si no será porque nuestra vida es fantástica
que nos conmueve tanto la literatura fantástica.
Es Emir quien termina transcribiendo esa pregunta en el
resumen correspondiente a la conferencia y, por preguntarse
uno y por no contestar el otro, ambos dan parte de la maravilla
que, como la belleza, es común.
Sería redundante, aun en español, volver
a recordar que la literatura anticipa la vida que se limita
a imitarla; más aún tratándose de un
crítico literario, del crítico de Borges.
Sin embargo, aunque implícita, cabría agregar
a las variantes de esa fórmula de Wilde, la muerte
a la vida. Es a la literatura a la que la muerte imita.
Entrevistos esos arquetipos, parece menos insólita
su vuelta a Uruguay, igualmente insólita su vuelta
a New Haven. A su luz, a la luz que irradian diferentes
lecturas, su muerte se transforma: es otra muerte. Contradictoriamente
similar a la que Borges imagina en "La otra muerte",
el cuento donde las alteraciones de la sucesión lineal
y las inversiones de causas posteriores a sus consecuencias,
trastrocamientos que habilita el sueño en el recuerdo
o en la ficción, deparan cierta forma de justicia
como trámite final de una alteridad deseada, una
relación preposterada entre la ficción y la
realidad que desconciertan a la par.
El retorno de Emir, entre nostálgico y misterioso,
su alejamiento definitivo, también enigmático,
en cierto modo va al encuentro de un lugar eterno en un
tiempo literario donde ha de reunirse, si no con Borges,
con sus personajes. No sería difícil, por
otra parte, establecer coincidencias biográficas
o literarias con las circunstancias de la muerte de Borges
que ocurriría solo pocos meses después. Autor
y crítico se alejan de su países de origen,
ambos contraen casamiento en artículo de muerte,
son enterrados en cementerios de patrias distantes, Emir
en New Haven, próximo a la tumba de Whitney, un lingüista
que solía recordar, y Borges, en Ginebra, la ciudad
de Saussure, a quien Borges se empecinaba en ignorar. Pero,
como la muerte del cuento, esa es otra historia.
Es en esa otredad que se entrecruzan la historia nacional
con sus mitos, la biografía personal con la leyenda,
la vida de un hombre con su muerte o con la muerte de otro
-como es siempre la muerte- o, dada esa otra muerte, una
confusión de las dos.
Las formas de la memoria termina con un ensayo magistral:
"La muerte y las vidas de Aparicio Saravia. Tres versiones
de un mismo heroísmo". El tríptico de
una investigación inusual aparece incluido en el
índice del libro a manera de apéndice. A pesar
del título enunciado, ajeno a la intimidad confesional
del libro, el artículo concluye su autobiografía,
cifrando aventuras y desventuras de la vita literaria de
Emir, recurriendo a una mezcla inusual de erudición
crítica a partir de datos procedentes del mundo vivido,
de revelaciones inesperadas o sobrenaturales.
En ese artículo, que aparece como apéndice
del libro, empieza ocupándose de las biografías
que, en el mismo año de 1942, Manuel Gálvez
y José Monegal dedican a Aparicio Saravia, el último
de los grandes caudillos gauchos. La comparación
biobibliográfica le permite abordar hechos heroicos
de la historia nacional. Sin embargo, el registro informal,
la sencillez casi indolente con que formula sus observaciones,
con que detalla los datos, con que enumera los episodios,
refiriéndolos como meras anécdotas de su pueblo
natal, de su familia, de sus vecinos, descuenta cualquier
afectación de historia nacional o de culto patriótico,
que propiciaría el tratamiento con personajes que
el bronce, el mármol y las epopeyas han celebrado.
Nada de eso; el crítico universal que fue, y que
estaría de acuerdo con que efectivamente "La
Crítica es la que nos hace cosmopolitas ", confía
como Gilbert, el sarcástico personaje de Wilde, en
que también puede hacer por nosotros lo que la Historia
no puede: reivindicar una identidad nacional más
entrañable que la del "nacionalismo literario
en lo que este tiene de limitación provinciana y
resentida, de desahogo de la mediocridad. "
Con informalidad doméstica, casi casera, introduce
a José Monegal, autor de Vida de Aparicio Saravia,
a quien llama "el tío Pepe" o "Pepe",
de la misma manera que intercala las referencias al abuelo
Cándido Monegal, interlocutor habitual e ideológicamente
adverso al prócer, Aparicio Saravia, quien "solía
venir al pueblo, llegarse hasta la casa de nuestra familia
y, sin apearse del caballo, golpeaba en la ventana para
preguntarle a mi abuelo, Cándido Monegal (que era
jefe del correo y colorado) qué noticias había
traído el telégrafo desde la capital lejana."
Tan doméstico como el tema, que no se aparta del
ámbito familiar, la intimidad de tono, la recurrencia
de los apodos, podrían normalizar esa inclusión
de un análisis crítico en las Formas de la
memoria, conmoviendo, sin embargo, las relaciones entre
el autor y su medio, sacudiendo "el polvo erudito de
las biografías" que deploraba Nietzsche, sin
llegar a atenuar el desconcierto. Sin embargo, además
de legitimar cierto intimismo crítico que no rechazaban
sus escritos, esa intervención personal a través
de lo familiar en la historia, de lo cotidiano en la leyenda
y el mito, indicaría la índole literaria,
probaría las afinidades con la ficción en
un género que, situándose próximo al
registro documentario, no solía exponerla o, por
lo menos, simulaba evitarla.
Desde el principio de Las formas de la memoria, Emir
no escamotea la literariedad inherente al pacto autobiográfico
que establece; al contrario, al designarlas con un título
que es parte de un poema de Borges, adhiere a esa condición
estética, concertando una cita con/de "Un lector",
dando prioridad autobiográfica, antes que a los avatares
de una vida, a los retornos que la poesía hace propios:
....porque el olvido
es una de las formas de la memoria, su vago sótano,
la otra cara secreta de la moneda.
Desde el punto de partida, esa entrada en poesía
convoca las ambigüedades de una escritura que se debate
entre las contradicciones del género, inscrito ambivalentemente
tanto en la verdad histórica (que bien puede ser
inverosímil) como en la verdad literaria (a la que
le basta con ser verosímil) sin intentar disimular
el artificio del que toda construcción no logra prescindir.
Las memorias, los testimonios, las confesiones epistolares
o no, los diarios más o menos íntimos, las
entrevistas reales o imaginarias, las biografías
propias o ajenas, habilitan un estatuto de obra entornada,
ni cerrada ni abierta, una obra en torno a una obra anterior,
primordial, que deja ver el interior de un mundo construido
tanto como su exterior. No se diferencian de otros discursos
confesadamente menos sinceros y, similares a otros textos
narrativos que se presentan como tales, suele esperarse
del lector una suerte de suspensión voluntaria de
la descreencia, es decir, que no repare (en) el artificio
y tolere como cierta la ficción sin invalidar al
autor en la autobiografía.
Emir no pretende decir nada más que la verdad ni
toda la verdad; ni se lo propone ni finge hacerlo. Tal vez
recordara que André Gide preveía el malestar
que sentirían los demás ante esta disposición
literaria y compartiera la advertencia que formulaba al
escritor, quien no debe contar su vida tal como la vivió
sino vivirla como la contará.