Obra selecta de
Emir Rodríguez Monegal
(Editorial Biblioteca Ayacucho.
Caracas)
Desde la Rambla de granito hasta la plaza
Zabala, enclavada en la Ciudad Vieja, la ronda emblematiza
la placidez presunta de otros tiempos; en el medio de los
canteros regulares, la morbidez de las magnolias adelanta
la desmesura algo torpe de la mujer desnuda, esa escultura
recurrente en los sueños eróticos de adolescencia
que reconstruye copiosamente en el primer volumen de Las
formas de la memoria y que terminó por ser el único.
Publicado con el subtítulo Los Magos que, según
dice Ulacia en su nota de contratapa, se inspira en Twelfth
Night- Or What You Will. La fecha mágica corresponde
a la fiesta del "Día de los niños"
en un Uruguay laico donde se celebran ilusiones diferentes
a las que representa Shakespeare en la comedia, traducida
por él y por Idea Vilariño para una inolvidable
puesta en escena de la Comedia Nacional. No aparece en la
foto el monumento del fundador de la ciudad, Don Bruno Mauricio
de Zabala; en cambio, un primer plano resalta los adoquines
irregulares de la calle empedrada. Frente a la Aduana, por
el ancla de un acorazado inglés, evocaría
los episodios bélicos del Río de la Plata
durante la Segunda Guerra Mundial en la que, como tantos
uruguayos, se había involucrado vehementemente en
favor de los Aliados. Ninguna foto del deterioro de las
casas patriarcales convertidas en conventillos, ni de los
huecos donde la fealdad de las demoliciones ofende desde
los estacionamientos de autos, de las tapias de mansiones
arruinadas, tugurios que anticipan estropeos más
deliberados. Más allá, el puerto, que no cambia,
da entrada al recuerdo de Bioy Casares, a bordo del "Andes"
y a la nostalgia de los viajes interminables de entonces.
Regresando, entre las dos aguas, de la bahía y la
rambla, la Torre de los Panoramas luce la fotogenia hierática
que contrasta, en su austeridad estética, con la
poesía de Julio Herrera y Reissig, soslayando las
maledicencias del trillado dandysmo pintoresquista que la
reduce al lugar común del escándalo.
Más lejos, la entrada del "Hotel Cervantes"
en la calle Soriano, sigue siendo el Hotel de Borges, el
del cuento de Cortázar "La puerta condenada",
mencionado en otros textos. Estuvo a punto de ser también
el hotel en un cuento de Bioy Casares, pero el escritor
habría preferido ubicar su historia en las proximidades
de otros hoteles sobre la Plaza Matriz, bellísimos,
desaparecidos, identificados a la dignidad señorial
del restorán "El Aguila", varias veces
mencionado en su cuento "Ad porcos", sobre el
ala izquierda del Teatro Solís, donde La Condenación
de Fausto pone en escena el encuentro de los protagonistas
y sus entrecruzados juegos de idiomas, nombres y personajes.
Como tantos nombres de lugar, cambió de lengua,
se degradó pero aún resiste al desmoronamiento
el "Hotel des Pyramides", hoy escabroso a la vista
pero célebre por el supuesto alojamiento que pudo
haber dado a Isidore Ducasse, antiguo vecino del lugar,
a pocos pasos del distinguido Club Uruguay, frente a la
Catedral, a un paso de la seria solidez del Cabildo. El
efecto tenebroso y el decorado literario del sitio siguen
provocando hipótesis de investigaciones peregrinas
que contribuyen a extender las extravagancias de "le
montévidéen". Sin embargo, bastarían
para alimentar el mito del lugar los desenfrenos de otros
episodios de le tout (tout petit) Montevideo, la presumida
moralidad aldeana de un Novecientos -sobre el que Emir tanto
había escrito- en contraste con los desplantes decadentes
del erotismo literario de Roberto de las Carreras . ¿Supone
en su poema Al lector (1894), al que Roberto califica de
bestia, el mismo lector al que invoca el Conde de Lautréamont
en sus Cantos, ese monstruo de narinas desmesuradamente
dilatadas, tan feroz como el libro que lee?
El tráfico impedía insinuar cualquier
pregunta sobre un poeta que, a partir de sus trabajos, quedaría
definitivamente encabalgado entre dos continentes, culturas,
lenguas. Rondan las sombras de un conde o de un cuento:
"En una sola línea ininterrumpida, el narrador
une los dos tiempos y los dos espacios, y entralaza las
diferentes y complementarias experiencias del mismo personaje"
, dice Emir en "Le fantôme de Lautréamont"
donde observa las ambigüedades de "El otro cielo"
de Cortázar, un cuento que, como el Conde -en francés,
ambos términos casi no se diferencian- deja su final
en duda.
Como en una historia de aparecidos, los fantasmas
del personaje, del narrador, del autor, del crítico,
jugaban a las escondidas entre los interiores misteriosos
de los Passages de París, las galerías de
Buenos Aires y los recovecos de un tiempo pasado en Montevideo:
Lautréamont, l'autre-à-Mont (evideo) autor
y personaje de un autor que hace de la alteridad, de "el
otro de Montevideo", su identidad distinta. Entre tantas
dualidades, el ensayo fundacional "Isidoro Ducasse
y la retórica española", precursor de
una corriente crítica, abordó el mestizaje
lingüístico del poeta francouruguayo, un tema
que continúa y consuma en el libro Lautréamont
austral. Escritos ambos en colaboración con Leyla
Perrone-Moisés, inexplicablemente inédito
en español hasta mediados de 1995, fue publicado
en francés en el 2001.
En realidad, en las alegorías, lo vivido no
se diferencia de lo leído o de lo escrito, y en las
atentas vueltas de un itinerario dos veces previsto apuntaba
testimonios de una época, datos de lecturas e interpretaciones
filtrados en un relato donde, de la misma manera que en
sus reseñas, los acontecimientos cotidianos pasaban
a formar parte de la ficción sin apartarse de su
realidad. Ese pasaje ni se advertía, pero predisponía
el ánimo para penetrar en un mundo no diferente,
visiblemente sobrenatural. Legitimado por el discurso crítico,
sin dejar de ser ficticio, aparecía más real,
una variante hermenéutica de la literatura, la "vraie
vie" que exalta el narrador de Proust, la única
verdaderamente vivida, que Emir había sabido encarar
desde sus artículos precursores, esbozando una retórica
de lectura que, más o menos reticente, no pierde
vigencia:
Esta subordinación de la materia
narrativa al recuerdo provoca la interrupción incesante
del relato por el flujo nostálgico de la exégesis.
De tal modo que todo el libro se va construyendo en dos
planos (cuando no en varios); el objetivo pasado, el subjetivo
presente. Y la contaminación del primero por el segundo
presta a cada suceso esa equívoca indeterminación
temporal que (trasladada al espacio en la plástica)
encontraba Proust en los cuadros de su Elstir: las casas
parecían edificadas en el mar; los barcos varados
en la arena.
Guiando una conversación tan animada como el tráfico,
se hacía difícil circular en la Ciudad Vieja;
daba pena dejarlas atrás, pero debía tomar
por la avenida 18 de Julio, echar un rápido vistazo
al Palacio Salvo, reputado por los adefesios de su estética
kitsch como por algunas de sus legendarias inquilinas: Idea
Vilariño, Armonía Somers, Nilda Müller.
A pocos metros, hubo que detener brevemente la marcha ante
la entrada de un edificio, evocar las preferencias musicales
de Magdalena, alguna travesura de Alejandro cuando chico.
Algo dijo al pasar sobre un período cuando Mario
Benedetti había sido propietario, antes que él
lo fuera, de uno de esos apartamentos. Más allá,
una esquina con el letrero "Café y Bar"
destaca un primer piso que también precipita algunos
de sus recuerdos sin nostalgia. Siluetas fantasmales de
la generación del 45 se animaban entre las calles
del Centro de la ciudad, volvían a poblar fugazmente
el viejo Tupí-Nambá de la Plaza Independencia,
adonde se había enfrentado con Juan Carlos Onetti
por primera vez, el Café Sorocabana de la Plaza Libertad,
en las inmediaciones del café Metro:
Era un café de aquellos a la española,
cavernoso, con espejos oscuros y una atmósfera de
cigarrillos exhaustos y ceniza en las solapas. Creo que
fui un par de veces para mirar a Onetti de lejos. Yo no
fui nunca fanático del café; además
me gustaba volver a casa antes de medianoche, para asegurarme
un par de horas de buena lectura. Tampoco bebía,
o casi no bebía, de modo que la idea de quedarme
charlando hasta la madrugada, me parecía una pérdida
de tiempo.
Es la descripción de un conocido café céntrico
que amparaba las trasnochadas tertulias protagonizadas por
Manuel Flores Mora y Carlos Maggi. La estampa aparece sucinta
en "Mi primer Onetti", el último, su último
artículo en realidad, un texto que prolonga y concluye
la numerosa serie de ensayos que le dedicó durante
más de cuarenta años. Con las horas contadas,
en minutos contados, no dudó en dictarlo, al volver
del recorrido extenuante, como una anticipación abreviada
del artículo que se proponía escribir a su
regreso, en Yale, a fin de incluirlo en el segundo volumen
de sus memorias: El taller de Saturno, libro que recogería
sus recuerdos de los años de MARCHA. Entre bromas,
en tres párrafos, numerados, logra burlarse de la
timidez de su iniciación crítica, de ciertas
características del ambiente intelectual de Montevideo,
de los fundamentos de su filosofía crítica,
da precisiones sobre las fuentes faulknerianas de Onetti,
sobre el juicio despectivo que le había propinado
el escritor por su búsqueda académica, que
consideraba pedante, sobre la respuesta que, sin insolencia,
Emir devolvía a esa calificación, acumulando
otros antecedentes literarios más, pero sin desmerecer
la originalidad de su escritura, sobre una caricatura de
sí mismo, sobre el entorno en que se localiza el
(des)encuentro con Onetti: "Onetti no dijo nada pero
tampoco dejó caer su máscara de Juntacadáveres.
Nos despedimos amablemente porque sabíamos que aquella
reunión había sido una charada."
Tal vez esa colección de fotos póstumas
a su recorrido por Montevideo, la constancia de las andanzas
de alguien quien, como Junta Larsen regresa a Santa María
para ir al encuentro de la muerte propia -así dice,
confirmaban que "ninguno como Onetti logró transformar
la ciudad en personaje central de toda su obra", en
una entidad que, por transacción literaria va perdiendo
los detalles de los hechos, los rasgos de los protagonistas,
la verdad de la historia pasando por la versión,
una (con)versión literaria, a la jerarquía
universal de los arquetipos:
Más tarde, otros narradores habrían
de aprovechar su descubrimiento (o invención). Escritores
brillantes como Leopoldo Marechal o Ernesto Sábato,
creadores sutiles como Julio Cortázar, los más
destacados novelistas de la generación uruguaya del
45, así como los 'parricidas' porteños, habrían
de desarrollar esa invención de la ciudad rioplatense,
o aportar a ella matices nuevos, muchas veces inesperados,
iluminaciones deslumbrantes. Algunos (como Cortázar)
reconocerían explícitamente la influencia.
Otros la aceptarían implícitamente. Los menos
se declararían sus discípulos.
Momentos antes de partir en la ambulancia que lo esperaba
para llevarlo hasta el avión dictaba sin prisa ni
dramatismo. Ese día, los funcionarios del Aeropuerto
de Montevideo habían decretado una huelga general.
Sin embargo, al enterarse de la penosa partida de Emir,
decidieron interrumpir la medida gremial para que el avión
pudiera despegar sin demora. Mientras esperaba a que terminara
el dictado de ese breve texto que remata con una despedida
que es tan enigmática como varios acertijos, el médico
de la ambulancia le recordaba haber leído algunos
textos suyos, los operarios del aeropuerto habían
oído hablar de él. El avión de Pan
American partió solo con unos minutos de retraso,
la solidaridad y la adhesión crítica también
fueron decisión de la mayoría que, interrumpiendo
el paro, le dedicaba el último homenaje en su tierra.
El tema de la fijación fotográfica,
de su narratividad negada, del paralelo que la opone a la
palabra, incidía una y otra vez en sus escritos y
conversaciones. En ocasión de la aparición
de El acoso de Alejo Carpentier, había atribuido
la causa de insatisfacción que
en definitiva produce la lectura de esta novela, a las prioridades
descriptivas de la visión fotográfica, el
efecto de ralentisseur continuo que produce el estilo nominativo;
ese enfriamiento brusco de la cálida corriente narrativa,
esa coagulación del relato en torno a estampas morosamente
construidas, de una casa en ruinas o de una habitación
de azotea (...) o del esquema de una calle vista desde lo
alto (...).
Son sus palabras en un artículo de 1957, "El
ejercicio de un estilo narrativo". Aunque la reseña
no aluda a Raymond Queneau, su título se intertextualiza
fácilmente con la experiencia de sus Exercices de
style, una práctica de las parodias retóricas
de un autor francés que Emir conocía bien,
no solo por las recopilaciones de Alexandre Kojève
sino por su frecuentación asidua a los escritores
franceses que contribuyeron al cambio de un registro literario
que los desmanes de la guerra habrían provocado.
A pesar de las diferencias, por esa parodia del tratamiento
narrativo que desde el título hace referencia a un
ejercicio que lo impugna, podría asociarse al juego
implícito al que Emir apuesta en El arte de narrar
. En esa publicación reúne algunos de los
diálogos decisivos que había mantenido durante
el período de MUNDO NUEVO con narradores como Homero
Aridjis, Max Aub, Guillermo Cabrera Infante, Carlos Fuentes,
Salvador Garmendia, Juan Goytisolo, Beatriz Guido, Ernesto
Sábato, Gustavo Sáinz, Severo Sarduy. Desde
ese género tan antiguo como Platón que, según
dice en el prólogo, han favorecido los medios masivos
de comunicación, afirmando un carácter retórico
tan opuesto a la narración, tanto como las propias
fotografías o su descripción, discute sobre
el tema de la narración incluyendo, además,
diálogos con Leonor Fini (una pintora), con Leopoldo
Torre Nilson (un cineasta), cuestionando los diferentes
géneros o la posibilidad de oponerlos rotundamente:
(...) permite la intervención (a
veces, larga) del entrevistador (...) que no solo opina
sino que narra, que dramatiza, que busca apresar el tono
de voz. A este tipo de entrevista he dedicado buena parte
de mi tiempo estos últimos años. No digo que
siempre las haya logrado; ni siquiera digo que alguna vez
las logré; apenas anoto el propósito.
Las imágenes volvían a encuadrar los sitios
recorridos, aumentando las tensiones entre la palabra y
la imagen, la fijación del recuerdo y la rapidez
del registro, con la fulguración de instantáneas.
Son tantos los lugares, tan apremiante la necesidad de fijarse,
de fijar la mirada, de detener el instante en una fijación
doble y fugaz, capaz de capturar la imagen al pasar, anticipando
la falta de tiempo que la revelación fotográfica
haría definitiva. La vista se retarda un instante;
revela apenas cierto episodio donde la mirada que capta
y la memoria que guarda se confunden: le "regard",
la mirada vuelve a guardar, reserva esa vista del pasado
en una conservación contradictoria, elidiendo el
tiempo. Es extraña esta cartografía póstuma
de imágenes sin personas, un rompecabezas biográfico,
armado con "tarjetas de visita", postales fragmentarias,
ordenadas, que trazan un derrotero: ruta y rumbo, libro
y camino, términos de un destino que adelanta y duplica
la aventura hasta el final.
No era solo Roland Barthes quien veía en cada
fotografía un "retorno del muerto". Sin
embargo, sin desconocer la mirada de Orfeo que desvanece
la sombra querida entre más sombras, cada fotografía
apuesta a ese retorno imposible. Inmóvil, en un espacio
sin tiempo, la imagen fotográfica no rescata a alguien
-vivo o muerto- que regresa a través de su iconicidad
sino es el acontecimiento de la visión en sí
el que está en juego. El espectáculo a la
vista se ex-pone a una dialéctica diferente de esa
"testarudez del referente" de la que hablaba Barthes,
ya que más que del referente la obcecación
es de alguien que contempla un objeto para "sacarle"
la foto o de alguien que la contempla para captar el espectro
que la foto se obstina en ocultar. Sin desconocer la ambigua
posibilidad autorreferencial emitida por un cuerpo real
que estuvo ahí , se haría patente la presencia
de quien-ya-no-está, del "hombre invisible",
que registró la imagen y la imagen no registra. Si
la imagen expide "un certificado de presencia"
del objeto fotografiado, la prueba de un-haber-estado-ahí,
de ya no estar, también es el réquiem contradictorio
de quien realizó la fotografía y desapareció
o de quien, como quien hace fuego, hizo disparar, que puede
ser tanto el apuro de desaparecer como de hacer desaparecer.
Habría que admitir un-haber-estado-ahí duplicado
o una desaparición doble que el autor de La chambre
claire no atendió en esa publicación póstuma,
afligido por la desaparición de su madre y de un
jardín de invierno que muy pronto precipitarían
su propia ausencia.
Como los nombres de esos lugares poéticos
y fluviales en que se refugiaba el presente imperfecto del
narrador de Proust, las fotos de las esquinas, casas y calles
de la ciudad, registraban la marcha de un hombre que se
había ido; señalaban, a la luz de una nueva
retrospectiva, el sentido universal del lugar común,
la zona donde una colectividad encuentra, como en un descubrimiento
arqueológico, la huella, los vestigios remotos de
la ciudad, esos objetos eternos que, similares a los mitos,
indecibles, no se hacen visibles sino en la oscuridad y
en la memoria:
La ciudad que describe Onetti, la ciudad
en la que viven y mueren sus personajes, la ciudad con la
que él ha estado soñando hasta hacer soñar
también a sus lectores, es una ciudad situada a orillas
del vasto, barroso, equívoco Río de la Plata.
Y es también, una ciudad de hoy.
No faltan en ambas márgenes
del río quienes han intentado, antes que Onetti,
la descripción de esas ciudades de inmigrantes, precipidamente
erguidas sobre 'el río de sueñera y de barro',
como dijo Borges en un poema; esas ciudades de indiferentes
morales, de seres angustiados y tiernos, víctimas
y victimarios confundidos en un solo abrazo.
La foto ilustra una figuración negativa, una muestra
mecánica del insólito "arrepentimiento"
que pinta el hermano de las hermanas Brontë al borrarse
él mismo del cuadro que los retrata. Similar a la
escritura, el acontecimiento de la visión fotográfica
muestra otra "muerte del autor", que la filosofía
había querido constatar como definitiva pero que
quedó a mitad de camino entre otras desapariciones
que se precipitaron en cadena y de las que el autor no fue
la primera víctima .
Recuperado el espectáculo de la ciudad, la
serie de imágenes también alude a la transitada
desaparición del autor, una pérdida que, formulada
por la filosofía de los años 60, omite otras
desapariciones, las más trágicas, que derivaron
desde mediados de siglo a otros finales. Más que
el instante de lo efímero, las fotos toman -como
quien toma una ciudad- el lugar apropiado, la distancia
del sitio. Emir solo aparece en las fotos de interior, en
casa, tomadas en esos días del reencuentro múltiple:
con Haroldo, con Selma, con Zoraida, con Baby, su prima,
con Irlemar, con Magdalena, con todos, celebrando una fiesta
familiar y espontánea. Con citas ingeniosas, reflexiones
al paso, viejos afectos, amistosos, amorosos, que no se
dicen, no hay porqué. Entre unos y otros, Emir recordaba
a Susan Jill, que habría venido. Como ocurre al final
de una representación teatral, hasta el director
salía a escena, señalando a sus principales
actrices. Zoraida citaba a Ingmar Bergman, un dramaturgo
cinematográfico -es el título del libro de
Emir- pero la alusión al cineasta, más que
al cine de uno o al libro del otro, aludía a su relación
plural con varias mujeres, a la singularidad de una presencia
que convocaba, en instancia de simultaneidad, una supresión
de tiempos pasados diversos, la síntesis de épocas
sucesivas en una misma concurrencia dispar, unánime
y cordial. Ya no cabía entrever la danza de la muerte
en ese horizonte; un círculo hogareño, ni
patético ni ritual, banalizaba su proximidad.
Un mundo detrás del mundo
Así como atribuye a Eduardo Acevedo
Díaz ("Un creador de mundo") un poderoso
temperamento narrativo, la "capacidad para descubrir
en la realidad las cifras esenciales (...) la visión
de esta tierra oriental y de sus hombres "; era ese
el mismo temperamento con el que había encarado sus
escritos críticos. Emir poseía el don narrativo
que sintoniza en la escritura todos los tiempos, en la brevedad
de la sentencia la sustancia, en la reseña -como
prefería Borges- voluminosos libros. Eran chispazos
que iluminaban como frescos los episodios de la historia
viva en la leyenda, sin apartarse de lo nacional pero interesado
en todo: "Parece inútil seguir alegando, como
creyó necesario hacer Darío, como creyó
Rodó, que somos latinos e hispánicos. La verdad
es que lo somos." Pero se sabe que aun la verdad puede
ser demostrada. Sacando partido del análisis de las
obras de Acevedo Díaz, examina sus contextos históricos,
políticos, poéticos, culturales y los minuciosos
antecedentes críticos, para esbozar una teoría
de la novela histórica capaz de discutir el saber
de una enciclopedia que legitima discontinuamente el género,
acumulando, a medida que figura y fondo se contraponen,
datos de un mundo de pasiones para las que encuentra el
modelo literario que las sustrae a las limitaciones de una
situación particular.
Desterrado, adhiriendo a un partido que no había
sido el suyo, Acevedo Díaz escribe Lanza y sable
en el exilio, como Dante "que sueña la Divina
Comedia a comienzos del 1300 (cuando) es todavía
güelfo, pero el Dante que la escribe y publica en el
destierro ya era gibelino. " En el primer capítulo,
remite la figura de Fructuoso Rivera a la de Satán
en el Paraíso Perdido de Milton; reconoce el "vínculo
de sangre" de la paternidad difusa por la que Rivera
"termina siendo el padrejón, el padre de todos
los hijos naturales que en el Uruguay heroico han sido".
Aunque no hace ninguna referencia a la épica
mejicana, más próxima del imaginario latinoamericano,
su lectura del personaje (histórico, novelesco, teatral)
más conocido por el apodo de Don Frutos, deriva hacia
un menos documentable padre o Pedro Páramo. Feraz
o árido, de tierra o de piedra, un origen legendario
vibra en "ese entrecruzarse de paternidades (...) que
convierte en padres y hermanos (en verdaderos, literales,
sanguíneos padres y hermanos) a quienes están
enfrentados en los distintos campos de lucha." Inscribiendo
la historia nacional, la biografía personal, en arquetipos
que, por universales, sustraen la epopeya nacional o latinoamericana
y sus temas históricos a las clausuras políticas
de un país o a la memoria de una época, son
vínculos de sangre que unen a los hombres de campo,
de pueblo y ciudad si no en un destino común en una
misma progenie.
A diferencia de algún capítulo de Rayuela,
cuando el narrador de Cortázar hace referencia a
Lautréamont y La Maga llega a impacientar a sus interlocutores
hablando y hablando de Montevideo, Emir seducía a
sus oyentes contando la gesta de esta ciudad, descubriendo
huellas de historia patria impresas en la imaginación,
en la geografía estremecida por luchas cimarronas,
los huracanes políticos contenidos por la nostalgia
de quien ha sufrido la ausencia. No pensaría en esa
suerte de relámpago visual de imágenes fugaces
que, según se dice, ilumina la vida en agonía
sino en los trámites dispersos de una metodología
que no había concebido como una unidad estanca sino
en marcha:
Contra lo que suele pensarse, la investigación
literaria no es siempre una actividad sedentaria, una aventura
entre papeles descoloridos por el tiempo, manoseados y hasta
ratonados (como decía el Lazarillo): una aventura
meramente intelectual de la que se sale con los ojos enrojecidos
y las manos cubiertas de polvo. Puede ser (suele ser) una
aventura que implique viajes, encuentros, amistades y hasta
enemistades perdurables. Estudiar a Bello (pongo un ejemplo)
puede llevar al investigador a la nativa Caracas que hoy
el petróleo está rehaciendo y, tal vez, desfigurando;
puede llevarlo también al Museo Británico
donde trabajó el erudito americano (...). Estudiar
a Quiroga, digamos, supone conocer las cosas que él
conoció, ver los lugares que él vio, tratar
a quienes él trató. Es un intento infinito
y desesperado. Porque ya no son las mismas ni las cosas
ni las personas; porque lo que él vio y como él
lo vio, eso está irremediablemente perdido. Y sin
embargo, y sin embargo, cómo no intentarlo, aunque
haya que reconocer de antemano lo imposible, lo absurdo
del método.
Todo Montevideo estaba presente en la Sala Vaz Ferreira
de la Biblioteca Nacional, donde el 5 de noviembre de 1985
dio su última conferencia: "Borges/de Man/ Derrida/
Bloom: la desconstrucción avant et après la
lettre" , un texto que había terminado de elaborar
el día antes, requiriendo, como si le fuera la vida
en esas precisiones, citas textuales y números de
página, en medio de la conmoción de la llegada,
de su complicada instalación, de las insistencias
periodísticas que lo acosaban con más y más
entrevistas y las constantes presencias entrañables.
Un público innumerable lo esperaba en la gran sala
de la Biblioteca: amigos, colegas, quienes habían
sido sus discípulos, sus lectores, sus adversarios,
periodistas de distintos medios, quienes lo conocían,
quienes nunca lo habían visto pero igualmente lo
conocían, una multitud de jóvenes estudiantes,
colmaban las instalaciones hasta los pasillos. ¿Cómo
sabían de Emir en un país, el suyo, donde
no se le nombraba?
Más de una generación de lectores había
elegido sus orientaciones críticas atraída
por un lenguaje que conciliaba la destreza de un oficio
periodístico con una escritura atemporal, por esa
legibilidad (readableness, decía Borges) no agotada
en una escritura lisa, con claridad distinta que dejaba
ver, por transparencia, a través de la estratificación
de referencias, "el infinito de la intensidad".
Iba entretejiendo datos, impresiones, nexos intertextuales,
en una trama fascinante donde quedaba atrapado un lector
que, con el aliento contenido, no se complacía de
llegar al final, como si no se tratara de las conclusiones
de un ensayo crítico sino del desenlace de un cuento
policial que tampoco debería develar todo el misterio.
"En español es virtud rarísima"
decía Borges refiriéndose a la ocultación
o invisibilidad del esfuerzo de la escritura legible de
la que solo eran capaces, a su entender, Paul Groussac o
Alfonso Reyes.
La claridad no se confundía con simplificaciones
que los medios de comunicación todavía no
propiciaban, la comodidad de esquematismos "prêt-à-parler"
que enmascara los problemas y controlan la comprensión.
Talismánica , la energía "infundida por
Emir (...), el afán crítico y la irreverencia
al dogma ," provocaban el alumbramiento, un descubrimiento
gradual, el prodigio del conocimiento compartido (esa especie
de "co(n)naissance", según la etimología
que deseaba imaginar Claudel), la conversión del
saber en pensamiento personal, del pensamiento personal
en suspenso, el suspenso en reserva crítica. Al referirse
a la reticencia clásica de la escritura de Quiroga,
que rechazó el sensacionalismo de tantos exabruptos
vanguardistas, su convicción parece un desafío,
su análisis, una confesión:
Es el clásico más vivo de
esa literatura que cubre el fin de siglo rioplatense y que
tiene sus puntos más altos en Sánchez, en
Lugones, en Rodó, en Herrera y Reissig, en Macedonio
Fernández, en Carriego, en Delmira Agustini. De todos
ellos, Quiroga es el único que sigue pareciendo nuestro
contemporáneo.
Aunque la fluidez de los acontecimientos desborde los
cortes cronológicos, podría considerarse que
en 1945, cuando Emir pasa a la dirección de la sección
literaria de MARCHA, donde colaboraba desde 1943, se inicia
una de las etapas culturales más marcadas en la historia
ilustrada del país. Emir designa y crea la Generación
del 45, y la fecha, convencional, podrá ser discutida.
Sin embargo, parece pertinente cifrar las peculiaridades
de una promoción intelectual y poética a partir
del año en que se inicia la era atómica, finaliza
la segunda guerra mundial, cuando quedan definitivamente
impuestos los grandes medios de comunicación y ni
el olvido ni el fraude llegan a deshacerse de la verdad
indecible de un universo concentracionario, ni la amenaza
de su repetición o negación, lo infame.
De la misma manera que desde las páginas de MARCHA,
en Montevideo, habilitó un espacio literario válido
para introducir y divulgar los acontecimientos literarios,
teatrales, cinematográficos que determinaban una
apertura intelectual hacia la cultura del mundo. Años
después, desde las páginas de MUNDO NUEVO,
en París, franqueó el pasaje hacia la producción
mundial de la literatura latinoamericana a la que le había
interesado situar, desde sus primeras críticas, en
un contexto transcontinental notoriamente mayor a la jurisdicción
aldeana de sus accidentadas fronteras. Cambió de
lugar pero, como en ambos campos le interesaba una dimensión
universal, no cambió. Una y otra vez, lectores fanáticos
buscaban en la periodicidad de sus páginas, los datos
necesarios para ordenar una biblioteca real o imaginaria
apreciada con la gozosa agilidad de quien hizo del texto
un placer tan espontáneo que no requirió explicaciones
ni teorizaciones. No le fue necesario ni "afirmar el
placer del texto contra las indiferencias de la ciencia
y el puritanismo del análisis ideológico ",
ni desconstruir los estereotipos que dividían e identificaban
sectas, parroquias, capillas, contraseñas intercambiadas
por la ideología dominante que ampararon prerrogativas
personales y saturaron el diagrama literario con los excesos
de jergas tecnocráticas vigentes a corto plazo. 