Obra selecta
de Emir Rodríguez Monegal
(Editorial Biblioteca Ayacucho. Caracas)
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Con algunas diferencias, el texto
siguiente fue redactado con el propósito de introducir
la antología de ensayos y artículos críticos
que la Fundación Biblioteca Ayacucho de Caracas,
Venezuela, me encomendara para el volumen de su colección
dedicado a la Obra selecta de Emir Rodríguez Monegal,
publicado en 2003. La inclusión de este texto en
el sitio dedicado a Rodríguez Monegal en Internet
se realizó con conocimiento y autorización
de la Biblioteca Ayacucho.
L. B. de Behar
Agradecimientos
A Selma Calasans de Rodriguez: las fotografías
de Montevideo que realizó a partir de las indicaciones
de Emir Rodríguez Monegal, cuando lo acompañaba
solicitamente durante su última visita en noviembre
de 1985. Enviadas poco después de su muerte, contribuyeron
a revelar, a través de los recuerdos de esta ciudad,
como los mitos y cantos màs antiguos, la memoria
de un sitio que determinó su retorno, justificando,
a pesar de la gravedad, a pesar de la brevedad, las vicisitudes
de la travesía. También a Joaquín Rodríguez
Nebot, hijo de Emir, por la información sobre la
vida de su padre y el acceso a numerosos artículos
de su bibliografía. A Richard Morse, por la lucidez
afectuosa de sus comentarios y precisiones; a Manuel Ulacia
y Horacio Costa que sumaron, a esa disposición, la
generosidad de su asistencia hemerográfica. Mi recuerdo
más agradecido a Alfredo Roggiano quien, sin reparar
en los avances de su enfermedad, se preocupó por
enviarme copia de los artículos publicados por Emir
en la Revista Iberoamericana. A Haroldo de Campos, por la
solidaridad y estímulos de su genio intelectual.
A Mabel Bato, subdirectora de la Biblioteca Nacional del
Uruguay, a Mireya Callejas del Archivo Literario, a Julio
Castro de la Sección Bibliografia Nacional, quienes
accedieron a facilitar las referencias, ubicación
y reunión de artículos publicados en revistas,
semanarios, diarios, contribuyendo a extender el inventario
interminable de las colaboraciones periódicas de
Emir en el Uruguay.
Mi reconocimiento a la Dirección y asistentes de
la Colección de Manuscritos de la Firestone Library,
Princeton University, por la eficiente hospitalidad que
me dispensaron durante el período que dediqué
a la consulta de la copiosa correspondencia de Emir. A Peter
Johnson, bibliógrafo para América Latina y
Portugal, por las valiosas informaciones bibliográficas
que tuvo a bien proporcionarme resolviendo dudas y urgencias
que la vastedad y dispersión de la producción
de Emir siguen multiplicando. Agradezco a la Comisión
Fulbright del Uruguay que hizo posible mi viaje a la Universidad
de Princeton.
También agradezco a Adriana Garrido, Adriana Contreras,
Gabriel Fraga, Alex de Alava, quienes prolongaron en más
de una sesión de lecturas compartidas el deleite
de los textos de Emir. Mi agradecimiento a Cecilia Rennie
por el buen criterio y la pericia con que supo sortear las
dificultades del registro, ordenar la profusión y
dispersión de artículos, una cuidadosa descripción
que propició, con su entusiasmo, la tarea de todos.
A Silvia Sánchez y Arturo Rodríguez Peixoto,
por la lucidez constante de su atención crítica
dedicada a la revisión minuciosa y ordenamiento final
de los escritos de Emir, mi más vivo agradecimiento.
L.B. DE B.
La asombrosa lucidez de una vida literaria
A Manuel Ulacia, poeta,
testigo de un tiempo distinto
"Escrever
sobre escrever é o futuro do escrever."
Haroldo de Campos
"Revenons à
la chose même, c'est-à-dire au fantôme.
Car ce texte raconte une histoire de fantômes."
Jacques Derrida
"La causa es
posterior al efecto, el motivo del viaje
es una de las consecuencias del viaje."
Jorge Luis Borges
La violencia del comienzo
La inscripción
muestra el comienzo y lo dice, advierte sobre su propia
violencia y la expone. Formulada por Blanchot a propósito
de la naturaleza de la obra de arte, de la realización
literaria en particular, "la violencia del comienzo"
es cita, cifra y clave de esta introducción. No solo
pretende aludir al consabido desconcierto de quien se dispone
a escribir sino, aparentemente opuesto, al estupor frente
a la infinidad de páginas escritas, frente a la desmesura
de una obra literaria y periodística que registra
y recorre el paisaje cultural desde antes del medio siglo,
una labor crítica que se extiende por más
de cuatro décadas pródigas en acontecimientos
y en los excesos de la información que los difunde.
Antes que a la fractura
del comienzo, la frase de Blanchot, alude al vínculo
que se crea entre quien escribe y quien, al leer -que es
elegir, debe escribir a su vez, padeciendo los apremios
de una inclusión y exclusión obligadas, dentro
de la multiplicidad de posibilidades que el copioso expediente
de un autor inabarcable acumula.
Esta introducción
se propone examinar la obra de Emir Rodríguez Monegal,
su vida literaria; será necesario limitar la profusión
de sus escritos críticos y biográficos e intentar
distinguir entre ambas nociones de diferenciación
difícil. La iniciativa supone "admitir ser derrotado
desde el comienzo ", renunciar al acopio exhaustivo,
a las definiciones demasiado claras; el propósito,
más documental que imaginativo, testimonial y hermenéutico,
no renunciará al misterio de las letras ni lo descubrirá.
Una vez más, reitera las incertidumbres de la iniciación,
la perplejidad frente a la discontinuidad antológica,
frente a los quebrantos biográficos a los que su
persona, desde el nacimiento -el 28 de julio de 1921 en
Melo, Cerro Largo, Uruguay- y su obra, al final de la década
de los cincuenta, fueron sometidas, en su país, desde
entonces y todavía ahora.
Ante la vastedad y
variedad de su obra crítica dedicada a la interpretación
y elucidación de distintas formas artísticas:
cine, teatro, pintura, solo se atenderá su quehacer
literario, su escritura en torno a la escritura, la duplicación
reflexiva del universo literario que abre, abarca y afianza
en distintas ciudades: Montevideo, Buenos Aires, Londres,
París, México, Caracas, Río de Janeiro,
San Pablo, Nueva York, New Haven, durante radicaciones más
o menos prolongadas, donde la prodigalidad de su tarea literaria
ha quedado impresa en publicaciones de diversa naturaleza
y periodicidad o en la memoria de los atentos testigos que
asistían a sus cursos y conferencias.
Sorprende al lector
de hoy la actualidad de sus notas literarias que eran de
actualidad, la certeza sumaria de innumerables reseñas
que correspondían a prolongadas lecturas, la penetración
de sus análisis y la animada erudición de
sus críticas, que aparecen bajo distinto rubro en
las páginas dedicadas a crónicas de libros,
a coordinaciones editoriales -más los prólogos
que requieren, la profundidad de las entrevistas, lúcidas
y amenas a la vez. Una producción que se multiplicaba
paralelamente en tareas de investigación, en cursos,
conferencias, coloquios y congresos. Las iniciativas periodísticas
de colaboración o dirección de secciones especializadas,
contemporáneas a sus libros fundacionales, los libros
sobre libros, el infinito literario abreviado ágilmente
en una summa crítica a disposición de un lector
interesado y consecuente que, sin proponerse el oficio crítico,
ignora que igualmente lo ejerce o a disposición estudiosa
de las exigencias disciplinarias del lector más académico.
Desde numerosas universidades,
en diversos idiomas, el acopio de materiales que abarca
su horizonte cultural provoca una estupefacción que
la descripción del inventario no atenúa, al
contrario. La aproximación heurística enfrenta
un discurso que si bien deriva necesariamente de discursos
precedentes, promueve al mismo tiempo el advenimiento de
una nueva discursividad. Más de una vez, su gestión
crítica dio por iniciada una nueva época cultural,
tanto en el Uruguay, donde consolidó la "Generación
del 45", que aún permanece como razón
de conflictivas nostalgias o, veinte años más
tarde, en la instauración de un "MUNDO NUEVO",
desde París.
La fundación
de esa revista formalizó la inauguración de
un período notable dentro de la literatura latinoamericana,
el último hasta ahora, ya que desde entonces no se
ha definido ningún otro con las características
de excepción que presentó la literatura del
así llamado "boom", un apelativo que no
le pertenece y deplora. Teorizando, en forma paralela, sobre
la cuestión de las generaciones y periodizaciones
-nociones que en tanto cuestionan formas de inserción
de la literatura en la historia o, al revés, le preocupan
recurrentemente- puso en movimiento literario una época
o dos. "Un crítico no puede inventar una literatura",
dice Emir, ponderando la crítica profesional de José
Enrique Rodó y lo vuelve a decir en otra oportunidad,
en un ajuste de cuentas, después de más de
siete años de ejercicio al frente de la sección
literaria de MARCHA , donde continuaría siete años
más. No es extraño, sin embargo, que un filósofo
oriente el pensamiento de todo el mundo o casi (como decía
hace poco Gilles Deleuze de su maestro). Otro tanto o más,
podría decirse del magisterio de Emir, ya que su
ejercicio crítico, su docencia y publicaciones definieron
movimientos nacionales y latinoamericanos. Una enseñanza
ecuménica, decisiva para la formación de generaciones
de estudiosos con los que estuvo en contacto en su país
o en otros países, profesores y críticos que
la reconocen explícitamente y siguen formando a quienes
no conocieron esa enseñanza directa y también
a quienes, utilizándola con beneficio dudoso, suelen
desconocerla y depredarla.
Habría que decir
que Emir escribió demasiado, como él había
dicho antes de Alfonso Reyes, ensalzando el ejemplo de "felicidad
verbal o imaginativa" de su maestro. Por eso cabe preguntarse
¿por dónde empezar?, como se preguntaron quienes,
desconcertados por la magnitud de la iniciativa que acometían,
no eludieron el compromiso de fundar una discursividad que
los justificara.
Desde el momento en
que se partió de Blanchot se podría seguir
con sus orientaciones para recorrer el extenso espacio literario
donde la figura de Emir sigue en emergencia. Sería
un procedimiento adecuado para sortear la linealidad civil
de etapas biográficas, revisadas por sus recuerdos
y olvidos en Las formas de la memoria , interrumpidas abruptamente
por su muerte o por el esquematismo de cronologías,
que no abundan en sus estudios, y abordar, entre varias
posibilidades, su vida y su obra, por el final.
"¿Por qué
la muerte? Porque es el extremo. Quien dispone de ella,
dispone extremadamente de sí" y Emir dispuso
en extremo, minuciosamente, desmesuradamente, de ese final
que fue su muerte.
"A su muerte en
las primeras horas de la mañana..." son las
primeras palabras, las que inician el prólogo dedicado
a Horacio Quiroga , donde denuncia un contra tiempo, o varios,
un principio de adversidad pero también una reverencia
a quien Emir considera más que un compatriota, "el
contemporáneo". Así lo designa a fin
de cancelar, por "el arte de Quiroga, despojado por
el tiempo de sus debilidades, reducido a lo esencial de
sus mejores cuentos", la diferencia de años.
De la misma manera, sin sacralizarla, sin profanarla, se
intenta aquí salvar la muerte de su crítico,
la intencionada injusticia de la inadvertencia tanto como
"las supersticiones rioplatenses que convierten toda
biografía en hagiografía" .
A propósito
de un pasaje de su Diario, Kafka anotaba que lo mejor de
lo que había escrito se fundaba en la aptitud de
morir contento. Blanchot reflexionaba sobre esa sabiduría
del escritor que le permite encontrar en la negatividad
extrema, en la inminencia de la muerte, trabajo y tiempo,
una realización en la mesura, que es medida y serenidad,
de lo absolutamente positivo: "Ahora la muerte, la
muerte contenta, es el salario del arte, es la perspectiva
y la justificación de la escritura".
Es una de las prerrogativas
de la escritura esa elaboración literaria que, al
revocar la pena de muerte, la sufre y la indulta, que soporta
y suspende el pesar. Como si hubiera podido elegir su muerte,
semejante a un personaje de Borges, viajando al Sur, Emir
viajó al pasado, privado de tiempo, optó por
otro tiempo, diferido, un tiempo literario que la escritura
confunde con el espacio. En ese tiempo diferente, mantuvo
un trato íntimo con la escritura, con la muerte,
estrechándolas tan de cerca que, quizás, llegó
a reunirlas, a prever que las viviría como un proyecto
más, o más allá.
¿Habría
invocado Emir la confesión de Kafka, el 13 de noviembre
de 1985, un día antes de morir, cuando llamaba por
teléfono a Montevideo -desde la habitación
donde estaba internado en el hospital de la Universidad
de Yale- para hablar con quienes lo habían acogido
hasta apenas tres días antes en el Uruguay, para
hacerles saber que, gracias a la alegría de haber
realizado ese, su último viaje, se "moría
de contento"?
A distancia, y en conocimiento de la gravedad en que se
encontraba, la aplicación literal a las circunstancias
desarticuló la trivialidad de la frase hecha, suspendió
el dicho anodino, expresando en humor su agonía,
en felicidad el trance. No corresponde conjeturar ningún
desconsuelo, ninguna resignación, ni la mínima
sospecha de trascendencia mística. Sin esperanza,
sin desesperación, con el tono de levedad provocadora
que había hecho suyo podría decirse, como
él había dicho de otros, que la muerte no
lo sorprendió.
Si, según sospecha
Umberto Eco , Borges había leído casi todo,
asegurando, el mismo Eco, que nadie como Emir conocía
esa totalidad indiscernible; si según Gustavo Sáinz
su ávida curiosidad artística era clave de
la lucidez erudita que lo distinguía: "leer
todos los libros, ver todas las películas, visitar
todas las exposiciones y volver a leer los mejores libros"
; si los artículos sobre Kafka y las traducciones
que publica desde sus primeros estudios críticos
en MARCHA, prueban su conocimiento cabal de la obra del
escritor, ¿apelaría ese saludo de despedida
a la "muerte feliz" a la que se conformaba Kafka
en su Diario?
Ahora bien, sin descartar
esa eventualidad de sus lecturas, antes que Emir, ¿habría
sido el propio Borges quien desafiaba a la fatalidad en
un duelo cruel -criollo, personal, doble? ¿Aludían
a Kafka al imaginar, en un último intento de conciliación
con Dios, la realización de una acción contra
el tiempo, el drama contra una muerte cierta pero postergada,
emplazada hasta alcanzar el final de una obra todavía
por hacer? No sería rebuscado asociar las tribulaciones
de Kafka a las de su compatriota, Jaromir Hládik,
el escritor judío de "El milagro secreto"
, otro personaje de Borges, condenado a muerte en la Praga
ocupada por los nazis, quien ruega a Dios que solo le conceda
el tiempo suficiente para concluir su drama Los enemigos,
antes de que los verdugos vinieran a ejecutarlo al amanecer.
Condenados a muerte
-por los nazis, este personaje de Borges, por un cáncer,
este crítico de Borges- ambos empeñan el breve
plazo de vida que no les queda en manifestar una misma devoción
literaria, una misma meta: escribir hasta el final para
seguir postergando la muerte o detenerla en el pasado. Propiedad
de la ficción, propio de su naturaleza literaria,
propio de su tradición, Jaromir Hládik mantiene
su fe en la palabra y en la salvación por la escritura;
dentro de una lógica de contrarios, si es posible
dar vida por el verbo no sería imposible transformar
la muerte en escritura -sagrada o privada. Como un milagro,
convertir el tiempo en sustancia, espacializándolo
hasta su desaparición, por medio de la gestión
literaria, apartarlo del devenir en procura de una instancia
de eternidad, derogado por "el privilegio del infinito"
que disfruta quien actualiza la escritura en cada lectura.
Fue la coartada que
se inventaron, el personaje, el escritor, el crítico,
para convertir el pesar de su agonía en esos destellos
de claridad que, según el poeta, llegan a alumbrar
las brasas sin fuego, cuando ya están a punto de
extinguirse. Según ese milagro secreto, el autor
del drama Los enemigos cifraba en su obra la posibilidad
de rescatar (de manera simbólica) lo fundamental
de su vida; en términos similares, Emir se había
propuesto escribir varios volúmenes de memorias.
Había terminado ya el primero y algunos fragmentos
del siguiente, previendo sistemáticamente la organización
de los restantes, convencido de que el recuerdo con que
administraba el tiempo pasado no sería diferente
del proyecto que comprometería el tiempo por venir.
Pero le faltó tiempo o le sobró memoria. El
plazo para terminar su labor no le fue otorgado.
Grave y risueño,
a punto de morir, sin solemnidad, sin fuerzas, llegó
a Montevideo atendiendo, con deferencia semejante, honores
y obligaciones, a interlocutores de renombre o circunstancialmente
anónimos, entre conferencias y entrevistas que nadie
sentía como despedida solo porque Emir, como siempre,
hacía planes. Estaba enfermo, dolorosamente delgado,
pero no había envejecido: el mismo cabello negro,
la palidez cetrina de la piel tensa sobre los pómulos
angulosos, subrayaban los rasgos de una efigie criolla,
un oriental que seguía conciliando la circunspección
aforística del gaucho con la agudeza epigramática
de Oscar Wilde. A diferencia de su modelo discutiblemente
inglés que, en tanto que artista se desempeñaba
como crítico , Emir era el crítico como crítico
y desde la tautología de ese estatuto de intermediación,
desde un "medio" que abarcaba otros medios, se
deslizaba con facilidad hacia los demás órdenes
en juego: el autor, el lector, el narrador, el personaje.
Más allá
de los honores y la desgracia que progresaban en esos días,
esa imperturbabilidad gaucha, entre criolla y británica,
también desdramatizaba la desdicha en ironía.
A pesar de la enfermedad y sus estragos, conversaba animadamente,
multiplicando la sutileza de las observaciones, la precisión
de datos, cuentos y bromas que tendían una cortina
de humor, sustrayendo la enfermedad a la evidencia, la brevedad
perentoria de una vida a la calamidad de la partida doble
que estaba a punto de emprender: ni la debilidad del cuerpo
transparente, casi fantasmal, ni las urgencias del trance
llegaban a atenuar el prodigio de la inteligencia, las precisiones
de una memoria infalible. La firmeza de la réplica
no restaba gracia a la claridad y la dignidad del gesto,
que ofrecía la felicidad de su presencia en calma,
desvanecía cualquier amago de piedad de un testigo
proclive a sentirla en esas circunstancias.
Como si ya hubiera
concertado un pacto con la inmortalidad, parecía
refrendarlo al pasar, solo "para hacerse el vivo"
, al pie de la letra o, en más de un sentido, simular
la diversión o simular la vida, concordar un contrato
insidioso, sobrehumano, desmesurado, al borde de la muerte,
casi más allá. Es esa visión del "ideograma
de sí mismo" que impresiona a Haroldo de Campos
, conmovido por la esquematización austera, enjuta,
de su figura despojada. La abstracción de su aspecto
espectral exponía por última vez al hombre
de letras que seguía siendo y el secreto, al que
esa imagen ideogramática del poeta brasilero agregaba
la sutileza de un finísimo rasgo más.
Dos veces natural,
la naturalidad que no fingía, atajaba la solemnidad
protocolar o el encomio de sacrificios trágicos o
de epopeya nacional, por un sarcasmo leve que no hacía
caso de la hazaña, del esfuerzo del viaje, sobrehumano,
ni del coraje del retorno, ni intentaba dar una explicación,
ya que tampoco se planteaba el enigma de su regreso, que
no dejaba de ser varias veces extraño: hacía
años que Emir extrañaba el Uruguay, años
durante los cuales el país lo había extrañado
de manera diversa. Extraño demasiado extraño,
el valor, que es coraje y estima, crecía en el cruce
de varios mitos. Era el protagonista de una situación
sin antecedentes y, sin embargo, su discreción le
restaba importancia, sencillamente, no lo hacía ver,
no se hacía ver.
Después de más
de diez años de ausencia, desprovisto de documentación
uruguaya, censurado por los acosos de la dictadura contra
la que se pronunció más de una vez, silenciado
por los dogmatismos de una oposición más rival
que partidaria, una uniformidad demasiado compacta que venía
dominando el espacio cultural y mediático, ocupando
los vacíos dejados por los crímenes de la
persecución y el exilio. Excluido por militares y
militantes, las circunstancias en que se producía
su regreso no hacían de este un ejercicio académico
más sino la añadidura -el sentido es evangélico-
de su misión literaria, el arquetipo de una gesta
a su pesar, que adelantaba un eterno retorno no solo porque
volvía como había retornado otras veces sino
que ocurría casi accediendo a la eternidad. Según
su argumento, solo cumplía con la palabra que había
empeñado en abril de 1984, en la Sterling Library
de Yale University, el recinto de una biblioteca monumental
que parecía ser, sin alardes ni sorpresa, la sede
de un laberinto conocido, su morada habitual.
Invitado a participar
en un seminario sobre "La desconstrucción en
América" que tendría lugar en Montevideo,
en junio de 1985, se había comprometido a asistir
siempre que se verificara el restablecimiento de la democracia
en un Uruguay que ya estaba definiendo su necesaria institucionalización
en esos meses cuando, efectivamente, volvió a instalarse
en marzo de 1985.
El proyecto se había
presentado con los mejores auspicios: la finalización
de la dictadura, la expectativa del regreso, el entusiasmo
por intervenir en un seminario de teoría literaria
con presencia de sus colegas de Yale (J.Hillis Miller, Geoffrey
Hartman), la amistosa afinidad con Jacques Derrida justificó
la disposición de una generosidad entre pares. La
admiración intelectual y el afecto recíproco
con Haroldo de Campos, la concurrencia de otros amigos,
contribuían a particularizar las características
excepcionales de un encuentro al que Emir, sin embargo,
parecía atender con similar dedicación a la
dispensada a los centenares de coloquios donde había
brillado la irónica penetración de su sabiduría
crítica, la provocación polémica de
su consabida severidad.
La enfermedad, la cirugía,
los duros tratamientos, impidieron que el programa del seminario
se cumpliera en forma simultánea y en la fecha prevista;
hubo postergaciones pero, con una diferencia de semanas,
todos los invitados, sin excepción, presentaron sus
cursos y conferencias. Amortiguando esa dispersión
inevitable, Haroldo habló de un "diseminario"
, que el conocido pensamiento de Derrida y uno de los títulos
de la bibliografía de Emir propiciaban. Desmejorado
y complacido a la par, llegó pocos días antes
de la fecha fijada para su conferencia. Sereno, pronunciaba
nuevamente un espléndido elogio de la literatura,
entre dos mundos, otros esta vez, rodeado de un aura sobrenatural
que iluminaba su presencia como si accediera a un más
allá, pero consentido, familiar y cercano. Iniciada
la conferencia, la sencillez de su silueta todavía
elegante, sus observaciones teóricas agudas y mordaces,
el sarcasmo con que las modulaba, restituían a la
tarea literaria la intensidad y concentración de
su finalidad primera: el goce.
Sin embargo, más
que sus observaciones sobre la desconstrucción o
sus testimonios sobre quienes la forjaron, su participación
fue "la lección de Emir", la elección
de un maestro. Entre la vida y la muerte, optó por
volver, volver a enseñar donde había empezado,
a presentar los antecedentes de una teoría que no
debía sistematizar pero, sobre todo, no dudó
en pasar una prueba, en el sentido iniciático del
término, que las circunstancias volvían paradojal.
Disminuido su peso
hasta los huesos, agotadas sus fuerzas, apenas podía
caminar. Los médicos del hospital de Yale le habían
advertido sobre los riesgos del viaje a Montevideo, contra
un esfuerzo que acortaría el plazo de una vida breve.
Aun así, decidido como en el segundo de un sueño,
no dudó. Agenda su agonía, no hace caso de
los avances insoportables del cáncer y prevé
sistemáticamente los pasos de un calvario feliz:
con Haroldo de Campos, lacónico, acongojado, con
Selma Calasans, compañera de años con quien
se casará en el hospital de New Haven, adonde regresó
solo para apurar sus cuatro últimos días.
Más tarde vendría João Alexandre Barbosa,
colega y amigo. En Montevideo quiso ver más de una
vez a su primera mujer, Zoraida Nebot, la madre de Georgina
y Joaquín, sus dos primeros hijos; a su segunda mujer,
Magdalena Gerona, a Alejandro, su tercer hijo; a la prima
que evoca con cariño en las Formas de la memoria.
Amigos y familiares llamaron a diario desde Estados Unidos,
desde México y Argentina, viajaron desde Brasil,
lo acompañaron hasta el fin. Centro de la reunión,
era su voz de siempre la que se oía, pequeña,
soslayando con una ironía suave la inminencia de
una despedida que eran varias; con la gracia de una de esas
"Conversational Pieces" de Hogarth, alegraba un
cuadro concurrido de personajes variados, unidos por los
recuerdos que refería, los comentarios, proyectos,
dichos, con la naturalidad de su humor, como si nada más
ocurriera que el deleite del encuentro.
El mundo termina en imágenes
En un par de días pudo cumplir con el ritual del
peregrino: recorrer los caminos transitados, ver por sí
mismo el lugar que permanece, volver a ver o, simplemente,
confirmar la existencia de esos lugares que marcaron su
pasado, contemplando las reliquias: aquellas que quedaron
seguirán quedando. Nunca había conducido un
vehículo pero, como recuerda Manuel Ulacia , su eficiencia
de copiloto solía guiar a quien conducía,
desposeído momentáneamente de su condición
de conductor, del dominio de su vehículo, de los
trayectos habituales, de sus propios sentidos. Daba todas
las instrucciones, con la impaciencia autoritaria de quien,
de antemano, juzga impropia la maniobra ajena. Acompañado
por Haroldo, silencioso, por Selma que, dócil a sus
indicaciones, sacaba fotos, celebrábamos una ceremonia
de culto a la ciudad, estremecidos por las estaciones de
esa pasión serena. Dirigía la marcha hacia
los lugares de otro tiempo, adelantaba los recuerdos que
precipitarían las imágenes: su casa en la
calle Osorio, Zoraida con los chicos, los cursos de literatura,
la entrega diaria de artículos a los periódicos,
los manuscritos interminables, los programas editoriales,
las investigaciones, los amigos, las polémicas frecuentes
y durísimas. Se detiene frente a la fachada de una
casa blanqueada; cuenta sin interrupción y sin distraerse
la historia de la ciudad en un par de frases como epitafios.
Será necesario bordear una larga arboleda, apreciar
el perfil de los cipreses entrecortados por el gran portón
abierto donde, sin cruz, sobresale la roseta nítida
en hierro forjado. Ya había empezado noviembre, las
copas de los arces enrramaban el borde del muro del Cementerio
Británico. No cambió nada, no había
nadie y, desde el auto detenido, no era difícil reconstruir
el recorrido diario de varias décadas atrás,
el apuro de las notas editoriales, la puntualidad de las
clases en varios liceos, en el bachillerato, en el Instituto
de Profesores donde dictaba literatura inglesa y norteamericana,
las idas a MARCHA, como colaborador primero y después
director de la página literaria durante diecisiete
años, a las librerías de viejo, a las exposiciones,
a los espectáculos, a los clubes de cine. No le sorprende
que recuerde sus numerosas conferencias sobre literatura
nacional y comparada, o sobre cine, previas a las funciones
especiales los domingos de mañana temprano que, antes
que el film, justificaban desplazarse hasta la sala del
cine Luxor. No olvida las dificultades para la edición
de revistas, el trabajo estimulante en las imprentas; la
conversación abarcaba una época, la ciudad,
el orbe. Poco después, Haroldo escribiría
"ningún conversador más virtuoso en la
variedad de los temas y en la fascinación constante
de su charla -que sin embargo no dejaba de lado el arte
de escuchar-; ningún profesor o conferencista más
hábil para cautivar a su auditorio y suspenderlo
del hilo insinuante de su discurso, del filamento magnético
de su palabra" .
Desgranaba anécdotas
de encuentros y desencantos, iniciativas y decepciones,
pasiones y traiciones; la apresurada historia de un hombre
iba descubriendo la historia de una ciudad. Alternaba órdenes
asegurándose que las imágenes fotográficas
coincidieran con la escena de sus recuerdos, con la perspectiva
imposible de otros años: ¿exigía tantas
precisiones para fotos que no llegaría a ver o bien
intentaba ordenar de antemano cuadros de un montaje ajeno?
Desde el Cementerio Británico había que bajar
al puerto del Buceo, la belleza tranquila de la bahía
había quedado fijada ahí como en la lámina
de un calendario. Selma debía apresurarse en fotografiar
una casa casi colonial; las ruinas de una mansión
frente a la plaza Varela se animaban con sus ocurrencias
interminables; la playa Ramírez vista a medias por
la risa, el Parque Hotel adonde murió Amado Nervo
se asoció al recuerdo de otras visitas menos trágicas.
Cerca de la calle Juan Manuel Blanes, la foto de esa otra
casa demasiado art nouveau, muestra exagerada del estilo
que enriqueció con ritmos de sueño la arquitectura
de la ciudad, sinuosidades ornamentales que desdibujan la
nitidez de sus líneas, la carga decorativa de metáforas
materiales que Emir había sabido analizar en sus
escritos: la puerta altísima y tallada, los pomos
de bronce repujado, la boca del buzón que replica
el ondulado motivo de las líneas mayores. Imposible
no reparar en la armonía voluptuosa de las curvas
que enmarcan la fantasía en proporción a la
altura del dintel, el misterio de los postigos entreabiertos,
los pequeños balcones vacíos de hierro forjado,
la desigual penumbra del zaguán, los escalones de
mármol, los laterales brillantes de azulejos, los
cristales tallados de la puerta cancel; la balaustrada en
la azotea incompleta, parcialmente tapiada pero aún
a salvo de la demolición y los desafueros del progreso.
Ni los materiales de la restauración logran romper
el equilibrio original de la cornisa, perfecta, aunque la
fachada, demasiado pintada, contraste con el blanco nuevo
sobre las antiguas molduras. Emir compara los detalles de
la decoración interior que no ve con la que recuerda,
duplicando los ángulos fantásticos de una
escenografía de verdad.
Quiso dedicar una vista
más prolongada, desde el auto, al mítico Instituto
Alfredo Vázquez Acevedo, "los claustros de la
sección Preparatorios" que menciona en su prólogo
a las obras completas de Juan Carlos Onetti . Como el novelista
que dirige los pasos de su personaje para hacer de una ciudad
un día y de ese tiempo efímero una odisea,
delegaba en otra persona su visita al local del bachillerato
que fue el lugar común de estudiantes, de estudiosos,
de intelectuales, poetas y artistas que cursaban los "Preparatorios
de Derecho" y a quienes designó, en su Literatura
uruguaya del medio siglo, como "bachilleres" ,
una generación despreocupada, que ingresó
a la Facultad, la frecuentó sin atender a los requisitos
curriculares ni concluir los cursos. Todos los intelectuales
pasaban, si no por la exigencia de los tribunales de exámenes,
por sus patios y corredores, reuniones y peñas. Requería
más fotos para el respetable portal de acceso, las
puertas desgarbadas del salón número tres
donde fascinaban sus clases; más fotografías
del patio austero que había encuadrado el ambiente
fervoroso de un claustro notoriamente concurrido. Reconstruía
las conversaciones con colegas conocidos, el discurrir cotidiano
de la actualidad que comprometía, más que
las clases, las instancias cotidianas del devenir intelectual,
se hablaba de lecturas y ediciones ampliadas por anécdotas
que, por definición, no se publican:
con un ejemplar de El pozo bajo el brazo,
llegarían con el tiempo a ser diputados y ministros,
abogados e historiadores, narradores y dramaturgos, hasta
críticos. Pero entonces solo eran adolescentes y
hablaban sin cesar de Onetti, o imitaban sus escritos, sus
desplantes personales, su aura.
No se fastidiaba recordando las alusiones que Carlos Real
de Azúa prodigaba, en los días lluviosos,
a la "renombrada anglofilia de Emir", cuentos
que se repitieron en leyendas o en antologías donde
Real de Azúa estampaba con simpatía la deuda
de admiración que había contraído con
Inglaterra: "los trazos tanto de su estampa física
(gachos alicortos, paraguas, ropas oscuras), de su gusto
(por el té, por la buena pintura), como los menos
externos de su pasión por la exactitud, el sobrentendido,
el "self-restraint", el humor irónico y
el trabajo, siempre el trabajo. " Es en esa presentación
donde, ponderando: "La vivacidad, la aptitud para agrupar
ejemplos y posturas desde una común e inesperada
raíz, la amenidad", lo define como "el
más importante de nuestros jueces culturales desde
que Alberto Zum Felde hizo abandono, allá por 1930,
de tal función."
Desde la calle, otra
perspectiva hacía lucir las tejas de colores combinados
del espléndido techo burguiñón, los
amplios pasillos del primer piso cercados por barandas,
donde las figuras conocidas iban recortando, entre delgadas
columnas corintias, sus lugares y compañías
habituales. Había que bajar por la calle Eduardo
Acevedo, alcanzar el alboroto a la salida del Liceo Joaquín
Suárez en Pocitos, añorar los años
dedicados a la adscripción, la sabia dirección
de grandes profesores uruguayos, directores de los que esbozaba
alguna viñeta para resumir el ambiente de entonces
o de su docencia, que las alturas académicas no habían
cambiado:
Yo era entonces muy serio, muy callado,
muy tímido. Pero me tomé las funciones de
adscripto al pie de la letra. Daba clase de todo: francés,
inglés, geografía, historia, hasta dibujo,
además de mi especialidad en literatura. Esa versatilidad
no me hizo popular con los estudiantes que preferían
tomarse el tiempo libre cuando faltaba un profesor a tener
que aguantar a un intruso.
Según sus instrucciones,
había que doblar por la calle Sarmiento y detenerse
a tomar varias fotos del Parque Rodó. Desde el auto
no era posible ver más que un sector del monumento
en bronce y mármol dedicado a José Enrique
Rodó, el mayor ensayista uruguayo a quien Emir había
consagrado una parte magistral de su obra. La foto encuadra
una vista sesgada de los conjuntos escultóricos que
representan, en tamaño natural, escenas de las parábolas
"Los seis peregrinos" y "La despedida de
Gorgias" : el maestro va a morir. Son tantas y tan
claras las coincidencias que no sorprenden ni se insinúan:
los símbolos coinciden en silencio. 