La visión crítica de Carlos Real de Azúa
: el impulso y su freno
Boletín. APLU Asociación de Profesores
de Literatura del Uruguay) Año IX, No. 36. Diciembre
2003
Anotaciones históricas y
entornos teóricos previos
Cuando, en la inauguración del Coloquio internacional:
"O discurso crítico na América Latina",(1)
aludiendo a cierta prehistoria de la literatura comparada
en nuestros países, Tania Franco-Carvalhal mencionaba,
entre otros precursores, a Emir Rodríguez Monegal,
volvían a hacerse presente sus clases, en las que,
apelando a una complicidad casi clandestina, se dejaba tentar
por la posibilidad de comparar alguna de las tragedias de
Sófocles con un drama relativamente reciente de T.S.
Eliot, a Neruda con Whitman, a Emerson con Bello y Sarmiento,
a Poe con Borges, a Faulkner con Onetti, a los escritores
brasileños con los norteamericanos y los hispanohablantes.
Establecía esas conexiones como pidiendo disculpas
por el desliz, por llegar a transgredir fronteras históricas,
culturales, que entonces solían marcarse con la mayor
severidad.
Sin embargo, en esos mismos años, a principios de
los cincuenta, cuando Carlos Real de Azúa creaba
en el Instituto de Profesores Artigas la cátedra
de Introducción a la estética literaria, no
sorprendía que estrechara las vinculaciones más
dispares con toda naturalidad, avaladas tanto por un pasado
filosófico remoto, común a todas las culturas,
por planteos intelectuales afines, como por el vacío
teórico que el continente se reservaba. Eran casos
aislados. En realidad, quien introdujo la literatura comparada,
con todo el aparato disciplinario e institucional que requiere,
fueron Tania Franco-Carvalhal y algunos de sus colaboradores
más cercanos. Por eso, era más que justo abordar
en Porto Alegre algunas particularidades del discurso crítico
en el Uruguay, con el fin de contrastar su especificidad
nacional, regional y contemporánea, con otras formas
del discurso crítico que se debaten en el campo de
la literatura comparada.
Por las características del país, Uruguay
no redunda en los tópicos críticos a los que
las circunstancias obligan en otras culturas. Parece forzado,
incluso, embanderarse con la defensa de minorías
en un país que, en su conjunto, es poco más
que una minoría. Ya se sabe que desde hace tiempo
no tienen lugar las luchas contra las discriminaciones étnicas,
resueltas no siempre de la mejor manera. Tampoco se justifican
luchas contra otras discriminaciones ya que los derechos
de la mujer, sin mayores diatribas, le fueron otorgados
hace tiempo.
Sin embargo, aunque no se le dé difusión
pública suficiente, constituye un tema de preocupación
la imperturbabilidad crítica de una seudo-oposición
intelectual que se consolidó durante la dictadura,
que consiente un totalitarismo excluyente, que ocupa los
medios de comunicación masivos, sin descuidar posiciones
académicas. Ni la universidad ni las editoriales
ni los círculos culturales, desde los ministerios
hasta las municipalidades, desde las instituciones privadas
hasta titularidades en misiones, premios, proyectos, becas,
etc. llegan a apartarse de una práctica que aún
sigue vigente.
Hace dieciocho años, cuando se restablecía
la democracia, parecía una urgencia advertir contra
los riesgos de una maquinaria que avanzaba deslizándose
sobre las mismas vías tendidas durante el gobierno
militar y que sigue siendo una de las mayores razones del
gran deterioro actual. El reducido establishment desconoce
otras realizaciones que las propias y nadie impugna el orden
establecido pero impresiona, tanto al extranjero como al
joven -una suerte de extranjero natural en su medio-, la
uniformidad de sus discursos, las nomenclaturas previsibles,
la administración de la conveniencia o connivencia
de los escasos protagonistas, el trámite exitista
de gestiones poco claras, la mediocridad que hace de la
acción cultural un instrumento de promoción
personal casi familiar o incestuosa.
Si bien no se han consolidado aún las bases de un
ejercicio crítico, ni metodológico, ni teórico
que atienda las conflictivas relaciones entre la realización
literaria y su comunicación mediática, es
urgente revisar la repercusión perversa que produce
esa radicación en los medios dentro de esta caja
de resonancia, esta especie coactiva de cajas encastradas,
cajas chicas o chinas, que es un país pequeño.
No estaría de más que, al "repensar
el mapa cultural", como se había propuesto
en las bases del proyecto de literatura comparada que entonces
nos convocó en Rio Grande do Sul, se examinaran las
tácticas de mercado, la configuración de espacios
de emergencia, los límites de una competencia discutible,
sobre todo sub-specie mediática, esta subeternidad
que, al extenderse por todo el espacio, compromete el futuro.
Tomando en cuenta los objetivos de ese proyecto, no debería
dejarse de lado una de las cuestiones que también
confunde las perspectivas de un horizonte al sur del sur,
en este "deep South", que es el nuestro.
Tal como se formula entre los "objetivos específicos"
del proyecto, habría que "establecer criterios
y buscar metodologías específicas a los objetos
de investigación" para repensar la historia
literaria a la luz de esta explosión contemporánea.¿Qué
métodos, qué teorías? Rondan los fantasmas
de Walter Benjamin, las voces del silencio de André
Malraux, las negaciones de Nicklas Luhmann, las dolorosas
paradojas de Jean François Lyotard, las utopías
alucinantes de Paul Virilio, las prolongaciones filosóficas
de la neohermenéutica de Gianni Vattimo, las matrices
secretas de Giorgio Agamben, la errancia de las letras,
mudas, de Jacques Rancière, los prodigios y vértigos
de la analogía de Jacques Bouveresse y las exploraciones
transidiomáticas que, a partir de la literatura y
los distintos medios, lleva a cabo Alfons Knauth. Espectros
astrales de tantos otros pensadores de la actualidad, pertenecientes
a una galaxia de la que Marshall McLuhan no hubiera renegado.
Si bien se han dejado de lado varios nombres (Adorno, Habermas,
Baudrillard, entre otros), como el tema no es solo reciente,
no habría que omitir a Karl Kraus, un judío
vienés quien, ante el derrumbe inminente del Imperio
auguraba el derrumbe de un mundo, de una época. Para
algunos era una "belle époque",
para otros, Kakania, la onomatopeya cacofónica
derivada -no de las iniciales de Karl Kraus- sino del monograma
de quien era emperador y rey -Kaiser und König.
Los escritores -Robert Musil, por citar uno- pintores, músicos,
filósofos, arquitectos, actores y artistas, hicieron
del fin de esa época un gran final, como si trataran
de interpretar una ópera pero puesta en escena en
un film de Fellini,(2) el final de una "Gloria"
-así se llamaba el barco- que arrojó por la
borda no solo una época sino una realidad: una realidad
real (saco partido de la homonimia que ofrecen el español
y el portugués) con archiduque, princesas y la corte
imperial en decadencia.
Pocos años después, aunque en otro contexto,
los surrealistas, que hacían de esa realidad escarnio,
se debatían ante la escasa realidad de la realidad,
la escasez que anticipa las crisis de la posguerra, el período
que activó un prefijo hasta agotar esta posrealidad
en la que nos vemos vivir o no: quien no se ve, cree que
no vive. Hoy habría que empezar a contar "había
una vez la realidad...", una fórmula de
ficción al comienzo de un cuento que exigirá,
más que nunca, una "willing suspension of
disbelief".
En el espacio electrónico, la persona se expone
-una exposición que es un riesgo pero también
una exhibición. Exhibirse para existir, podría
ser la consigna neocartesiana; la atracción de la
imagen en pantalla: un cuadrado donde algo se exhibe y algo
se oculta pero ya no representa.
A principios de siglo K. Kraus advertía sobre "la
falta de defensa del individuo frente a la técnica".
Como todavía no había otros medios, concentra
sus ataques contra la prensa: la parcialidad de la información,
la falsedad del prestigio, la difusión de la impostura,
la imposición de criterios y el autoritarismo de
discursos que se valen de la mayor violencia: la que no
se nota, ni se ve ni se dice.
Como en un cuento de Borges (1940), o en una novela de
Bioy Casares (1940), la eficacia tecnológica está
por desplazar al mundo. Cuarenta años después,
Virilio (1980) hablaba de una estética de la desaparición.
Atribuía a las prótesis de la visión
la saturación que disminuye la capacidad de ver;
a la velocidad de los vehículos, la desaparición
de la realidad. El hombre ya no se desplaza: "dispara"-
se dice en español para designar una práctica
de velocidad que se identifica con la acción de un
arma: "disparo", ¿corro o tiro?,
¿huyo o mato? Es necesario reconocer la transformación
o anulación de las circunstancias en ese "espacio-velocidad"
donde uno se encuentra en un aquí y ahora que no
se radica ni ocurre en ninguna parte: now/here-nowhere.
No fue el único Agamben en reconocer la imposibilidad
de la comunicación que es la paradójica competencia
de "periodistas y mediócratas".(3) Más
explícito, continuaba Virilio: "El cuarto
poder (...) es la única de nuestras instituciones
capaz de funcionar fuera de todo control democrático
eficaz" (...) "en democracia todos tienen derecho
a la información (...) sin embargo, el cuarto poder
se encuentra fuera de la ley o por encima de las leyes".(4)
Toda crítica dirigida contra los medios permanecerá
ignorada por el gran público, simplemente porque
los medios no cederán el espacio de difusión
necesaria. Luhmann se pregunta ¿cómo observar
la sociedad desde fuera? Desde la paradoja del mentiroso
a la lógica sin salida del diferendo, el dilema recorre
el pensamiento desde el fondo de los tiempos hasta el universo
concentracionario. Ya se sabe: ni poesía, ni historia,
ni ideología, ni teoría, ni conocimiento absoluto
después de Auschwitz: imposible imaginar, pensar,
escribir, documentar, ver como antes. Luhmann señala
la imposibilidad de la comunicación como una propiedad
inherente a la comunicación: "Una comunicación
no comunica [mitteilen] el mundo, lo divide [einteilen].
Como cualquier operación de vida o pensamiento, la
comunicación produce una quiebra. Dice lo que dice;
no dice lo que no dice."(5)
Los medios no tienen otro objetivo que los propios medios;
pero esa carencia de finalidad es también una carencia
de fin, un proceso que no se termina; es esa una de las
premisas de los medios: en lugar de revelar, los medios
hacen desaparecer lo que muestran pero, sobre todo, hacen
desaparecer lo que no muestran. No es solo una desaparición
doble, es la mayor desaparición. El discurso crítico
no permanece ajeno a esta disolución mediática
que retiene como rehén la realidad tanto como la
ficción, controlando sus análisis y discusiones.
Luego de argumentar sobre las dificultades y responsabilidades
que comporta la enseñanza universitaria de la literatura,
un discurso presidencial (6) de la Modern Language Association
reclamaba la realidad, con todas sus contradicciones, como
el objeto temático y disciplinario "par excellence"
de estos estudios. No hace falta reiterar que, desde hace
unos años, quien se refiere a la realidad, suele
escribirla entre comillas o, para peor, si se atreve a nombrarla,
acompaña la mención por un gesto patético,
más que analógico, que cuestiona los sentidos
de la palabra y, sobre todo, la validez de su referente;
una mención doblemente paródica burla, por
medio de la imitación, a una tipografía subsidiaria,
una escritura carnavalizada por el gesto, la existencia
de cualquier realidad fuera del texto; una impugnación
que se ensaña con la realidad pero que, llamativamente,
no afecta (a) la ficción.
Los misterios del conocimiento
En más de una oportunidad ya se ha hablado de la
visión globalizadora, una segunda naturaleza que,
Carlos Real de Azúa, un investigador de la teoría
literaria, de la historia cultural, de la ciencia política
y de la literatura nacional, hacía suya.
En esta instancia, solo se pretende llamar la atención
sobre aspectos de una figura que, a pesar de la felicidad
de su naturaleza genial, me atrevería a calificar
de "misteriosa", si se puede entender por
"misterio" aspectos imprevisibles de un
conocimiento sin límites. No se trata de reverencias
de sacralización, solemnes o sagradas, que precipitaran,
por elogio, "la pendiente hacia la magnificación
como un descuido de las proporciones mesuradas";
son sus palabras. Sin embargo, la pluralidad del desconocimiento
-de Real de Azúa, de su obra, y de las razones de
ese desconocimiento doble- constituye una constante del
desconcierto.
Por la vastedad y variedad de sus temas, por la perspectiva
universal con que consideraba las particularidades del acontecimiento
local, por la profundidad hasta ahora incomparable de sus
numerosos trabajos, por el estatuto fronterizo que defendía
como voluntad por instalarse en los bordes epistemológicos,
por su aproximación a los aspectos "geográficos,
histórico-políticos, sociológicos",
que deberían contribuir a la formulación y
consolidación de los "criterios teórico-críticos"
necesarios para abordar los temas que nos interesan, la
atención a Real de Azúa parece cada vez más
pertinente.
Si se puede considerar a Borges como emblema de una época
definida por los entrecruzamientos culturales, acentuados
por la imaginación estética de sus ensayos,
la lucidez intelectual de su poesía, Real de Azúa
bien puede ser emblema de la erudición creativa y
de la impugnación sistemática de las verdades
consabidas. Crítico severo de los ombliguismos que
niegan la distancia de la apreciación crítica,
deploró la actitud "parroquial y localista",
que se permite prescindir de conocimientos que cruzan las
fronteras y de los movimientos que el siglo ha favorecido.
Sin proponérselo, hizo de la sabiduría una
práctica estética, del genio, una condición
natural de la realización. Por eso, uno de los aspectos
que interesa investigar sería las causas de ese misterio
plural. Tal vez, también este caso, con diferencias
de época y de género, forme parte de un paradigma
más amplio donde se incluiría a quienes han
sido objeto del desconocimiento que una revisión
de la historia literaria podría reparar. Similar
al rescate que realiza Haroldo de Campos de Gregório
de Mattos "uma espécie de demiurgo retrospectivo,
abolido no passado para melhor ativar o futuro"
se plantee la "questão da 'existência'
(...) mas, sobretudo, a da própria noção
de 'historia'" que- en términos de Haroldo-
"alimenta a perspectiva segundo o qual essa existência
é negada, é dada como uma não-existência
(...)." (7)
Como otros críticos de su generación -Emir
Rodríguez Monegal, Angel Rama- Real de Azúa
alternaba las obligaciones de su tarea docente, las gestiones
de su investigación, con una actividad periodística
intensa. Si bien la categorización es discutible,
ya que sus escritos podrían ser considerados antiperiodísticos,
el hecho de publicarlos en periódicos uruguayos,
de haber creado una expectativa de lectura en quienes seguían
atentos la peculiaridad de sus artículos tanto como
la publicación de sus libros, validaría una
condición que no condice con la normalización
mediática: aunque sus temas eran de actualidad y
lo siguen siendo, no dependían de las vicisitudes
que hacen de lo cotidiano una materia en fuga.
Aunque su escritura siga irradiando chispas de precisión
esclarecedora, su complejidad constituye, todavía
ahora, un desafío a la inteligencia, así como
los desbordes de su pensamiento desafían las limitaciones
del método. Si la aspiración sintética
es requisito del estilo mediático, los ensayos de
Real de Azúa se extendían, como si se tratara
de una novela por entregas, a lo largo de números,
a veces consecutivos, a veces discontinuos. Si el medio
periodístico exige la simplificación de diagramado
para asegurar el deslizamiento de una lectura fluida, la
proliferación incontenible de notas que se encaramaban
sobre el texto mismo, en una época en que la computación
no facilitaba su inserción mecánica, apartaban
sus artículos de la corriente de un discurso prensado
que no se caracteriza por los saltos de una lectura, que
son propios de los tratados académicos más
que de una publicación a la que, según dicen
los prejuicios, "deben acceder todos",
cuando acceder es "consentir" o "alcanzar",
o las dos cosas.
Saber es comparar
Comparar y conocer se asocian en una acción epistemológica
común ya que no es posible com-par-ar sin
asimilar, sin remitir -que no es reducir- a tipos o categorías
aquello que no tiene par o, precisamente, por no tener par
se considera. ¿Cómo conocer sin abstraer,
sin generalizar, sin la construcción de paradigmas
que se desconstruyen consecutivamente, una tipología
que la singularidad de la obra y del pensamiento impugnará
en cada caso?
En este sentido, un fragmento de su Antología
del ensayo uruguayo, puede ser un punto de partida para
un cuestionamiento que, formulado hace 30 años, sigue
en vigencia:
El tema nacional, por fin, la entidad de
"lo uruguayo", (...) configura un objeto de conocimiento
que está reclamando la conexión interdisciplinaria
(...). Pero como el conocimiento salta sobre sus propias
cautelas, como la avidez colectiva por una introspección
directora es demasiado urgente, también el ataque
informal del ensayismo quiere dar cuenta de la tarea. La
observación inteligente, la decantada experiencia
personal, un instintivo sincretismo de nociones más
o menos seguras se ponen a hilar. Se trata de saber qué
es el país. Cuál es nuestra consistencia como
nación. Cuáles sus calidades y sus defectos,
sus ventajas y sus lastres. Cuál es la razón
y los antecedentes de su extrema singularidad política.
Qué rostro dibuja su previsible destino. Qué
entidad tienen las fuerzas: económicas, políticas,
sociales que lo dirigen. Cuáles son sus estructuras
y qué firmeza poseen. Cuáles son sus diferencias
con otras comunidades vecinas y otras más lejanas:
hasta dónde puede hablarse de una 'personalidad nacional'
diferente (aún de una mistificada 'uruguayidad').
Se quiere , también, más modestamente, despejar
el interrogante de si hay una psicología colectiva,
'nacional', un repertorio de rasgos, de modos que los uruguayos,
mayoritariamente, compartan. Cuáles son los objetos,
las prácticas, las rutinas, los ideales, las devociones
que permitan inferirla. (¿El mate?¿el tango?
¿Carlos Gardel? ¿la quiniela? ¿la jubilación
temprana? ¿el fútbol? ¿el cinismo cívico?
¿el conformismo manso y ventajero?). Se aspira establecer
la real, auténtica entidad de los valores nacionales,
la causa de la postergación de unos, de la hiperbolización
de otros, las inferencias que de estos hechos se desprendan.
Cuál debe ser nuestro rumbo entre las potencias y
las fuerzas mundiales, qué medida tienen nuestras
afinidades con el resto de Iberoamérica, cuál
la de nuestra insularidad, la de nuestra introvertida superioridad
respecto al continente que nos rodea. Qué actitud:
la conformidad apacible, la insatisfacción desafiante,
las condiciones estables del país, su situación
presente, justifican."(8)
Habría que aludir, en primer término, a
la fatalidad comparatista de Carlos Real de Azúa,
no solo por la singularidad especulativa de su reflexión
teórica, que articulaba diferentes aspectos del pensamiento
universal, en su práctica literaria, inevitablemente
compleja. Asimismo por la naturaleza abarcadora de su avidez,
que no podía dejar de observar el acontecimiento
literario en relación con acontecimientos de otra
índole, de otra procedencia, de otros tiempos, de
otros lugares. Para Real de Azúa el conocimiento
no era sino la apuesta intelectual que "ponía
en juego" -también en su sentido lúdico-
la realización de una condición simbólica
que contraía diferentes campos del saber.
Sería difícil definir la posición
de Carlos Real de Azúa en el campo de la Teoría
Literaria, una definición a la que la originalidad
de su pensamiento, la peculiaridad de sus cursos, la dispersión
temática de sus escritos, se resiste cada vez más.
¿Cómo definir a Real de Azúa? ¿Cómo
restringir las expansiones de una naturaleza digresiva a
las limitaciones de un campo disciplinario, si fuera solo
uno? La inasibilidad de su figura en fuga, las elusiones
de su discurso desbordante, la multiplicación de
sus artículos, notablemente prolongados por el despliegue
de anotaciones tan precisas como imaginativas, se sustraen
a los criterios de clasificación convencional.
Tampoco es fácil componer su semblanza a partir
de las escasas fotografías furtivas tomadas a su
pesar. Así como Real de Azúa evitaba cualquier
alusión a su persona en sus propios escritos y conversaciones,
derivando el interés del discurso hacia asuntos generales,
por medio de una suerte de distracción controlada
que era una de las estrategias de su recato, eludía
toda representación de su imagen: sin dramatismos,
sabía que "le moi est haïssable",
pero sin frases sentenciosas. Solo se trataba de una ausencia
natural, una prescindencia de sí, ni temor ni tema.
En vida, era difícil fijarlo; ahora, transcurridas
varias décadas después de su muerte, es el
monumento en movimiento de su reflexión transteórica
el que continúa sustrayéndose a los límites
y recortes de una definición que, por definición,
los requiere.
Así como Real de Azúa, en un ensayo magistral
sobre el ensayo,(9) en lugar de definir este género
empezaba por cuestionar la posibilidad de definirlo, interrogando
desde el título,"¿Un género
ilimitado?", se podría empezar por la misma
fórmula modificándola apenas: "Carlos
Real de Azúa: un genio ilimitado", o también
en forma de pregunta. Sería un reconocimiento otorgado
a su genio y, además, daría entrada a una
de las cuestiones teóricas que le conciernen. El
genio impugna al género tanto como a las convenciones
que lo limitan; ni limitable ni imitable, el genio no se
conforma a/con la definición que es un límite
ni a/con los estereotipos que, como modelo, intentan replicarlo.
Real de Azúa leía de todo, recordaba todo
lo que leía y, sin hacerse notar, sin hacerlo notar,
solía ilustrar a especialistas sobre sus respectivas
especialidades porque, sobre todo, él no era un especialista:
desde la literatura uruguaya, la teoría literaria,
la literatura universal hasta la historia nacional, continental,
la ciencia política, las ciencias sociales, el espectro
de lecturas, la lucidez abrumadora de sus análisis
y comentarios provocaban la asombrosa admiración
que rehuía.
Clases y categorías, cuadros y esquemas rechinan
entre sus papeles sin llegar a contener una naturaleza excesiva
que, excediéndolos, no los suspende. Incluso en nuestro
país, todavía su obra es conocida en forma
parcial pero aunque se han publicado póstumamente
algunos manuscritos, tampoco esas iniciativas abarcan la
totalidad de su obra. Pero si esa totalidad llegara a conocerse,
tampoco representaría el acontecimiento "Real",
un acontecimiento en persona, una personalidad de particularidades
excepcionales que la circunstancia colma de ocurrencias
incontables, que la escritura no solo no llega a registrar
sino que, al intentar fijarlas, las suspende. Genio y figura...,
en vida o después, siguen alejándose. Tal
vez sea esa inasibilidad una de las primeras dificultades
que se presentan al examinar su persona y su obra. Pero
hay otras dificultades.
Diferencias entre pares
En alguna oportunidad anterior, con el fin de presentar
a Real de Azúa a un público que no lo había
conocido, tomando en cuenta varias condiciones comunes y
alentada, además, por coincidencias llamativamente
semejantes, traté de establecer una comparación
entre Real de Azúa y Roland Barthes. Nacieron casi
al mismo tiempo, morían por los mismos años;
las afinidades docentes y disciplinarias no disimulaban,
a pesar de su dedicación, una apasionada reflexión
sobre las alternativas de esta época inquietante,
conciliada con una inclinación nostálgica
hacia otras épocas, la preocupación profunda
por la teoría y realización de una escritura
literaria, por la formalizaciones epistemológicas,
por la indagación de los hechos y las versiones de
los historiadores. Una biografía paralela en la que
contaba, en ambos casos, la relación entrañable
con una madre que, sin excluir otros afectos, los postergaba.
Eran bien parecidos: la misma irradiación magistral,
una cordialidad inteligente, cierta ironía sesgaba
con humor un diálogo siempre animado por la espontaneidad
de observaciones tan profundas como imprevisibles. Erudita
y risueña a la vez, la conversación se desequilibraba
por la admiración de un interlocutor que, atónito,
no disimulaba su estupefacción. Incluso, la semejanza
era física; la estampa atractiva de elegancia displicente
y algo así como el aura de una distancia intelectual
que, sin intimidar demasiado, los distinguía por
un tono similar. Para una época en que el nomadismo
académico ya había afianzado sus rutas en
rutina, era poco lo que Real de Azúa y Barthes se
apartaban de su entorno. Atentos a su tiempo -eran los mismos
tiempos- no sorprende que plantearan temas afines con discursos
propios; fundadores de discursividad, ambos prestaron al
ensayo, uno en su medida y el otro por desmesura, una modulación
que lo diferencia y consolida literariamente. Hasta ahí,
entre otros, ciertos parecidos.
Si Gilles Deleuze reconocía en Barthes el ejercicio
de "una filosofía de la facilidad, de la
comodidad o de lo cercano" (une philosophie
de l'aise)(10), habría que reconocer, en cambio,
que Real de Azúa practicaba una "filosofía
de lo arduo", recordando que arduus alude no solo
a las condiciones de dificultad sino, originalmente, al
terreno escarpado, de gran altura, las cumbres ásperas,
las cimas inaccesibles.
Considerados en su conjunto, por tema y visión,
los textos de Real de Azúa, producen ese vértigo
desde una cumbre que no pasa, por alto, por altura, la exactitud.
A partir de esa opción ardua, de esos riscos que
son su espacio, arriesga el estudio que dedica al poder:
"El tema de los que mandan, en suma, es tan fascinante
y abarcador como difícil", y no es el poder
sino las dificultades de la cúspide que le atraen.
Su atención ininterrumpida a los personajes y claves
del debate latinoamericano (Martínez Estrada, Sarmiento,
Mallea, Rodó, Zum Felde), regional y nacional, a
los grandes temas históricos, políticos, estéticos,
a los autores mayores, al patriciado -la clase social de
la que procede pero de la que se aparta para legitimar su
observación e independencia- a la "sociedad
amortiguadora" que, tal como la designa y define,
es la uruguaya.
Pero la comparación con Barthes habilita todavía
otra oposición que, por significativa, por pertinente,
no quiero evitar. Si bien Real de Azúa conocía
la obra de Barthes, Barthes desconocía a Real de
Azúa, y la injusticia simétrica del quiasmo
cruza el mundo en todos los sentidos. No es esta la oportunidad
de analizar el desajuste abismal entre la curiosidad enorme
y minuciosa que Real de Azúa dispensaba al mundo
y el desconocimiento que el mundo hasta ahora le reserva.
Todavía no se le ha dedicado al escándalo
de esta desproporción la atención que requiere:
consentido con tolerancia indolente y diminutivos afectuosos
por sus compatriotas -no solo los más allegados solían
decirle "Carlitos"-, ignorado por los demás,
configura otro aspecto de la vigilante ignorancia que omite
a otro crítico notable de su generación, Emir
Rodríguez Monegal, quien, celebrado en todo el mundo,
hasta hace poco seguía conocido-no-reconocido por
la des-intelligentsia de su país, que es el nuestro.
No descarto que las semejanzas de esta simetría violenta
respondan a las mismas fuerzas.
En Real de Azúa, las dificultades de definición
sobre las que tanto me interesa insistir no radican en fallas
lógicas o metodológicas que traben la comprensión
de su obra ni en la inconveniencia de planteos confusos
ni en abusos del léxico ni en rebuscamientos de su
erudición. En su caso, las dificultades derivan,
sobre todo, de la convergencia inusual de perspectivas diferentes,
que contextualizan aspectos opuestos en una misma observación
y, por usar un término que Real de Azúa frecuentaba,
del "clivaje" que estratificaba los objetos
observados en una serie imprevisible de capas y fracturas,
planos estriados distinguidos por su indagación.
Sin excluirse adversamente, sus puntos de vista extienden
el análisis, lo dispersan en distintos sentidos,
abriéndolo. Sin embargo, Rodríguez Monegal
presentaba a Real de Azúa en estos términos:
De los escritores importantes del 45, Real
de Azúa (nació en 1916) es sin duda alguna
el que escribe peor. Es también el que organiza más
desordenadamente sus libros (El Patriciado Uruguayo
empieza con una llamada que remite al lector a una advertencia
que figura como apéndice y que cualquiera hubiera
puesto como introducción); es el que ha padecido
menos la popularidad. Todo eso no impide que Real sea el
ensayista más valioso, el más típicamente
fermental y enriquecedor de su período. Alguien ha
hecho la observación de que Real de Azúa es
capaz de convertir un telegrama en un tratado de diez volúmenes;
otro acuñó hace tiempo y en MARCHA
la frase: Real colabora una sola vez por año pero
colabora todo el año... (11)
No acaban ahí "las paradojas
de Real de Azúa"
Limitar, darle fin a un examen, acabarlo, impone un freno
a la profusión inherente al fenómeno pero
no quiere decir que, por terminada o detenida, la verdad
quede asegurada. Ordenar la realidad no es suficiente si
no se cuestiona el propio orden; la claridad no siempre
repara ni compensa una parcialidad que no es todo pero se
define y defiende como si lo fuera.
Desde los orígenes de la creación y sus reflexiones,
la convención estética tolera, en el lenguaje
poético, un hermetismo que se niega al ensayo, un
elogio de la sombra, de la oscuridad, que el poeta entiende
como la primera gentileza que debe ofrecerle al lector.
Es sorprendente que el consenso de oscuridad haya sido privativo
solo para la poesía. Teorizando sobre la novela,
hace décadas, Bajtín reclamaba para esta narración
literaria un texto disipado en varios registros, varias
voces, penetrado por los discursos de otros sujetos y otros
textos, una "polifonía" que impugnara,
en varios sentidos, la univocidad compacta de una sociedad
cuya homogeneidad discutía. ¿Por qué
entonces, el ensayo no debería habilitar incertidumbres
corales, zonas de sombra y resistencias? ¿Por qué
se atribuiría al ensayista el monopolio de adoptar
un punto de vista, uno solo, el doctrinario, impuesto?
Son demasiado conocidos los argumentos en contra de esta
filosofía de lo arduo que interponen "los
fantasmas de la claridad", que son los fantasmas
de siempre: uniformidad, transparencia, coherencia, un orden
o una orden, esos requisitos inherentes al discurso autoritario
que sirve para imponer una verdad, no más de una,
reivindicando las definiciones del lenguaje indiscutido
o las llanezas del lenguaje periodístico; una facilidad
sospechosa dedicada a "la gran mayoría",
que se codicia tanto como se desprecia: ¿quién
se arroga y desde dónde una condescendencia explicativa
que pocos piden y tantos siguen? ¿Por qué
no se protesta contra dogmas y normas que consignan la información,
una información en consignas que diciendo tan poco
igual redunda? Sin embargo, no está mal hablar de
lo que todos hablan pero no estaría de más
hablar de lo que nadie habla.
Es precisamente en esa voluntad de no evitar las complejidades
de un mundo complejo de donde procede la opción problemática
que prefiere atender las dificultades mediante una reflexión
áspera contra concesiones que aseguran solidaridades
indolentes. Es habitual la resistencia del lector contra
esa disposición ardua; otras veces se oye el rechazo
de quienes aseguran discrepar con las posiciones de Real
de Azúa. Pero ¿cuáles de ellas? ¿Cómo
discrepar con quien las encara todas sin dejar de cuestionar
el propio discurso? Un discurso en discusión permanente,
que no excluye la quiebra, la fractura, el fragmento, la
cita, las referencias a teorías abiertas a otras
voces, donde ninguna tiene la primera ni la última
palabra.
En alguna oportunidad cabría asimilar la minuciosidad
de sus especulaciones a la percepción insoportable
de Funes, su memoria infalible a la del personaje de Borges
o, sin apartar su ficción, a las precisiones representativas
de una ciencia demasiado exacta, donde la descripción
deja de ser tal por la coincidencia perfecta entre la representación
y lo representado. Recurrentemente la ficción narrativa
de varios escritores latinoamericanos ha fraguado fantasías
diversas para resolver el conflicto de quien se debate entre
la necesidad de conceptualizar por medio de los modelos
mentales que habilitan conocimientos parciales y la invención
de máquinas que los extiendan. Sin embargo, tomando
en cuenta esa plurivocidad, la estratificación de
su pensamiento, el itinerario discontinuo que evita el lugar
común de una verdad o teoría establecida,
no confundiría el registro de Real de Azúa
con la uniformidad de una visión totalizadora ya
que, más que a la totalidad, que atenúa las
diferencias, es a la heterogeneidad que su visión
se dirige.
Decía A. Rama en su obituario:
...tantos análisis de la realidad
de América Latina y en particularidad de la cuenca
platense, tantos fulgurantes bocetos renovadores de las
tesis imperantes en materia de historia, de pensamiento,
de crítica literaria, a los cuales proporcionaba
luego un aparato documental de tal envergadura y de tales
proyecciones universales, que muchas veces él mismo
era vencido por esa acumulación y esa incesante floración
de sus planteos. (12)
De la misma manera que había procedido cuando se
propuso definir la literatura por medio de una fundamentación
pormenorizada de sinonimias que abordan la escritura desde
distintos puntos de vista, sus estudios de teoría
literaria entablaban criterios diferentes basculando entre
nociones opuestas, que marcaban el recorrido verbal de un
pensamiento articulado críticamente a partir de una
sucesión de pensamientos y doctrinas que utilizaban
términos afines y rivales, una estrategia de la reflexión
que, como el mundo, empieza por el lenguaje. Sin veleidades
filológicas ni preciosistas, por honestidad intelectual
más que culteranismo, su obstinado rigor se concentra
en reflexiones terminológicas, historias de conceptos,
en "la idoneidad de vocablos aptos para abarcar
e inteligir el fenómeno"; son sus palabras.
Las relaciones entre poder y discurso, discurso y verdad,
verdad y dominación, dominación y orden, orden
y conocimiento constituyen un tópico de la reflexión
contemporánea. De la misma manera que, al teorizar
estos tópicos, Foucault se sustraía a las
categorizaciones establecidas ya que no podía ser
considerado ni como sociólogo ni como historiador
ni filósofo ni como un teórico del poder político,
Real de Azúa pertenece a esa suerte de cartógrafos
visionarios que registran la aventura del conocimiento.
De ahí la dificultad, el desafío de una visión
centrífuga a la que no le cuadran los esquemas regulares
de las asignaturas en vigor. En el mismo artículo
que le dedica Rama poco después de su muerte, agrega:
Creo que fue su tendencia culturalista
y el imperio que ejerció sobre él la historia,
lo que lo condujo gradualmente a alejarse de las artes y
la literatura, transformándolo en un analista del
pensamiento y la política uruguayas y latinoamericanas
y, de hecho, en un crítico de la cultura. (13)
Hasta aquí la resistencia a la definición,
las dificultades propias de un texto abierto y dialógico,
incrementadas por leyendas que corren acerca de un discurso
respetado pero desconocido, de una polémica excéntrica,
animada de un rigor insólito. Tal como lo señaló
Tulio Halperin Donghi, su gesto de alejamiento nunca es
"un soliloquio colérico" sino la
manifestación de la gozosa soledad de un investigador
que no persigue otro fin que la propia investigación,
una investigación sin fin, sin utilidad o sin conclusión,
más allá del conocimiento, el placer.
Ante las exploraciones rigurosas pero interminables de
textos ajenos, no debería llamar la atención
su despreocupación personal con respecto a manuscritos
propios, finamente elaborados, formalmente acabados pero
inéditos algunos que ocupan, entre unos y otros,
un inventario bibliográfico de dos páginas
de formato tabloide.
Las preocupaciones intelectuales de Real de Azúa
exceden las previsiones curriculares; es conocido el interés
desinteresado y la prodigalidad casi mítica de su
erudición, la concurrencia de elaboraciones literarias,
filosóficas, históricas y políticas
en una acción intelectual que identifico, a partir
de Real de Azúa, como uno de los rasgos de excelencia
de la identidad americana. Un modelo en emergencia, la clase
de quienes ignoran las clases, rechazan las clausuras sociales
o culturales, abriéndose a otros medios, sin privilegios
de origen, de nacionalismos reductivos, provincianos o personales
que esgrimen quienes solo están interesados en promover
una cultura porque es autóctona, un idioma cuando
es, redundantemente, el propio, una obra solo porque es
suya.
Un programa como forma de acción
A manera de apéndice y por su carácter representativo,
interesaría considerar su consagración al
estudio de la teoría literaria a partir del "programa"
monumental que concibió para esta disciplina. Desplazado
por un remedo menor, el programa fue descartado, sin más,
sin razón, sin que se haya reparado el desatino.
Inicialmente había propuesto la organización
de una cátedra que denominó "Introducción
a la estética literaria" a principios de
los cincuenta, que devino "Teoría Literaria",
una fórmula más corriente que la original
pero que, en los hechos, era desbordada, en sus límites
específicos, por la necesidad de reflexiones globalizantes
y planteos comparativos, literarios y extraliterarios, que
solían incrementar lo específico para abarcar
otras formas de realización y especulación
artística y filosófica.
El programa aparecía estructurado dinámicamente
como un trabajo in progress y a la vez acabado, una
obra perfecta pero incompleta, una suerte de tabla de nociones
teóricas similar a la que Mendeleiev había
diseñado para el registro de los elementos. Todas
las nociones figuraban en una comprensión armónica,
cada punto ocupaba su lugar justo, en la medida justa, con
la descripciones de atributos correspondientes según
la vigencia del conocimiento que se había alcanzado
hasta entonces. Pero, a diferencia de la tabla de elementos
químicos, a diferencia de un sistema planetario o
de una distribución numérica, se observaba
en ese programa de teoría literaria una dinámica
del pensamiento, una dialéctica de formulaciones,
una observación de fenómenos, de casos, de
evolución de las ideas, de tendencias y corrientes
que, como señala Emir (14) a propósito de
su ejercicio crítico, "pone en evidencia
esa doble dimensión, inmanente y trascendente de
sus inquietudes". Su registro abierto se hacía
cargo de todo, incluso de lo que todavía no se había
formulado pero que, en cierto sentido, se podía prever.
Más que con huecos, ese catálogo orgánico
se articulaba formando pliegues que se iban desplegando
a medida que la aparición de cambios requería
la flexibilidad de un compartimiento nuevo; el inventario
daba lugar a la invención y se adaptaba, sin forzar
sus formas, a las novedades que se producían en el
transcurso del pensamiento literario y estético.
Es curioso; Real de Azúa había inventado con
ese programa un verdadero programa: una escritura que estaba
por hacerse, generaba una textualidad que se extendía
hacia el futuro más allá de lo que puede ser
un temario detallado minuciosamente para guía del
profesor y del estudiante. Aquello no era la descripción
anticipada de lo que debía llevarse a cabo durante
el desarrollo del curso sino que anticipaba, sin la ambición
de proponérselo, el programa del pensamiento occidental
en temas que abarcarían el conocimiento de las letras
y de las artes en décadas.
No eran más de quince hojas interminables y no habría
que limitarlas a una cifra determinada, como nadie contaría
los fragmentos en un vitral; hojas largas amarillentas,
ya eran viejas antes de empezar a usarlas. Al dorso en blanco
de páginas usadas, profusamente escritas a máquina,
con anotaciones que Real de Azúa apuntaba en los
márgenes reducidos, duplicaba renglones y columnas
que no alcanzaban para datos y detalles que agregaba por
anexos. ¿Qué palimpsesto iluminado hubiera
diseñado para esta época de discursos en pantallas
superpuestas? En esa acumulación nada sobraba; la
articulación ajustada de temas y puntos no impedía
que aparecieran libres o librados a su propia energía.
Animados, se multiplicaban como si hubieran mantenido entre
ellos relaciones textuales secretas.
Bastaba la necesidad de considerar una nueva teoría
para que encontrara en aquellas páginas el sitio
preciso donde -denominados en forma diferente- figuraban.
"De todos los críticos del país, Real
de Azúa es el que tiene un sistema más amplio
de referencias",(15) reconocía Emir, quien
se encontraba entre ellos. Formaban parte de su programa
los autores más representativos u otros que, desconocidos,
empezaban a ser representativos a partir de las referencias,
consultas, lecturas a las que era imposible sustraerse.
La aventura de internarse en esa enciclopedia imaginaria
que eran sus referencias bibliográficas y descubrir
un mundo a través de menciones que no agotaban los
temas, más bien los prolongaba en galerías
de espejos interminables, referencias históricas
y epistemológicas: épocas, corrientes, universos
del conocimiento que, distintos y distinguidos, no parecían
parcelarse ni parcializarse. Eran piezas armadas de un puzzle
gigantesco pero combinadas según sus propias reglas;
había que conocerlas, si uno retiraba una pieza,
el resto se recomponía, los contornos se regeneraban
ante cada supresión o introducción y el todo
no sufría.
Gracias a una rara captación de lo fundamental,
no solo figuraban ahí las referencias correspondientes
a los autores sino que Real de Azúa lograba descontextualizar,
con el prodigio de la autonomía poética, la
palabra, la frase breve, la frase un poco más extensa
que resumía toda una obra, todo el pensamiento en
la cita fragmentaria de un texto mayor y recontextualizarlo,
vertiginosamente, mediante la referencia histórico-política
que la reinscribía en su realidad:
Hay en Real de Azúa una pasión
política y hay también una pasión histórica.
Las dos están entrañablemente unidas pero
su inteligencia le permite distinguirlas y aprovechar conjuntamente
sus aportes para una visión tercera que supera a
las dos: una visión trascendente. (16)
concluye Emir. La visión de lo fundamental, en tanto
supone lo básico y lo profundo: la verdad y sus versiones,
la teoría y sus visiones, la doctrina, sus interpretaciones,
una corriente y sus contracorrientes.
Rama resume su perspectiva en otros términos:
hacía de la función intelectual
una ética (por lo cual se le podía emparentar
al zigzagueante camino de André Gide y a su misma
persecución de la autenticidad en un mundo cuya opacidad
exigía constantes esfuerzos de reconversión
y adaptación); contribuyó a desarrollar un
pensamiento siempre crítico, forzosamente independiente,
cuyo campo de ejecución solo podía ser el
de oposición: de ahí que sus mejores contribuciones
se desarrollen mediante el enfrentamiento con tesis o sistemas,
los cuales sometía a nervioso análisis y los
invadía de un pensamiento desarticulante y problematizador.
(17)
Alternativas de una erudición tan seria como regocijante
que nunca llegó a mitigar la "alegría
de ser inteligente ",(18) la complacencia en la
búsqueda de saber y de saber que no termina.
La disposición textual laberíntica -emblema
de lo múltiple según Deleuze- no solo contenía
los datos de un pasado, el pasado del conocimiento literario
sino que, y eso sigue siendo motivo de estupor y estudio,
ya contenían los frutos del futuro, una precoz recolección
de las cosas que vendrán. Años después
de su muerte, los temas de actualidad teórica se
verificaban preformados en el programa, anticipados como
en un código genético. Ahí también
estaba lo que iba a estar, estaba lo que será, es
decir, lo esencial. Sin proponérselo, sus análisis
y postulados descubrían doctrinas, discutían
precedentes históricos que se internaban en las profundidades
arqueológicas de un pensamiento filosófico
universal.
Como Rodó, como Borges, Real de Azúa es uno
de esos latinoamericanos que han alcanzado plenitud en la
ambivalencia, conciliando la conflictiva herencia de sus
ancestros con la novedad en la síntesis, una contracción
de lo universal y lo particular, sin apartarse de lo latinoamericano,
lo austral. Sin renegar de su tradición ni de los
descubrimientos más recientes, Real de Azúa
indaga, por lo menos, en dos direcciones, para conocer y
reivindicar un pasado con el que siente más afinidades
que con su tiempo pero sin dejar de escrutarlo. Halperin
Donghi quien conoce, sin duda, mejor que nadie su obra y
personalidad, advierte "una nostalgia por el Uruguay
pastoril, (...) el de un paraíso perdido, que sabe
irrecuperable y no desea recuperar, pero que se enorgullece
en añorar." (19)
Los historiadores, sociólogos, los hoy llamados
politólogos, críticos literarios y de la cultura,
citan sus aciertos; aún hay testigos más o
menos directos que entrecruzan sus anécdotas, profesores
que las transmiten a sus discípulos. Hace unos años
se le dedicaron algunas publicaciones,(20) una notable antología
de escasa tirada circula discontinuamente, una sala en una
de las facultades de la Universidad de la República
lleva su nombre pero su obra, expuesta a los riesgos del
mito, es solo fragmentariamente conocida.
El impulso y su freno (21) es el título que
designa uno de sus tratados políticos, donde la contrariedad
de los términos yuxtapuestos no se resuelve en una
dialéctica simplificada de oposiciones drásticas.
Tal vez sean las figuras de ese contrapunto plural una especie
de emblema adecuado para bosquejar el curso de su biografía
intelectual, estética y vital. La proclividad mística
natural de su impulso impide la institucionalización
de un pensamiento creador que no deja de sorprender tanto
por la singularidad de sus excelencias como por las reticencias
de una repercusión inexplicablemente sobria. Al final
de ese libro de 1963, Real de Azúa enumera las características
de una época particular en su país pero, a
pesar de las precisas circunstancias históricas a
las que se atiene, el recuento no se contrae a los límites
nacionales aunque insinúa las omisiones en ese "país
de cercanías" que es el suyo. Habla de "un
mundo de grupos supranacionales crecientemente erizados
y resueltos a lograr su autosuficiencia", de "un
mundo sometido a las terribles presiones del espíritu
acreedor de la sociedad de masas," de "un
mundo donde una revolución de tecnológica
cibernética y automatización marcha"
a pasos demasiado grandes arrinconando a nuestras patrias,
"en el que todas las convicciones, valores, vigencias
que fundan instituciones, pautas de conducta, relaciones,
se enflaquecen hasta desaparecer y no tanto la publicitada
angustia como el sinsentido, la indiferencia, la ajenidad
a todo, ocupan su sitio."
Lisa Block de Behar
Universidad de la República
1. El Coloquio tuvo lugar en Porto
Alegre entre el 19 y el 21 de setiembre de 1995. El texto
que se publica ahora es similar, sustancialmente, al que
presenté en esa oportunidad, incluido posteriormente
en O discurso crítico na América Latina.
Edit. Tania Franco-Carvalhal. Instituto Estadual do Livro
- USINOS. Brasil, 1996. Algunos pasajes fueron publicados
en Cuadernos del CLAEH No.42, 1987.
2. F .Fellini. E la nave va... . Film de 1984.
3. G. Agamben Les moyens sans fin. 1993. P.92
4. P. Virilio. L'art du moteur. Galilée. Paris,
1993. P. 13 y 14.
5. Nicklas Luhmann. "Speaking and Silence".
["Reden und Schweigen"] 1989. En inglés
"A communication does not communicate [mitteilen]
the world, it divides [einteilen] it. Like any operation
of living or thinking, communication produces a caesura."
6. Patricia Meyer Spacks. PMLA. Vol.110. Nr.3. May
1995. P.357.
7. Haroldo de Campos. O sequestro do barroco na formação
da literatura brasileira: o caso Gregório de Mattos.
Fundação Casa de Jorge Amado. Salvador, 1989.
8. Carlos Real de Azúa. Antología del ensayo
uruguayo contemporáneo. Tomo I. Publicaciones
de la Universidad de la República. Montevideo, 1964.
Ps.53-54
9. Carlos Real de Azúa. Antología del ensayo
uruguayo. Vol. I y II. Universidad de la República.
Montevideo, 1964.
10. Gilles Deleuze. MAGAZINE LITTÉRAIRE No.
292. París, 1991.
11. Emir Rodríguez Monegal. Literatura uruguaya
del medio siglo. Alfa. Montevideo, 1966. P. 393.
12. Angel Rama. "Carlos Real de Azúa: 1916-1977".
ESCRITURA. Teoría y crítica literaria.
No. 3. Caracas, 1977. P.35.
13. Ibid. 37.
14. Rodríguez Monegal. Ibid. 405.
15. Ibid. 401.
16. Rodríguez Monegal. Ibid.
17. A. Rama. Ibidem, P.36.
18. Mercedes Ramírez. "Carlos Real de Azúa".
JAQUE. Montevideo, 16/7/84.
19. T. Halperin Donghi. Escritos. Arca. Montevideo,
1987.
20. JAQUE. Separata "Carlos Real de
Azúa". Op.Cit "Carlos Real de Azúa
de cerca y de lejos". Cuadernos del CLAEH.
42. Real de Azúa. Evocación/Provocación.
Ruben Cotelo. Cuadernos uruguayos. Ed. del nuevo
mundo. Montevideo, 1987.
21. Carlos Real de Azúa. El impulso y su freno.
Tres décadas de batllismo. Ed. Banda Oriental.
Montevideo, 1964.