La visión crítica de Carlos Real de Azúa : el impulso y su freno

Boletín. APLU Asociación de Profesores de Literatura del Uruguay) Año IX, No. 36. Diciembre 2003


Anotaciones históricas y entornos teóricos previos

Cuando, en la inauguración del Coloquio internacional: "O discurso crítico na América Latina",(1) aludiendo a cierta prehistoria de la literatura comparada en nuestros países, Tania Franco-Carvalhal mencionaba, entre otros precursores, a Emir Rodríguez Monegal, volvían a hacerse presente sus clases, en las que, apelando a una complicidad casi clandestina, se dejaba tentar por la posibilidad de comparar alguna de las tragedias de Sófocles con un drama relativamente reciente de T.S. Eliot, a Neruda con Whitman, a Emerson con Bello y Sarmiento, a Poe con Borges, a Faulkner con Onetti, a los escritores brasileños con los norteamericanos y los hispanohablantes. Establecía esas conexiones como pidiendo disculpas por el desliz, por llegar a transgredir fronteras históricas, culturales, que entonces solían marcarse con la mayor severidad.

Sin embargo, en esos mismos años, a principios de los cincuenta, cuando Carlos Real de Azúa creaba en el Instituto de Profesores Artigas la cátedra de Introducción a la estética literaria, no sorprendía que estrechara las vinculaciones más dispares con toda naturalidad, avaladas tanto por un pasado filosófico remoto, común a todas las culturas, por planteos intelectuales afines, como por el vacío teórico que el continente se reservaba. Eran casos aislados. En realidad, quien introdujo la literatura comparada, con todo el aparato disciplinario e institucional que requiere, fueron Tania Franco-Carvalhal y algunos de sus colaboradores más cercanos. Por eso, era más que justo abordar en Porto Alegre algunas particularidades del discurso crítico en el Uruguay, con el fin de contrastar su especificidad nacional, regional y contemporánea, con otras formas del discurso crítico que se debaten en el campo de la literatura comparada.

Por las características del país, Uruguay no redunda en los tópicos críticos a los que las circunstancias obligan en otras culturas. Parece forzado, incluso, embanderarse con la defensa de minorías en un país que, en su conjunto, es poco más que una minoría. Ya se sabe que desde hace tiempo no tienen lugar las luchas contra las discriminaciones étnicas, resueltas no siempre de la mejor manera. Tampoco se justifican luchas contra otras discriminaciones ya que los derechos de la mujer, sin mayores diatribas, le fueron otorgados hace tiempo.

Sin embargo, aunque no se le dé difusión pública suficiente, constituye un tema de preocupación la imperturbabilidad crítica de una seudo-oposición intelectual que se consolidó durante la dictadura, que consiente un totalitarismo excluyente, que ocupa los medios de comunicación masivos, sin descuidar posiciones académicas. Ni la universidad ni las editoriales ni los círculos culturales, desde los ministerios hasta las municipalidades, desde las instituciones privadas hasta titularidades en misiones, premios, proyectos, becas, etc. llegan a apartarse de una práctica que aún sigue vigente.

Hace dieciocho años, cuando se restablecía la democracia, parecía una urgencia advertir contra los riesgos de una maquinaria que avanzaba deslizándose sobre las mismas vías tendidas durante el gobierno militar y que sigue siendo una de las mayores razones del gran deterioro actual. El reducido establishment desconoce otras realizaciones que las propias y nadie impugna el orden establecido pero impresiona, tanto al extranjero como al joven -una suerte de extranjero natural en su medio-, la uniformidad de sus discursos, las nomenclaturas previsibles, la administración de la conveniencia o connivencia de los escasos protagonistas, el trámite exitista de gestiones poco claras, la mediocridad que hace de la acción cultural un instrumento de promoción personal casi familiar o incestuosa.

Si bien no se han consolidado aún las bases de un ejercicio crítico, ni metodológico, ni teórico que atienda las conflictivas relaciones entre la realización literaria y su comunicación mediática, es urgente revisar la repercusión perversa que produce esa radicación en los medios dentro de esta caja de resonancia, esta especie coactiva de cajas encastradas, cajas chicas o chinas, que es un país pequeño.

No estaría de más que, al "repensar el mapa cultural", como se había propuesto en las bases del proyecto de literatura comparada que entonces nos convocó en Rio Grande do Sul, se examinaran las tácticas de mercado, la configuración de espacios de emergencia, los límites de una competencia discutible, sobre todo sub-specie mediática, esta subeternidad que, al extenderse por todo el espacio, compromete el futuro. Tomando en cuenta los objetivos de ese proyecto, no debería dejarse de lado una de las cuestiones que también confunde las perspectivas de un horizonte al sur del sur, en este "deep South", que es el nuestro.

Tal como se formula entre los "objetivos específicos" del proyecto, habría que "establecer criterios y buscar metodologías específicas a los objetos de investigación" para repensar la historia literaria a la luz de esta explosión contemporánea.¿Qué métodos, qué teorías? Rondan los fantasmas de Walter Benjamin, las voces del silencio de André Malraux, las negaciones de Nicklas Luhmann, las dolorosas paradojas de Jean François Lyotard, las utopías alucinantes de Paul Virilio, las prolongaciones filosóficas de la neohermenéutica de Gianni Vattimo, las matrices secretas de Giorgio Agamben, la errancia de las letras, mudas, de Jacques Rancière, los prodigios y vértigos de la analogía de Jacques Bouveresse y las exploraciones transidiomáticas que, a partir de la literatura y los distintos medios, lleva a cabo Alfons Knauth. Espectros astrales de tantos otros pensadores de la actualidad, pertenecientes a una galaxia de la que Marshall McLuhan no hubiera renegado.

Si bien se han dejado de lado varios nombres (Adorno, Habermas, Baudrillard, entre otros), como el tema no es solo reciente, no habría que omitir a Karl Kraus, un judío vienés quien, ante el derrumbe inminente del Imperio auguraba el derrumbe de un mundo, de una época. Para algunos era una "belle époque", para otros, Kakania, la onomatopeya cacofónica derivada -no de las iniciales de Karl Kraus- sino del monograma de quien era emperador y rey -Kaiser und König. Los escritores -Robert Musil, por citar uno- pintores, músicos, filósofos, arquitectos, actores y artistas, hicieron del fin de esa época un gran final, como si trataran de interpretar una ópera pero puesta en escena en un film de Fellini,(2) el final de una "Gloria" -así se llamaba el barco- que arrojó por la borda no solo una época sino una realidad: una realidad real (saco partido de la homonimia que ofrecen el español y el portugués) con archiduque, princesas y la corte imperial en decadencia.

Pocos años después, aunque en otro contexto, los surrealistas, que hacían de esa realidad escarnio, se debatían ante la escasa realidad de la realidad, la escasez que anticipa las crisis de la posguerra, el período que activó un prefijo hasta agotar esta posrealidad en la que nos vemos vivir o no: quien no se ve, cree que no vive. Hoy habría que empezar a contar "había una vez la realidad...", una fórmula de ficción al comienzo de un cuento que exigirá, más que nunca, una "willing suspension of disbelief".

En el espacio electrónico, la persona se expone -una exposición que es un riesgo pero también una exhibición. Exhibirse para existir, podría ser la consigna neocartesiana; la atracción de la imagen en pantalla: un cuadrado donde algo se exhibe y algo se oculta pero ya no representa.

A principios de siglo K. Kraus advertía sobre "la falta de defensa del individuo frente a la técnica". Como todavía no había otros medios, concentra sus ataques contra la prensa: la parcialidad de la información, la falsedad del prestigio, la difusión de la impostura, la imposición de criterios y el autoritarismo de discursos que se valen de la mayor violencia: la que no se nota, ni se ve ni se dice.

Como en un cuento de Borges (1940), o en una novela de Bioy Casares (1940), la eficacia tecnológica está por desplazar al mundo. Cuarenta años después, Virilio (1980) hablaba de una estética de la desaparición. Atribuía a las prótesis de la visión la saturación que disminuye la capacidad de ver; a la velocidad de los vehículos, la desaparición de la realidad. El hombre ya no se desplaza: "dispara"- se dice en español para designar una práctica de velocidad que se identifica con la acción de un arma: "disparo", ¿corro o tiro?, ¿huyo o mato? Es necesario reconocer la transformación o anulación de las circunstancias en ese "espacio-velocidad" donde uno se encuentra en un aquí y ahora que no se radica ni ocurre en ninguna parte: now/here-nowhere.

No fue el único Agamben en reconocer la imposibilidad de la comunicación que es la paradójica competencia de "periodistas y mediócratas".(3) Más explícito, continuaba Virilio: "El cuarto poder (...) es la única de nuestras instituciones capaz de funcionar fuera de todo control democrático eficaz" (...) "en democracia todos tienen derecho a la información (...) sin embargo, el cuarto poder se encuentra fuera de la ley o por encima de las leyes".(4) Toda crítica dirigida contra los medios permanecerá ignorada por el gran público, simplemente porque los medios no cederán el espacio de difusión necesaria. Luhmann se pregunta ¿cómo observar la sociedad desde fuera? Desde la paradoja del mentiroso a la lógica sin salida del diferendo, el dilema recorre el pensamiento desde el fondo de los tiempos hasta el universo concentracionario. Ya se sabe: ni poesía, ni historia, ni ideología, ni teoría, ni conocimiento absoluto después de Auschwitz: imposible imaginar, pensar, escribir, documentar, ver como antes. Luhmann señala la imposibilidad de la comunicación como una propiedad inherente a la comunicación: "Una comunicación no comunica [mitteilen] el mundo, lo divide [einteilen]. Como cualquier operación de vida o pensamiento, la comunicación produce una quiebra. Dice lo que dice; no dice lo que no dice."(5)

Los medios no tienen otro objetivo que los propios medios; pero esa carencia de finalidad es también una carencia de fin, un proceso que no se termina; es esa una de las premisas de los medios: en lugar de revelar, los medios hacen desaparecer lo que muestran pero, sobre todo, hacen desaparecer lo que no muestran. No es solo una desaparición doble, es la mayor desaparición. El discurso crítico no permanece ajeno a esta disolución mediática que retiene como rehén la realidad tanto como la ficción, controlando sus análisis y discusiones.

Luego de argumentar sobre las dificultades y responsabilidades que comporta la enseñanza universitaria de la literatura, un discurso presidencial (6) de la Modern Language Association reclamaba la realidad, con todas sus contradicciones, como el objeto temático y disciplinario "par excellence" de estos estudios. No hace falta reiterar que, desde hace unos años, quien se refiere a la realidad, suele escribirla entre comillas o, para peor, si se atreve a nombrarla, acompaña la mención por un gesto patético, más que analógico, que cuestiona los sentidos de la palabra y, sobre todo, la validez de su referente; una mención doblemente paródica burla, por medio de la imitación, a una tipografía subsidiaria, una escritura carnavalizada por el gesto, la existencia de cualquier realidad fuera del texto; una impugnación que se ensaña con la realidad pero que, llamativamente, no afecta (a) la ficción.

Los misterios del conocimiento

En más de una oportunidad ya se ha hablado de la visión globalizadora, una segunda naturaleza que, Carlos Real de Azúa, un investigador de la teoría literaria, de la historia cultural, de la ciencia política y de la literatura nacional, hacía suya.

En esta instancia, solo se pretende llamar la atención sobre aspectos de una figura que, a pesar de la felicidad de su naturaleza genial, me atrevería a calificar de "misteriosa", si se puede entender por "misterio" aspectos imprevisibles de un conocimiento sin límites. No se trata de reverencias de sacralización, solemnes o sagradas, que precipitaran, por elogio, "la pendiente hacia la magnificación como un descuido de las proporciones mesuradas"; son sus palabras. Sin embargo, la pluralidad del desconocimiento -de Real de Azúa, de su obra, y de las razones de ese desconocimiento doble- constituye una constante del desconcierto.

Por la vastedad y variedad de sus temas, por la perspectiva universal con que consideraba las particularidades del acontecimiento local, por la profundidad hasta ahora incomparable de sus numerosos trabajos, por el estatuto fronterizo que defendía como voluntad por instalarse en los bordes epistemológicos, por su aproximación a los aspectos "geográficos, histórico-políticos, sociológicos", que deberían contribuir a la formulación y consolidación de los "criterios teórico-críticos" necesarios para abordar los temas que nos interesan, la atención a Real de Azúa parece cada vez más pertinente.

Si se puede considerar a Borges como emblema de una época definida por los entrecruzamientos culturales, acentuados por la imaginación estética de sus ensayos, la lucidez intelectual de su poesía, Real de Azúa bien puede ser emblema de la erudición creativa y de la impugnación sistemática de las verdades consabidas. Crítico severo de los ombliguismos que niegan la distancia de la apreciación crítica, deploró la actitud "parroquial y localista", que se permite prescindir de conocimientos que cruzan las fronteras y de los movimientos que el siglo ha favorecido.

Sin proponérselo, hizo de la sabiduría una práctica estética, del genio, una condición natural de la realización. Por eso, uno de los aspectos que interesa investigar sería las causas de ese misterio plural. Tal vez, también este caso, con diferencias de época y de género, forme parte de un paradigma más amplio donde se incluiría a quienes han sido objeto del desconocimiento que una revisión de la historia literaria podría reparar. Similar al rescate que realiza Haroldo de Campos de Gregório de Mattos "uma espécie de demiurgo retrospectivo, abolido no passado para melhor ativar o futuro" se plantee la "questão da 'existência' (...) mas, sobretudo, a da própria noção de 'historia'" que- en términos de Haroldo- "alimenta a perspectiva segundo o qual essa existência é negada, é dada como uma não-existência (...)." (7)

Como otros críticos de su generación -Emir Rodríguez Monegal, Angel Rama- Real de Azúa alternaba las obligaciones de su tarea docente, las gestiones de su investigación, con una actividad periodística intensa. Si bien la categorización es discutible, ya que sus escritos podrían ser considerados antiperiodísticos, el hecho de publicarlos en periódicos uruguayos, de haber creado una expectativa de lectura en quienes seguían atentos la peculiaridad de sus artículos tanto como la publicación de sus libros, validaría una condición que no condice con la normalización mediática: aunque sus temas eran de actualidad y lo siguen siendo, no dependían de las vicisitudes que hacen de lo cotidiano una materia en fuga.

Aunque su escritura siga irradiando chispas de precisión esclarecedora, su complejidad constituye, todavía ahora, un desafío a la inteligencia, así como los desbordes de su pensamiento desafían las limitaciones del método. Si la aspiración sintética es requisito del estilo mediático, los ensayos de Real de Azúa se extendían, como si se tratara de una novela por entregas, a lo largo de números, a veces consecutivos, a veces discontinuos. Si el medio periodístico exige la simplificación de diagramado para asegurar el deslizamiento de una lectura fluida, la proliferación incontenible de notas que se encaramaban sobre el texto mismo, en una época en que la computación no facilitaba su inserción mecánica, apartaban sus artículos de la corriente de un discurso prensado que no se caracteriza por los saltos de una lectura, que son propios de los tratados académicos más que de una publicación a la que, según dicen los prejuicios, "deben acceder todos", cuando acceder es "consentir" o "alcanzar", o las dos cosas.

Saber es comparar

Comparar y conocer se asocian en una acción epistemológica común ya que no es posible com-par-ar sin asimilar, sin remitir -que no es reducir- a tipos o categorías aquello que no tiene par o, precisamente, por no tener par se considera. ¿Cómo conocer sin abstraer, sin generalizar, sin la construcción de paradigmas que se desconstruyen consecutivamente, una tipología que la singularidad de la obra y del pensamiento impugnará en cada caso?

En este sentido, un fragmento de su Antología del ensayo uruguayo, puede ser un punto de partida para un cuestionamiento que, formulado hace 30 años, sigue en vigencia:

El tema nacional, por fin, la entidad de "lo uruguayo", (...) configura un objeto de conocimiento que está reclamando la conexión interdisciplinaria (...). Pero como el conocimiento salta sobre sus propias cautelas, como la avidez colectiva por una introspección directora es demasiado urgente, también el ataque informal del ensayismo quiere dar cuenta de la tarea. La observación inteligente, la decantada experiencia personal, un instintivo sincretismo de nociones más o menos seguras se ponen a hilar. Se trata de saber qué es el país. Cuál es nuestra consistencia como nación. Cuáles sus calidades y sus defectos, sus ventajas y sus lastres. Cuál es la razón y los antecedentes de su extrema singularidad política. Qué rostro dibuja su previsible destino. Qué entidad tienen las fuerzas: económicas, políticas, sociales que lo dirigen. Cuáles son sus estructuras y qué firmeza poseen. Cuáles son sus diferencias con otras comunidades vecinas y otras más lejanas: hasta dónde puede hablarse de una 'personalidad nacional' diferente (aún de una mistificada 'uruguayidad'). Se quiere , también, más modestamente, despejar el interrogante de si hay una psicología colectiva, 'nacional', un repertorio de rasgos, de modos que los uruguayos, mayoritariamente, compartan. Cuáles son los objetos, las prácticas, las rutinas, los ideales, las devociones que permitan inferirla. (¿El mate?¿el tango? ¿Carlos Gardel? ¿la quiniela? ¿la jubilación temprana? ¿el fútbol? ¿el cinismo cívico? ¿el conformismo manso y ventajero?). Se aspira establecer la real, auténtica entidad de los valores nacionales, la causa de la postergación de unos, de la hiperbolización de otros, las inferencias que de estos hechos se desprendan. Cuál debe ser nuestro rumbo entre las potencias y las fuerzas mundiales, qué medida tienen nuestras afinidades con el resto de Iberoamérica, cuál la de nuestra insularidad, la de nuestra introvertida superioridad respecto al continente que nos rodea. Qué actitud: la conformidad apacible, la insatisfacción desafiante, las condiciones estables del país, su situación presente, justifican."(8)

Habría que aludir, en primer término, a la fatalidad comparatista de Carlos Real de Azúa, no solo por la singularidad especulativa de su reflexión teórica, que articulaba diferentes aspectos del pensamiento universal, en su práctica literaria, inevitablemente compleja. Asimismo por la naturaleza abarcadora de su avidez, que no podía dejar de observar el acontecimiento literario en relación con acontecimientos de otra índole, de otra procedencia, de otros tiempos, de otros lugares. Para Real de Azúa el conocimiento no era sino la apuesta intelectual que "ponía en juego" -también en su sentido lúdico- la realización de una condición simbólica que contraía diferentes campos del saber.

Sería difícil definir la posición de Carlos Real de Azúa en el campo de la Teoría Literaria, una definición a la que la originalidad de su pensamiento, la peculiaridad de sus cursos, la dispersión temática de sus escritos, se resiste cada vez más. ¿Cómo definir a Real de Azúa? ¿Cómo restringir las expansiones de una naturaleza digresiva a las limitaciones de un campo disciplinario, si fuera solo uno? La inasibilidad de su figura en fuga, las elusiones de su discurso desbordante, la multiplicación de sus artículos, notablemente prolongados por el despliegue de anotaciones tan precisas como imaginativas, se sustraen a los criterios de clasificación convencional.

Tampoco es fácil componer su semblanza a partir de las escasas fotografías furtivas tomadas a su pesar. Así como Real de Azúa evitaba cualquier alusión a su persona en sus propios escritos y conversaciones, derivando el interés del discurso hacia asuntos generales, por medio de una suerte de distracción controlada que era una de las estrategias de su recato, eludía toda representación de su imagen: sin dramatismos, sabía que "le moi est haïssable", pero sin frases sentenciosas. Solo se trataba de una ausencia natural, una prescindencia de sí, ni temor ni tema. En vida, era difícil fijarlo; ahora, transcurridas varias décadas después de su muerte, es el monumento en movimiento de su reflexión transteórica el que continúa sustrayéndose a los límites y recortes de una definición que, por definición, los requiere.

Así como Real de Azúa, en un ensayo magistral sobre el ensayo,(9) en lugar de definir este género empezaba por cuestionar la posibilidad de definirlo, interrogando desde el título,"¿Un género ilimitado?", se podría empezar por la misma fórmula modificándola apenas: "Carlos Real de Azúa: un genio ilimitado", o también en forma de pregunta. Sería un reconocimiento otorgado a su genio y, además, daría entrada a una de las cuestiones teóricas que le conciernen. El genio impugna al género tanto como a las convenciones que lo limitan; ni limitable ni imitable, el genio no se conforma a/con la definición que es un límite ni a/con los estereotipos que, como modelo, intentan replicarlo.

Real de Azúa leía de todo, recordaba todo lo que leía y, sin hacerse notar, sin hacerlo notar, solía ilustrar a especialistas sobre sus respectivas especialidades porque, sobre todo, él no era un especialista: desde la literatura uruguaya, la teoría literaria, la literatura universal hasta la historia nacional, continental, la ciencia política, las ciencias sociales, el espectro de lecturas, la lucidez abrumadora de sus análisis y comentarios provocaban la asombrosa admiración que rehuía.

Clases y categorías, cuadros y esquemas rechinan entre sus papeles sin llegar a contener una naturaleza excesiva que, excediéndolos, no los suspende. Incluso en nuestro país, todavía su obra es conocida en forma parcial pero aunque se han publicado póstumamente algunos manuscritos, tampoco esas iniciativas abarcan la totalidad de su obra. Pero si esa totalidad llegara a conocerse, tampoco representaría el acontecimiento "Real", un acontecimiento en persona, una personalidad de particularidades excepcionales que la circunstancia colma de ocurrencias incontables, que la escritura no solo no llega a registrar sino que, al intentar fijarlas, las suspende. Genio y figura..., en vida o después, siguen alejándose. Tal vez sea esa inasibilidad una de las primeras dificultades que se presentan al examinar su persona y su obra. Pero hay otras dificultades.

Diferencias entre pares

En alguna oportunidad anterior, con el fin de presentar a Real de Azúa a un público que no lo había conocido, tomando en cuenta varias condiciones comunes y alentada, además, por coincidencias llamativamente semejantes, traté de establecer una comparación entre Real de Azúa y Roland Barthes. Nacieron casi al mismo tiempo, morían por los mismos años; las afinidades docentes y disciplinarias no disimulaban, a pesar de su dedicación, una apasionada reflexión sobre las alternativas de esta época inquietante, conciliada con una inclinación nostálgica hacia otras épocas, la preocupación profunda por la teoría y realización de una escritura literaria, por la formalizaciones epistemológicas, por la indagación de los hechos y las versiones de los historiadores. Una biografía paralela en la que contaba, en ambos casos, la relación entrañable con una madre que, sin excluir otros afectos, los postergaba.

Eran bien parecidos: la misma irradiación magistral, una cordialidad inteligente, cierta ironía sesgaba con humor un diálogo siempre animado por la espontaneidad de observaciones tan profundas como imprevisibles. Erudita y risueña a la vez, la conversación se desequilibraba por la admiración de un interlocutor que, atónito, no disimulaba su estupefacción. Incluso, la semejanza era física; la estampa atractiva de elegancia displicente y algo así como el aura de una distancia intelectual que, sin intimidar demasiado, los distinguía por un tono similar. Para una época en que el nomadismo académico ya había afianzado sus rutas en rutina, era poco lo que Real de Azúa y Barthes se apartaban de su entorno. Atentos a su tiempo -eran los mismos tiempos- no sorprende que plantearan temas afines con discursos propios; fundadores de discursividad, ambos prestaron al ensayo, uno en su medida y el otro por desmesura, una modulación que lo diferencia y consolida literariamente. Hasta ahí, entre otros, ciertos parecidos.

Si Gilles Deleuze reconocía en Barthes el ejercicio de "una filosofía de la facilidad, de la comodidad o de lo cercano" (une philosophie de l'aise)(10), habría que reconocer, en cambio, que Real de Azúa practicaba una "filosofía de lo arduo", recordando que arduus alude no solo a las condiciones de dificultad sino, originalmente, al terreno escarpado, de gran altura, las cumbres ásperas, las cimas inaccesibles.

Considerados en su conjunto, por tema y visión, los textos de Real de Azúa, producen ese vértigo desde una cumbre que no pasa, por alto, por altura, la exactitud. A partir de esa opción ardua, de esos riscos que son su espacio, arriesga el estudio que dedica al poder: "El tema de los que mandan, en suma, es tan fascinante y abarcador como difícil", y no es el poder sino las dificultades de la cúspide que le atraen. Su atención ininterrumpida a los personajes y claves del debate latinoamericano (Martínez Estrada, Sarmiento, Mallea, Rodó, Zum Felde), regional y nacional, a los grandes temas históricos, políticos, estéticos, a los autores mayores, al patriciado -la clase social de la que procede pero de la que se aparta para legitimar su observación e independencia- a la "sociedad amortiguadora" que, tal como la designa y define, es la uruguaya.

Pero la comparación con Barthes habilita todavía otra oposición que, por significativa, por pertinente, no quiero evitar. Si bien Real de Azúa conocía la obra de Barthes, Barthes desconocía a Real de Azúa, y la injusticia simétrica del quiasmo cruza el mundo en todos los sentidos. No es esta la oportunidad de analizar el desajuste abismal entre la curiosidad enorme y minuciosa que Real de Azúa dispensaba al mundo y el desconocimiento que el mundo hasta ahora le reserva.

Todavía no se le ha dedicado al escándalo de esta desproporción la atención que requiere: consentido con tolerancia indolente y diminutivos afectuosos por sus compatriotas -no solo los más allegados solían decirle "Carlitos"-, ignorado por los demás, configura otro aspecto de la vigilante ignorancia que omite a otro crítico notable de su generación, Emir Rodríguez Monegal, quien, celebrado en todo el mundo, hasta hace poco seguía conocido-no-reconocido por la des-intelligentsia de su país, que es el nuestro. No descarto que las semejanzas de esta simetría violenta respondan a las mismas fuerzas.

En Real de Azúa, las dificultades de definición sobre las que tanto me interesa insistir no radican en fallas lógicas o metodológicas que traben la comprensión de su obra ni en la inconveniencia de planteos confusos ni en abusos del léxico ni en rebuscamientos de su erudición. En su caso, las dificultades derivan, sobre todo, de la convergencia inusual de perspectivas diferentes, que contextualizan aspectos opuestos en una misma observación y, por usar un término que Real de Azúa frecuentaba, del "clivaje" que estratificaba los objetos observados en una serie imprevisible de capas y fracturas, planos estriados distinguidos por su indagación. Sin excluirse adversamente, sus puntos de vista extienden el análisis, lo dispersan en distintos sentidos, abriéndolo. Sin embargo, Rodríguez Monegal presentaba a Real de Azúa en estos términos:

De los escritores importantes del 45, Real de Azúa (nació en 1916) es sin duda alguna el que escribe peor. Es también el que organiza más desordenadamente sus libros (El Patriciado Uruguayo empieza con una llamada que remite al lector a una advertencia que figura como apéndice y que cualquiera hubiera puesto como introducción); es el que ha padecido menos la popularidad. Todo eso no impide que Real sea el ensayista más valioso, el más típicamente fermental y enriquecedor de su período. Alguien ha hecho la observación de que Real de Azúa es capaz de convertir un telegrama en un tratado de diez volúmenes; otro acuñó hace tiempo y en MARCHA la frase: Real colabora una sola vez por año pero colabora todo el año... (11)

No acaban ahí "las paradojas de Real de Azúa"

Limitar, darle fin a un examen, acabarlo, impone un freno a la profusión inherente al fenómeno pero no quiere decir que, por terminada o detenida, la verdad quede asegurada. Ordenar la realidad no es suficiente si no se cuestiona el propio orden; la claridad no siempre repara ni compensa una parcialidad que no es todo pero se define y defiende como si lo fuera.

Desde los orígenes de la creación y sus reflexiones, la convención estética tolera, en el lenguaje poético, un hermetismo que se niega al ensayo, un elogio de la sombra, de la oscuridad, que el poeta entiende como la primera gentileza que debe ofrecerle al lector. Es sorprendente que el consenso de oscuridad haya sido privativo solo para la poesía. Teorizando sobre la novela, hace décadas, Bajtín reclamaba para esta narración literaria un texto disipado en varios registros, varias voces, penetrado por los discursos de otros sujetos y otros textos, una "polifonía" que impugnara, en varios sentidos, la univocidad compacta de una sociedad cuya homogeneidad discutía. ¿Por qué entonces, el ensayo no debería habilitar incertidumbres corales, zonas de sombra y resistencias? ¿Por qué se atribuiría al ensayista el monopolio de adoptar un punto de vista, uno solo, el doctrinario, impuesto?

Son demasiado conocidos los argumentos en contra de esta filosofía de lo arduo que interponen "los fantasmas de la claridad", que son los fantasmas de siempre: uniformidad, transparencia, coherencia, un orden o una orden, esos requisitos inherentes al discurso autoritario que sirve para imponer una verdad, no más de una, reivindicando las definiciones del lenguaje indiscutido o las llanezas del lenguaje periodístico; una facilidad sospechosa dedicada a "la gran mayoría", que se codicia tanto como se desprecia: ¿quién se arroga y desde dónde una condescendencia explicativa que pocos piden y tantos siguen? ¿Por qué no se protesta contra dogmas y normas que consignan la información, una información en consignas que diciendo tan poco igual redunda? Sin embargo, no está mal hablar de lo que todos hablan pero no estaría de más hablar de lo que nadie habla.

Es precisamente en esa voluntad de no evitar las complejidades de un mundo complejo de donde procede la opción problemática que prefiere atender las dificultades mediante una reflexión áspera contra concesiones que aseguran solidaridades indolentes. Es habitual la resistencia del lector contra esa disposición ardua; otras veces se oye el rechazo de quienes aseguran discrepar con las posiciones de Real de Azúa. Pero ¿cuáles de ellas? ¿Cómo discrepar con quien las encara todas sin dejar de cuestionar el propio discurso? Un discurso en discusión permanente, que no excluye la quiebra, la fractura, el fragmento, la cita, las referencias a teorías abiertas a otras voces, donde ninguna tiene la primera ni la última palabra.

En alguna oportunidad cabría asimilar la minuciosidad de sus especulaciones a la percepción insoportable de Funes, su memoria infalible a la del personaje de Borges o, sin apartar su ficción, a las precisiones representativas de una ciencia demasiado exacta, donde la descripción deja de ser tal por la coincidencia perfecta entre la representación y lo representado. Recurrentemente la ficción narrativa de varios escritores latinoamericanos ha fraguado fantasías diversas para resolver el conflicto de quien se debate entre la necesidad de conceptualizar por medio de los modelos mentales que habilitan conocimientos parciales y la invención de máquinas que los extiendan. Sin embargo, tomando en cuenta esa plurivocidad, la estratificación de su pensamiento, el itinerario discontinuo que evita el lugar común de una verdad o teoría establecida, no confundiría el registro de Real de Azúa con la uniformidad de una visión totalizadora ya que, más que a la totalidad, que atenúa las diferencias, es a la heterogeneidad que su visión se dirige.

Decía A. Rama en su obituario:

...tantos análisis de la realidad de América Latina y en particularidad de la cuenca platense, tantos fulgurantes bocetos renovadores de las tesis imperantes en materia de historia, de pensamiento, de crítica literaria, a los cuales proporcionaba luego un aparato documental de tal envergadura y de tales proyecciones universales, que muchas veces él mismo era vencido por esa acumulación y esa incesante floración de sus planteos. (12)

De la misma manera que había procedido cuando se propuso definir la literatura por medio de una fundamentación pormenorizada de sinonimias que abordan la escritura desde distintos puntos de vista, sus estudios de teoría literaria entablaban criterios diferentes basculando entre nociones opuestas, que marcaban el recorrido verbal de un pensamiento articulado críticamente a partir de una sucesión de pensamientos y doctrinas que utilizaban términos afines y rivales, una estrategia de la reflexión que, como el mundo, empieza por el lenguaje. Sin veleidades filológicas ni preciosistas, por honestidad intelectual más que culteranismo, su obstinado rigor se concentra en reflexiones terminológicas, historias de conceptos, en "la idoneidad de vocablos aptos para abarcar e inteligir el fenómeno"; son sus palabras.

Las relaciones entre poder y discurso, discurso y verdad, verdad y dominación, dominación y orden, orden y conocimiento constituyen un tópico de la reflexión contemporánea. De la misma manera que, al teorizar estos tópicos, Foucault se sustraía a las categorizaciones establecidas ya que no podía ser considerado ni como sociólogo ni como historiador ni filósofo ni como un teórico del poder político, Real de Azúa pertenece a esa suerte de cartógrafos visionarios que registran la aventura del conocimiento. De ahí la dificultad, el desafío de una visión centrífuga a la que no le cuadran los esquemas regulares de las asignaturas en vigor. En el mismo artículo que le dedica Rama poco después de su muerte, agrega:

Creo que fue su tendencia culturalista y el imperio que ejerció sobre él la historia, lo que lo condujo gradualmente a alejarse de las artes y la literatura, transformándolo en un analista del pensamiento y la política uruguayas y latinoamericanas y, de hecho, en un crítico de la cultura. (13)

Hasta aquí la resistencia a la definición, las dificultades propias de un texto abierto y dialógico, incrementadas por leyendas que corren acerca de un discurso respetado pero desconocido, de una polémica excéntrica, animada de un rigor insólito. Tal como lo señaló Tulio Halperin Donghi, su gesto de alejamiento nunca es "un soliloquio colérico" sino la manifestación de la gozosa soledad de un investigador que no persigue otro fin que la propia investigación, una investigación sin fin, sin utilidad o sin conclusión, más allá del conocimiento, el placer.

Ante las exploraciones rigurosas pero interminables de textos ajenos, no debería llamar la atención su despreocupación personal con respecto a manuscritos propios, finamente elaborados, formalmente acabados pero inéditos algunos que ocupan, entre unos y otros, un inventario bibliográfico de dos páginas de formato tabloide.

Las preocupaciones intelectuales de Real de Azúa exceden las previsiones curriculares; es conocido el interés desinteresado y la prodigalidad casi mítica de su erudición, la concurrencia de elaboraciones literarias, filosóficas, históricas y políticas en una acción intelectual que identifico, a partir de Real de Azúa, como uno de los rasgos de excelencia de la identidad americana. Un modelo en emergencia, la clase de quienes ignoran las clases, rechazan las clausuras sociales o culturales, abriéndose a otros medios, sin privilegios de origen, de nacionalismos reductivos, provincianos o personales que esgrimen quienes solo están interesados en promover una cultura porque es autóctona, un idioma cuando es, redundantemente, el propio, una obra solo porque es suya.

Un programa como forma de acción

A manera de apéndice y por su carácter representativo, interesaría considerar su consagración al estudio de la teoría literaria a partir del "programa" monumental que concibió para esta disciplina. Desplazado por un remedo menor, el programa fue descartado, sin más, sin razón, sin que se haya reparado el desatino. Inicialmente había propuesto la organización de una cátedra que denominó "Introducción a la estética literaria" a principios de los cincuenta, que devino "Teoría Literaria", una fórmula más corriente que la original pero que, en los hechos, era desbordada, en sus límites específicos, por la necesidad de reflexiones globalizantes y planteos comparativos, literarios y extraliterarios, que solían incrementar lo específico para abarcar otras formas de realización y especulación artística y filosófica.

El programa aparecía estructurado dinámicamente como un trabajo in progress y a la vez acabado, una obra perfecta pero incompleta, una suerte de tabla de nociones teóricas similar a la que Mendeleiev había diseñado para el registro de los elementos. Todas las nociones figuraban en una comprensión armónica, cada punto ocupaba su lugar justo, en la medida justa, con la descripciones de atributos correspondientes según la vigencia del conocimiento que se había alcanzado hasta entonces. Pero, a diferencia de la tabla de elementos químicos, a diferencia de un sistema planetario o de una distribución numérica, se observaba en ese programa de teoría literaria una dinámica del pensamiento, una dialéctica de formulaciones, una observación de fenómenos, de casos, de evolución de las ideas, de tendencias y corrientes que, como señala Emir (14) a propósito de su ejercicio crítico, "pone en evidencia esa doble dimensión, inmanente y trascendente de sus inquietudes". Su registro abierto se hacía cargo de todo, incluso de lo que todavía no se había formulado pero que, en cierto sentido, se podía prever. Más que con huecos, ese catálogo orgánico se articulaba formando pliegues que se iban desplegando a medida que la aparición de cambios requería la flexibilidad de un compartimiento nuevo; el inventario daba lugar a la invención y se adaptaba, sin forzar sus formas, a las novedades que se producían en el transcurso del pensamiento literario y estético. Es curioso; Real de Azúa había inventado con ese programa un verdadero programa: una escritura que estaba por hacerse, generaba una textualidad que se extendía hacia el futuro más allá de lo que puede ser un temario detallado minuciosamente para guía del profesor y del estudiante. Aquello no era la descripción anticipada de lo que debía llevarse a cabo durante el desarrollo del curso sino que anticipaba, sin la ambición de proponérselo, el programa del pensamiento occidental en temas que abarcarían el conocimiento de las letras y de las artes en décadas.

No eran más de quince hojas interminables y no habría que limitarlas a una cifra determinada, como nadie contaría los fragmentos en un vitral; hojas largas amarillentas, ya eran viejas antes de empezar a usarlas. Al dorso en blanco de páginas usadas, profusamente escritas a máquina, con anotaciones que Real de Azúa apuntaba en los márgenes reducidos, duplicaba renglones y columnas que no alcanzaban para datos y detalles que agregaba por anexos. ¿Qué palimpsesto iluminado hubiera diseñado para esta época de discursos en pantallas superpuestas? En esa acumulación nada sobraba; la articulación ajustada de temas y puntos no impedía que aparecieran libres o librados a su propia energía. Animados, se multiplicaban como si hubieran mantenido entre ellos relaciones textuales secretas.

Bastaba la necesidad de considerar una nueva teoría para que encontrara en aquellas páginas el sitio preciso donde -denominados en forma diferente- figuraban. "De todos los críticos del país, Real de Azúa es el que tiene un sistema más amplio de referencias",(15) reconocía Emir, quien se encontraba entre ellos. Formaban parte de su programa los autores más representativos u otros que, desconocidos, empezaban a ser representativos a partir de las referencias, consultas, lecturas a las que era imposible sustraerse.

La aventura de internarse en esa enciclopedia imaginaria que eran sus referencias bibliográficas y descubrir un mundo a través de menciones que no agotaban los temas, más bien los prolongaba en galerías de espejos interminables, referencias históricas y epistemológicas: épocas, corrientes, universos del conocimiento que, distintos y distinguidos, no parecían parcelarse ni parcializarse. Eran piezas armadas de un puzzle gigantesco pero combinadas según sus propias reglas; había que conocerlas, si uno retiraba una pieza, el resto se recomponía, los contornos se regeneraban ante cada supresión o introducción y el todo no sufría.

Gracias a una rara captación de lo fundamental, no solo figuraban ahí las referencias correspondientes a los autores sino que Real de Azúa lograba descontextualizar, con el prodigio de la autonomía poética, la palabra, la frase breve, la frase un poco más extensa que resumía toda una obra, todo el pensamiento en la cita fragmentaria de un texto mayor y recontextualizarlo, vertiginosamente, mediante la referencia histórico-política que la reinscribía en su realidad:

Hay en Real de Azúa una pasión política y hay también una pasión histórica. Las dos están entrañablemente unidas pero su inteligencia le permite distinguirlas y aprovechar conjuntamente sus aportes para una visión tercera que supera a las dos: una visión trascendente. (16)

concluye Emir. La visión de lo fundamental, en tanto supone lo básico y lo profundo: la verdad y sus versiones, la teoría y sus visiones, la doctrina, sus interpretaciones, una corriente y sus contracorrientes.

Rama resume su perspectiva en otros términos:

hacía de la función intelectual una ética (por lo cual se le podía emparentar al zigzagueante camino de André Gide y a su misma persecución de la autenticidad en un mundo cuya opacidad exigía constantes esfuerzos de reconversión y adaptación); contribuyó a desarrollar un pensamiento siempre crítico, forzosamente independiente, cuyo campo de ejecución solo podía ser el de oposición: de ahí que sus mejores contribuciones se desarrollen mediante el enfrentamiento con tesis o sistemas, los cuales sometía a nervioso análisis y los invadía de un pensamiento desarticulante y problematizador. (17)

Alternativas de una erudición tan seria como regocijante que nunca llegó a mitigar la "alegría de ser inteligente ",(18) la complacencia en la búsqueda de saber y de saber que no termina.

La disposición textual laberíntica -emblema de lo múltiple según Deleuze- no solo contenía los datos de un pasado, el pasado del conocimiento literario sino que, y eso sigue siendo motivo de estupor y estudio, ya contenían los frutos del futuro, una precoz recolección de las cosas que vendrán. Años después de su muerte, los temas de actualidad teórica se verificaban preformados en el programa, anticipados como en un código genético. Ahí también estaba lo que iba a estar, estaba lo que será, es decir, lo esencial. Sin proponérselo, sus análisis y postulados descubrían doctrinas, discutían precedentes históricos que se internaban en las profundidades arqueológicas de un pensamiento filosófico universal.

Como Rodó, como Borges, Real de Azúa es uno de esos latinoamericanos que han alcanzado plenitud en la ambivalencia, conciliando la conflictiva herencia de sus ancestros con la novedad en la síntesis, una contracción de lo universal y lo particular, sin apartarse de lo latinoamericano, lo austral. Sin renegar de su tradición ni de los descubrimientos más recientes, Real de Azúa indaga, por lo menos, en dos direcciones, para conocer y reivindicar un pasado con el que siente más afinidades que con su tiempo pero sin dejar de escrutarlo. Halperin Donghi quien conoce, sin duda, mejor que nadie su obra y personalidad, advierte "una nostalgia por el Uruguay pastoril, (...) el de un paraíso perdido, que sabe irrecuperable y no desea recuperar, pero que se enorgullece en añorar." (19)

Los historiadores, sociólogos, los hoy llamados politólogos, críticos literarios y de la cultura, citan sus aciertos; aún hay testigos más o menos directos que entrecruzan sus anécdotas, profesores que las transmiten a sus discípulos. Hace unos años se le dedicaron algunas publicaciones,(20) una notable antología de escasa tirada circula discontinuamente, una sala en una de las facultades de la Universidad de la República lleva su nombre pero su obra, expuesta a los riesgos del mito, es solo fragmentariamente conocida.

El impulso y su freno (21) es el título que designa uno de sus tratados políticos, donde la contrariedad de los términos yuxtapuestos no se resuelve en una dialéctica simplificada de oposiciones drásticas. Tal vez sean las figuras de ese contrapunto plural una especie de emblema adecuado para bosquejar el curso de su biografía intelectual, estética y vital. La proclividad mística natural de su impulso impide la institucionalización de un pensamiento creador que no deja de sorprender tanto por la singularidad de sus excelencias como por las reticencias de una repercusión inexplicablemente sobria. Al final de ese libro de 1963, Real de Azúa enumera las características de una época particular en su país pero, a pesar de las precisas circunstancias históricas a las que se atiene, el recuento no se contrae a los límites nacionales aunque insinúa las omisiones en ese "país de cercanías" que es el suyo. Habla de "un mundo de grupos supranacionales crecientemente erizados y resueltos a lograr su autosuficiencia", de "un mundo sometido a las terribles presiones del espíritu acreedor de la sociedad de masas," de "un mundo donde una revolución de tecnológica cibernética y automatización marcha" a pasos demasiado grandes arrinconando a nuestras patrias, "en el que todas las convicciones, valores, vigencias que fundan instituciones, pautas de conducta, relaciones, se enflaquecen hasta desaparecer y no tanto la publicitada angustia como el sinsentido, la indiferencia, la ajenidad a todo, ocupan su sitio."

Lisa Block de Behar
Universidad de la República


1. El Coloquio tuvo lugar en Porto Alegre entre el 19 y el 21 de setiembre de 1995. El texto que se publica ahora es similar, sustancialmente, al que presenté en esa oportunidad, incluido posteriormente en O discurso crítico na América Latina. Edit. Tania Franco-Carvalhal. Instituto Estadual do Livro - USINOS. Brasil, 1996. Algunos pasajes fueron publicados en Cuadernos del CLAEH No.42, 1987.
2. F .Fellini. E la nave va... . Film de 1984.
3. G. Agamben Les moyens sans fin. 1993. P.92
4. P. Virilio. L'art du moteur. Galilée. Paris, 1993. P. 13 y 14.
5. Nicklas Luhmann. "Speaking and Silence". ["Reden und Schweigen"] 1989. En inglés "A communication does not communicate [mitteilen] the world, it divides [einteilen] it. Like any operation of living or thinking, communication produces a caesura."
6. Patricia Meyer Spacks. PMLA. Vol.110. Nr.3. May 1995. P.357.
7. Haroldo de Campos. O sequestro do barroco na formação da literatura brasileira: o caso Gregório de Mattos. Fundação Casa de Jorge Amado. Salvador, 1989.
8. Carlos Real de Azúa. Antología del ensayo uruguayo contemporáneo. Tomo I. Publicaciones de la Universidad de la República. Montevideo, 1964. Ps.53-54
9. Carlos Real de Azúa. Antología del ensayo uruguayo. Vol. I y II. Universidad de la República. Montevideo, 1964.
10. Gilles Deleuze. MAGAZINE LITTÉRAIRE No. 292. París, 1991.
11. Emir Rodríguez Monegal. Literatura uruguaya del medio siglo. Alfa. Montevideo, 1966. P. 393.
12. Angel Rama. "Carlos Real de Azúa: 1916-1977". ESCRITURA. Teoría y crítica literaria. No. 3. Caracas, 1977. P.35.
13. Ibid. 37.
14. Rodríguez Monegal. Ibid. 405.
15. Ibid. 401.
16. Rodríguez Monegal. Ibid.
17. A. Rama. Ibidem, P.36.
18. Mercedes Ramírez. "Carlos Real de Azúa". JAQUE. Montevideo, 16/7/84.
19. T. Halperin Donghi. Escritos. Arca. Montevideo, 1987.
20. JAQUE. Separata "Carlos Real de Azúa". Op.Cit "Carlos Real de Azúa de cerca y de lejos". Cuadernos del CLAEH. 42. Real de Azúa. Evocación/Provocación. Ruben Cotelo. Cuadernos uruguayos. Ed. del nuevo mundo. Montevideo, 1987.
21. Carlos Real de Azúa. El impulso y su freno. Tres décadas de batllismo. Ed. Banda Oriental. Montevideo, 1964.

 

 


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