Anáfora
e intermediación
Logos semantikos. Studia Linguistica
in Honorem Eugenio Coseriu.
Gredos. Horst Geckeler et al. Editors, Madrid, España.
No decimos lo que pensamos.
Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar.
Se nos acabaron con el calor. Uno platicaría muy
a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo.
Uno platica aquí y las palabras se calientan con
el calor de afuera, se le resecan a uno en la lengua hasta
que acaban con el resuello. Aquí así son las
cosas. Por eso a nadie le da por platicar.
Juan Rulfo
Emprender
un examen de la anáfora constituye, a la altura actual
de los estudios lingüísticos, una tarea previsiblemente
compleja. La efusiva multiplicación de enfoques hace
difícil el planteo de un tema resbaladizo, que se
encuentra en la encrucijada a la que concurren disciplinas
afines -filosofía del lenguaje, lingüística,
semiótica, retórica, poética, etc.-
pero suficientemente diferentes. El planteo se complica
todavía más por las estrechas conexiones que
guarda con concepciones bastante recientes y para las que
todavía no existe la distancia crítica indispensable.
Sorprende (y por eso mismo, aunque estimula, también
abruma) observar que la anáfora -aunque no siempre
se la mencione así explícitamente- tiene relaciones
decisivas con la mayor parte de los estudios en curso. Llámense
análisis del discurso, hipersintaxis, lingüística
del texto, sintaxis textual, translingüística,
etc. (la nomenclatura es sintomáticamente vasta),
estos estudios manifiestan una consecuente preocupación
por el fenómeno anafórico.
Ya E. Benveniste advertía: "Il faut dépasser
la notion saussurienne du signe comme principe unique..."(1).
Propone resolver así -aunque no lo recuerda- una
preocupación por las relaciones intratextuales que
Saussure dejara formulada como problema: "... qu'est-ce
qui, à un certain moment, permet de dire que la langue
entre en action comme discours?".(2) Dice también
E. Coseriu:
Hoy en día se asigna muchas veces
a la lingüística del texto también la
investigación de aquellas funciones idiomáticas
que van más allá de los límites de
la oración, como, por ejemplo, el enlace entre las
oraciones, los procedimientos anafóricos, la anticipación,
la enumeración, etc. (es lo que se llama 'análisis
transfrástico').(3)
Sin embargo, como considera que -aunque complementarias-
es necesario discriminar tareas, aclara:
Pero en este caso, no se trata del texto
como plano del lenguaje en general, sino del texto como
plano (posible) de la estructuración gramatical de
las lenguas. La investigación aludida pertenece,
por lo tanto, a la lingüística de las lenguas,
no a la lingüística del texto.
Ya mucho antes, cuando se preguntaba "Si hay una lingüística
que no sea lingüística del hablar", Coseriu
señalaba dentro de "esta técnica general
del hablar", (...) "la determinación, como
conjunto de operaciones, y los entornos, como instrumentos
circunstanciales de la actividad lingüística",(4)
formulando terminantemente la necesidad de adoptar una perspectiva
lingüística que continúa extendiendo
estos estudios.
De ahí que, tomando en cuenta desde las precisiones
lingüísticas más rigurosas hasta las
expansiones de hermenéuticas todavía en ciernes,
se considere necesario incluir la anáfora como objeto
de estudios que van más allá de la oración.
Por eso las referencias que se multiplican en la organización
de una pragmática del discurso, del estudio de la
lengua en empleo y acción, de las correspondencias
entre enunciado y enunciación, del encabalgamiento
del mensaje en la situación, del mensaje en el código,
de sus propiedades en la determinación de la coherencia
del discurso, de sus funciones intra- e intertextuales,
y también, de su reconocimiento en la configuración
de una estética que se ocupa de los mecanismos de
la recepción, por citar algunos aspectos de las numerosas
labores que la involucran.
El temor a la desmesura impone -entre otros temores- la
mayor discreción a un proyecto que sólo puede
concebirse como tal, apenas una anticipación imperfecta
de una empresa necesariamente más metódica,
minuciosa y extensa, que ya nos compromete.
Por las prevenciones que anteceden y para evitar mayores
dispersiones, se entenderá la anáfora dentro
de las concepciones más tradicionales: un fenómeno
de indicación por medio de pronombres (adverbios,
modos adverbiales, conjunciones , etc.)(5) dentro del discurso
e indicación por medio de repeticiones textuales
-íntegras o parciales-. Así se atiende, sin
distanciarlas, tanto a las extensas consideraciones que
desarrolla K. Bühler, y la inherente vinculación
de la anáfora con el fenómeno de la deixis,
como a las que formulaba la retórica clásica
que -consecuente con sus objetivos- se veía atraída
por los llamativos efectos de repetición, según
la cual definía a la figura, perdiendo de vista la
competencia más sistemática que le cabe a
la anáfora en la dinámica del discurso.
Un precedente inmediato: la deixis
Interesa señalar que la importancia crucial de la
anáfora debe entenderse en varios sentidos. Entre
ellos se destacan las funciones decisivas de la anáfora
en la concepción unitaria
del texto, sobre todo, por su especial posición de
tránsito, es decir, la propiedad de encontrarse a
medio camino, en la intersección de varios planos:
entre el gesto y el signo, entre el índice, la señal
y el signo, entre la oración y el discurso, el metalenguaje
y el lenguaje objeto; articulando el enunciado y la enunciación,
limitando lo semiótico y lo semántico -tanto
en relación a las respectivas disciplinas en general,
como a los dos modos de significar que define Benveniste.(6)
Esta interposición, que instituye un estatuto especialmente
ambiguo, procede seguramente de su asimilación natural
al fenómeno de la deixis. En efecto, confundidas
en un origen común, las anáforas se suelen
valer, en gran parte, de los mismos mecanismos y términos
de la mostración deíctica. Sin embargo, y
a medida que sea oportuno, anotaremos las diferencias específicas
más notables.
La deixis y dos orígenes del
lenguaje
El mundo era tan reciente que muchas cosas
carecían de nombre, y para mencionarlas, había
que señalarlas con el dedo.
Gabriel García Márquez
No se trata de renovar tardíamente una reiterada
solidaridad con teorías que atribuyen al "auténtico
gesto indicativo" (7) la aparición de lo específicamente
humano y que, por rastrearse en viejos mitos, no disminuyen
su rigor ni vigor. Un gesto indicativo que Bühler asocia
con "Las palabras primitivas del lenguaje humano"
y que -invocando la autenticidad- ya no puede disociarse
de otro gesto indicativo consagrado, aquel que Miguel Ángel
representara en el Génesis como la indicación
suprema: el dedo procreador de Dios al señalar al
hombre -indicación y partición- lo crea, asimilando
gesto, gestión, gestación, en una concepción
inefable.
Aunque anteriores, los ademanes indicativos comparten
genéticamente con los imitativos, la etapa prevocal
en la que el hombre logra superar la inmediatez biológica,
segregándose de ella por medio de la representación.
La capacidad de acceso y superación de lo indicativo
a lo representativo -que implica la invención y uso
de signos (o símbolos, en el sentido más general)-
es la misma capacidad que se ha aplicado a definir también
la oposición de lo humano a lo animal.
Suzanne K. Langer pretende proponer una nueva clave antropológica
cuando distingue:
Man, unlike all other animal, uses 'signs'
not only to indicate things, but also to represent them
(
). Most of our words are not signs in the sense of
signals. They are used to talk about things, not to direct
our eyes, ears and noses toward them. Instead of announcers
of things, ther are reminders. They have been called 'substitute
signs'. (8)
Pero además de esta atingencia ínsita a la
naturaleza del lenguaje, la deixis aparece también
como otra mención primaria más, nuevamente
en el origen mismo de cada discurso y en virtud de la cual
el discurso ocurre. Por eso los deícticos son utilizados
necesariamente en la operación de actualización.
Jakobson prefiere hablar de "shifters", adoptando
y adaptando el término de O. Jespersen, para designar
las marcas que en el enunciado presentan las circunstancias
propias de la enunciación.
La expresión deíctica constituye una mención
inicial, tan incoativa como primera, por medio de la cual
se propone la ordenación de las circunstancias, una
construcción básica que establece las coordenadas
de la comunicación. "Yo afirmo que hay que poner
en el lugar O" (el origen de las coordenadas) "tres
demostrativos, si este esquema ha de representar el campo
mostrativo del lenguaje humano, a saber: los demostrativos
AQUÍ, AHORA, YO". (9)
Acción-Dicción
Gradualmente se vio (como nosotros)
aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.
Jorge Luis Borges "El Golem"
Conviene destacar que los términos demostrativos
no constituyen solo un decir; inscritos prioritariamente
dentro de la pragmática verbal, consolidan un decir-hacer
(10) que da lugar al discurso, en primer término,
pero, sobre todo, es un decir-hacer porque la palabra se
profiere como un gesto (con un gesto), que redunda somáticamente
en la literal verbalidad del enunciado.
Esta práctica gestual significante se integra con
acciones somáticas con las cuales coincide pero a
las que -según señala Coseriu- no se identifica:
"los localizadores no son direccionales; sólo
señalan 'región' y 'distancia': la dirección
debe darla el gesto".(11)
En la naturaleza gramatical de los demostrativos participa
también una naturaleza gestual, un gesto vocal, del
que se vale el hablante para distinguir una situación,
localizar objetos y acontecimientos que se encuentran en
el campo de la percepción inmediata o distante pero
a la cual quiere dirigir la atención del oyente.
Integrando la realidad sensible con la realidad interior
del hablante-oyente, los demostrativos sintetizan la inherente
dualidad en la que el lenguaje conforma y confunde la aprehensión
física y la intelección. Decía E. Cassirer:
Así pues, ante la división
del mundo en dos esferas claramente separadas, en un ser
'exterior' y un ser 'interior' el lenguaje no sólo
permanece notablemente indiferente, sino que justamente
parece como si esta indiferencia le fuese necesariamente
esencial.(12)
Saber y sinsabor: el goce contradictorio
del fruto
A mitad de camino entre el signo (significante
y significado) y el silencio, los deícticos (significante
solo), no pueden ser comprendidos sino en relación
con la situación en que se pronuncian; su "significado"
circunstancial es inseparable del "sentido". (13)
POLONIO.- Pues si esto es de otro modo,
separad esto de esto
Shakespeare
Dependiente del ámbito sensorial, la mostración
coincide con las imágenes concretas que no se distinguen
todavía conceptualmente. Adecuado a la instancia
singular, el deíctico indica, no significa; da cuenta
de un referente preciso a la vista pero impreciso al pensamiento,
una imagen que está procurando la formalización
del concepto. Se trata, efectivamente, de un acto verbal
de carácter primario en sí mismo pero a partir
del que se desencadena un proceso cognoscitivo que desborda
lo puramente sensorial.
En las primeras etapas de la adquisición del léxico,
provisto de una competencia todavía precaria, el
niño -de manera similar al filósofo- inquiere
permanentemente: "¿Qué es esto?".
Por medio de una insistencia interrogativa excepcional,
intenta superar la mostración concreta, particular,
y por medio de la generalización conceptual, saber.
Pasa del pronombre al nombre; de la ignorancia al conocimiento.
(14)
Por otra parte, pero sin alejarse demasiado de esta situación,
se observa que una de las muletillas más corrientes:
esp. este
este
y algunas de sus variantes, se
repiten con una frecuencia indeseable en todo tipo de conversación
pero, sobre todo, cuando el hablante, preocupado, pretende
alcanzar un nivel de propiedad, precisión y fluidez,
mayor que el habitual. Puede explicarse como falla, un tic
de lenguaje, excesos inútiles de hábitos viciosos
que se imitan contagiosamente dentro de la misma comunidad
idiomática pero, asimismo, como manifestación
de una carencia designativa que se repite mecánicamente.
Una "atrofia" del deíctico, desprovisto
hasta de la mínima indicación, aparece presumiblemente
aplicado a llenar un vacío nominal provisorio: expresión
involuntaria de titubeo, de búsqueda imprecisa que
pasa de necesidad a hábito.
De la percepción al concepto, de la indicación
al conocimiento, las instancias gnoseológicas se
describen también revisando etimológicamente
numerosos verbos de conocimiento que dan cuenta de una primera
relación de inmediatez sensorial, de contacto y asimiento
concretos, previos a una intelección consecutiva:
al. Begreifen, esp. comprender, captar; fr. saisir, etcétera,
que se deslizan de lo táctil a lo cognoscitivo, de
lo sensorial (fr. entendre como oír esp. saber como
tener gusto) a lo intelectual.
Los demostrativos evidencian la posición del emisor
en una situación determinada. Coseriu señala
que "los deícticos son instrumentos verbales
'situadores' por medio de los cuales los objetos denotados
'se sitúan', es decir, se vinculan con las 'personas'
implicadas en el discurso mismo". (15)
Por esta fiel adherencia a la situación, la deixis
se cumple fundamentalmente por pronombres, no por nombres.
B. Russell y otros filósofos, los identifican como
"particulares egocéntricos"; Benveniste
"como individuos lingüísticos". Coseriu
distingue así las
palabras categoremáticas (pronombres)
que presentan sólo la forma de estructuración
de lo extralingüístico (que funcionan, por tanto,
como sustantivos, adjetivos, etc.), pero que no representan
ninguna materia extralingüística determinada,
como, por ejemplo, yo, este, aquí, ahora.(16)
La confusión inicial
La anáfora comparte con los deícticos
léxico y sintaxis: los mismos pronombres, adverbios,
modos adverbiales, etc., se emplean de manera similar tanto
en la expresión deíctica como en la anafórica,
aplicados a una función semejante.
De la misma manera que la intermediación deíctica
establece una indicación verbal hacia la realidad
no verbal, integrando enunciado y enunciación, introduciendo
el discurso en su entorno y viceversa, a fin de dar cuenta
de una única entidad cognoscitiva, la anáfora
opera como intermediación verbal pero sin apartarse
del discurso.
La deixis realiza un movimiento centrífugo que
la diferencia de la anáfora: mientras que la indicación
deíctica extravierte el discurso afirmando la "indiferencia
esencial" de que hablaba Cassirer, la indicación
anafórica lo introvierte. Consolida también
una única entidad pero homogénea, solo verbal,
que no trasciende los límites de la textualidad sino
que los refuerza.
Discurso y recurso
una Palabra, sólo distingo
su cresta orgullosa: ¿Cri, cristal, crimen, Crimea,
crítica, Cristina, criterio?)
Octavio Paz , "Trabajo del poeta"
Aparentemente la operación es muy
semejante: así como los deícticos señalan
una realidad anterior y diferente a la verbal, la anáfora
señala una realidad anterior (17) aunque exclusivamente
verbal. El objeto indicado es fluctuante: una palabra, una
oración, todo el texto. Señala total o parcialmente
signo, sintagma, significante, significado.
Esta indicación asimila en parte las discutibles
funciones referenciales de la anáfora a la función
metalingüística ya que al señalar la
palabra con la palabra, se pone de manifiesto una reflexión
(imagen y pensamiento, imitación y diferencia) sobre
el texto precedente o, más bien, sobre el código
establecido.
Por un momento, el discurso no progresa, regresa, se vuelve
sobre sí mismo. No detiene ni atrasa el recorrido,
da marcha atrás tomando impulso para proseguir su
curso.
Los deícticos indican una entidad particular pero
aún no categorizada: del pronombre al nombre, se
dijo. Lo contrario ocurre con los pronombres anafóricos:
indican una porción del discurso, una palabra, pero
la indicación -global- los devuelve a un conglomerado
que soslaya la segmentación conceptual: del nombre
al pronombre.
Esta vuelta atrás que realiza la anáfora
y que reivindica su significado etimológico (gr.
anafora ascensión, salto atrás), explica su
decisiva participación en la coherencia narrativa
y su alusión tan frecuente en los análisis
semánticos que se propone establecer las isotopías
del discurso. (18)
Recurso y recurrencia
La utilización de pronombres y recursos
lingüísticos formalizados no es el único
recurso de la anáfora pronominal. Dispone también
de un recurso abierto: la repetición, difícilmente
tipificable por la cantidad de medios de los que se vale.
Es una repetición ostentosa, que se pone en evidencia
como recurso poético o retórico.
Desde los cánones litúrgicos hasta las consonancias
físicas o metafísicas de rimas y aliteraciones
-pasando por lo menos por una docena de figuras- (19), la
anáfora de repetición asegura la consolidación
del texto por medio de insistencias más libres o
más literales, que lo imponen como una unidad. La
repetición retórica y poética se apartan
de la reflexión metalingüística, propia
de la anáfora pronominal, para aplicarse a la reflexión
imitativa de la función poética que describiera
Jakobson. Las anáforas pronominales, que aprietan
los nudos sintácticos tan necesarias para la continuidad
de la prosa, son normalmente evitadas por el texto poético,
de la misma manera que repugna -salvo enfatizaciones oratorias-
a la prosa la repetición.
Por el contrario y recíprocamente, la poesía
-y cualquier texto en función poética- hace
de la repetición uno de sus atributos esenciales.
Jakobson recuerda a G. M. Hopkins, quien define el verso
como "un discurso que repite total o parcialmente la
misma figura fónica". Las famosas equivalencias
del eje de selección que se proyectan sobre el eje
de la combinación,(20) configurando la especial consistencia
del mensaje poético, encuentran en el recurso y recurrencia
anafóricos uno de los expedientes más eficaces
para su realización.
Ecos y resonancias
Tout le phénomène de l'allitération
(...) n'est qu'une insignifiante partie d'un phénomène
general, ou plus absolument total.
Ferdinand de Saussure
La excesiva catalogación retórica
no puede sorprender. Los mecanismos anafóricos radican
en el funcionamiento mismo de toda actividad mental; son
inherentes a la discursividad confundiéndose con
los mecanismos del pensamiento.
Quizá se explique por esa razón (y a pesar
de la referencia a la lógica), la llamativa preferencia
que le dispensa la poesía que es -sin intentar definirla-,
antes que nada, una puesta en relieve de lo verbal. Ni siquiera
la circunspección característica de poesías
más austeras, oblitera totalmente la enorme resonancia
de la anáfora, la repetición (que es repercusión)
de las voces esenciales, de versos esenciales, aquellos
que se quiere consagrar (H. Hatzfeld se conmueve porque
Dante no rima el nombre de Cristo con ninguna palabra. En
la Divina Comedia, sólo igual a sí mismo,
Cristo es invocado anafóricamente) (21).
La anáfora procura rescatar en el espacio del texto
escrito a las palabras de la fugacidad, de su temporalidad
inherente. De ahí que no esté presente en
otras artes que, por darle forma al espacio, no arriesgan
su integridad en la inevitable sucesión del significante.
Por eso, si uno de los propósitos del arte es vencer
las resistencias de la materia que elabora, la anáfora
le resulta, a la creación literaria, un instrumento
especialmente adecuado. (22)
Pronombre o repetición, la anáfora es tan
frecuente que aparece en cualquier porción del texto,
pero sus funciones de recapitulación le asignan especialmente
un lugar: el borde. La mirada retrospectiva que reconsidera
lo andado para proseguir es la actitud anafórica
más corriente. Sin embargo, en la institución
literaria, sobre todo, puede ser diferente. La anáfora
sigue siendo borde pero, en tanto que tal, es bilateral:
el lector se enfrenta a un texto que empieza y, condicionado
por la anáfora, presume el resto, un texto anterior,
un pre-texto que cierra el blanco gráfico abriendo
la fantasía.
Imitando el fundamento mostrativo de la deixis, esta anáfora,
también incoativa más que retrospectiva, da
crédito de existencia al vacío textual ya
que es el espacio imaginario en el cual se inscribe. También
el gesto verbal -como el visual- ahorra explicaciones y,
prescindiendo de palabras, define la ficción. Por
medio de un pase mágico, una prestidigitación
inadvertida, muestra lo que no existe pero que, por ese
mismo gesto indicativo, comienza a existir (otra vez el
símbolo, el dedo de Dios): otra realidad, verbal,
rival de esta realidad ya dada. Después, y a medida
que el texto sigue, liga los elementos, estrecha el discurso,
haciendo más sólida la autorreferencia literaria
de manera tal que parezca prescindible cualquier más
allá del texto.
Esta afirmación sobre la autonomía del texto
se hace más rotunda en el lenguaje poético
donde, especialmente, la rima (anáfora de repetición),
marca otra margen, una barrera de sonidos, que se superpone
al final gráfico del verso. En una repetición
de clausura, el verso se cierra sobre sí mismo, generando
una circularidad de palabras, en contra de la linealidad
del discurso pero, sobre todo, en contra de la realidad
extratextual.
Ahora bien, la anáfora pronominal, aplicada intencionalmente
a los efectos de trabazón discursiva constituye,
en cierto modo, una sofisticación sintáctica
propia del lenguaje literario o, mejor, del lenguaje escrito
(ya que vale también para el científico, burocrático,
etc.) y a las oportunidades de revisión que éste
presenta . (23) Resume y reasume el discurso. (La expresión
oral dispone de esta anáfora en mucho menor grado.)
En cambio, la anáfora de repetición, incluido
el polisíndeton o la mera yuxtaposición, todas
formas más ingenuas de concatenación, son
características del lenguaje oral, tanto de la comunicación
cotidiana como de la literatura que la representa. En efecto,
el niño o el adulto no especialmente cultivado, usan
estos recursos simples produciendo una coherencia bastante
precaria. La machacona repetición de la y copulativa,
el entonces aplicado con el mismo carácter, y similares,
dan cuenta -ontogenética y filogenética- de
un discurso poco elaborado basado en relaciones muy rudimentarias.
Su rehabilitación, por vía literaria, con
composiciones que -como los relatos bíblicos y sus
constantes retahílas- (la y está registrada
46.227 veces y es la voz bíblica de mayor frecuencia)-
rescatan la simplicidad prístina de la expresión
original.
La anáfora: genio y figura
Tenía razón Du Marsais al
excluir las anáforas de su Traité de Tropes.
Para que el cambio tropológico ocurra, el signo
debe adoptar un significado que no es el propio y la anáfora,
o bien no tiene significado propio (la anáfora pronominal)
o bien lo reitera (la anáfora repetitiva). Además,
su utilización es tan sistemática dentro de
la mecánica del discurso -(Bühler la considera
"el modo más notable y específicamente
lingüístico de la indicación")(24)
- que se justifica también así su deslinde
de quehaceres lingüísticos más imaginativos,
aunque no deje de ser figura.
Ya se observaba la participación fundamental de
la anáfora en la constitución de la prosa
y de la poesía. Los procedimientos anafóricos
son decisivos en la estructuración de todo texto
y esta necesidad es recíproca, ya que la anáfora
tampoco se resuelve sin el texto. En efecto, no se puede
volver a decir lo que no se dijo antes. La sujeción
al contexto es natural al estatuto de la figura; en realidad,
sincrónicamente,(25) no hay figura sin contexto.
Por eso la figura, más que "un uso figurado",
es un uso.
Si por figura también se entiende la iniciativa,
la libertad que se toma el hablante para amortiguar la compulsión
social de los automatismos impuestos por la lengua, se verá
que la anáfora también quebranta la naturaleza
del signo lingüístico, como las demás
figuras. En efecto, sus propiedades esenciales, arbitrariedad
y linealidad, resultan cuestionadas por la imaginación
de la figura. De la misma manera que la metáfora
y la metonimia intentan invalidar la arbitrariedad del signo,
motivándolo,(26) la circularidad regresiva de la
anáfora -tal como se propuso- limita su linealidad.
La necesidad contextual no es la única necesidad
intersígnica. La figura y también la anáfora
-que tampoco es un signo- requieren a los demás signos
para distinguirse. Ya sea metáfora o metonimia, por
recordar la distribución de Jakobson, la figura resulta
de una relación intersígnica diferente a la
anterior. Toda figura es una expresión que está
por otra expresión (la cuestionable "traducción"
de la figura), pero mientras, en general, este juego de
signos se da como sustitución, es restitución
en la anáfora. Una restitución vaga, general,
en la pronominal, y restitución parcial o total en
la de repetición.
Cuando es restitución total, literal, la anáfora
relaciona al signo consigo mismo, es su doble. Esa duplicidad,
acentuada por la distancia, hace que el signo repetido ya
no sea el mismo signo; es cierto que no presenta ni significado
ni significantes nuevos, pero sí renovados.
Siempre se mantiene una relación de "renvoi"
(27) pero, mientras las figuras que estudia Jakobson remiten
al signo para desplazarlo, la anáfora lo emplaza:
le da un lugar, un relieve. Greimas había confiado
a la sed anafórica la "permanencia tópica".
(28) El desplazamiento metafórico produce una discontinuidad;
la novedad sorprende, produce una ruptura que descontextualiza.
La anáfora, en cambio, se desliza en la continuidad;
la redundancia, aunque también sorprenda y provoque
el extrañamiento poético, no quebranta la
solidaridad contextual.
Estas coincidencias parciales bastan para asimilar la
importancia análoga de la metáfora y la anáfora.
Pero no son las únicas. Otra coincidencia parcial
valida etimológicamente el prestigioso y discutido
expediente al origen del lenguaje que el proceso metafórico
y anafórico, con intermitencias, comparten.
Lectura y recogimiento
Il s'agira de reconnaître et de rassembler
les syllabes directrices, comme Isis réunissait le
corps dépecé d'Osiris.
Jean Starobinsky
La anáfora, íntimamente ligada
a la comprensión, resulta un tema decisivo en una
teoría de la lectura, de la recepción literaria
en general. Así como los deícticos desencadenan
una recepción compulsiva y por eso pueden considerarse
un acto ilocutorio del habla (en el sentido que le da J.
L . Austin), las anáforas suponen también
un acto de lenguaje que involucra especialmente al receptor.
Esta referencia encuentra un buen ejemplo en el estilo epistolar
del latín, donde el que escribe se desplaza cortésmente,
con el pensamiento y la palabra, a la situación en
que la carta será leída y, por eso, desajusta
tiempos verbales y adverbiales desde la emisión,
para ajustarlos a la recepción.
Se observa entonces que, tanto la anáfora
pronominal como la de repetición, igual que la deixis,
también se formulan para anticipar y dirigir la recepción.
La anáfora pronominal relaciona
las partes del discurso, pero -según se decía-
al unir marca un borde, el límite que aprovecha el
lector para introducirse. Dice Lyotard: "Avec ces 'indicateurs',
le langage est comme percé de trous par où
le regard peut se glisser". (29)
La supeditación a las circunstancias
que conserva de su condición deíctica inicial,
da entrada a la situación particular, que determina
al lector y que es, a su vez, lo que él personalmente
recoge del discurso: su propia comprensión. Naturalmente
que esta apropiación no ocurre exclusivamente por
las anáforas pero éstas son las que específicamente
la instrumentan. También, en tanto que actualizadores,
introducen con cada lectura una nueva realidad. Mientras
que las demás palabras, los signos propiamente, encierran
el significado que los define, este signo a medias que es
el pronombre, propone un significante abierto: es al lector
a quien corresponde definirlo cada vez.
Por eso "vacío" (blanco, hiato, laguna,
fr. trou, alem. Sinnlücke, y todos los sinónimos
que se multiplican en los trabajos que se ocupan hoy de
los problemas de la recepción) no es una ausencia;
al contrario, es otro enlace que se tiende al receptor para
reforzar la presencia de la obra con su propia presencia.
Por su parte, la anáfora de repetición no
se aleja demasiado de estos propósitos. Los excesos
repetitivos del discurso publicitario, la propaganda, el
discurso político, se explican -entre otras razones-
como una apremiante adopción e inclusión del
receptor en el cerco de palabras: para que comprenda, para
que recuerde, para retenerlo.
La anaforización se anticipa y dirige la operación
de recepción: llama la atención sobre pasajes
del discurso, palabras o fragmentos de palabras; solicita
una realización, predeterminada, de la lectura. El
lector comprende: reúne así lo que el autor
dispone: la lectura, una colección más bien
-en tanto que selección y reunión- pero, sobre
todo, en tanto que lección compartida.
*El texto fue publicado
en LOGOS SEMANTIKOS. STUDIA LINGUISTICA IN HONOREM EUGENIO
COSERIU. 1929 - 1981. Vol. II. Ed. Gredos, Madrid - Walter
de Gruyter, Berlin, 1981
(1) BENVENISTE,
E. (1974). Problèmes de linguistique générale.
Paris: 66.
(2) Citado en Les mots sous les mots. STAROBINSKY, J. (1971).
Paris: 14.
El texto fue publicado en LOGOS SEMANTIKOS. STUDIA LINGUISTICA
IN HONOREM EUGENIO COSERIU. 1929 - 1981. Vol. II. Ed. Gredos,
Madrid - Walter de Gruyter, Berlin, 1981
(3) COSERIU, E. (1977), El hombre
y su lenguaje. Madrid: 254.
(4) COSERIU, E. (1955/56), "Determinación y
entorno". Reproducido en: (1967), Teoría del
lenguaje y lingüística general. Madrid: 282
y sigs.
(5) BÜHLER, K. (1967), Teoría del lenguaje.
Madrid. El autor cita muchas conjunciones como resultado
de "La evaporación de su sentido deíctico":
188.
(6) "La langue combine deux modes distincts de signifiance,
que nous appelons le mode SÉMIOTIQUE d'une part,
et le mode sémantique de l'autre. Le sémiotique
désigne le mode de signifiance qui est propre au
SIGNE linguistique et qui le constitue comme unité
(...) Avec le sémantique, nous entrons dans le mode
de spécifique de signifiance qui est engendré
para le discours". (BENVENISTE, E., op. cit.: 146).
(7) "La hipótesis de la prioridad temporal de
un señalar sin nombre es en sí misma una suposición
sin contradicciones que se puede hacer" (BÜHLER,
K., op. cit.: 146).
(8) LANGER, S. K. (1957), Philosophy in a New Key. New York:
31.
(9) BÜHLER, K., op. cit.: 169.
(10) Los deícticos se asimilan en más de un
aspecto a los performativos que definen J. L. AUSTIN y E.
BENVENISTE, consecutivamente-.
(11) COSERIU, E. (196), Madrid: 302.
(12) CASSIRER, E. (1971), Filosofía de las formas
simbólicas. Fondo de Cultura Económica. México:
134.
(13) "(Quiere decir, con un ademán: Separad
esta cabeza de mi cuerpo)". Hamlet. Acto II, Escena
II:
(14) Según la distinción que realiza COSERIU,
E. (1977). Madrid: 14.
(15) COSERIU, E. (1962), Madrid: 301.
(16) COSERIU, E. (1978), Gramática, semántica,
universales. Madrid: 133.
(17) Los mecanismos son los mismos para la catáfora
aunque se cumplen en sentido opuesto.
(18) Esta noción, definida provisoriamente por GREIMAS,
A. J. (1969), esn: Sémantique Structurale. Paris:
53, -aparece recientemente puntualizada en Sémiotique.
Dictionnaire raisonné de la théorie du langage,
del mismo GREIMAS, A. J. Y y J. COURTÈZ (1979), Paris:
"le concept d'isotopie a désigné d'abord
l'itérativité le long d'une chaîne syntagmatique,
de classèmes" -en el sentido de POTTIER, B.-
"qui assurent au discours- énoncé son
homogéneité".
(19) Entre las más importantes: estribillos, bordones,
paronomasias, anagramas y variantes, anadiplosis, concatenación,
metáboles, gradación, epanalepsia, los aparcamientos
de SLEVIN, las armonías fónicas de STAROBINKSY,
etc.
(20) JAKOBSON, R. (196), Essais de linguistique genérale.
Paris: 220-221.
(21) HATZFELD, H. (1973), Estudios sobre el barroco. Madrid:
190.
(22) De ahí que BÜHLER, a propósito de
consideraciones diferentes, hable de "una distinción
importante entre la técnica de enlace de la épica
lingüística y la del cine", concluyendo
-son sus palabras- que "el lenguaje supera con mucho
al cine gracias a los signos mostrativos en general, gracias
a la deixis en fantasma y al uso anafórico de esos
signos en particular" (op. cit.: 577 y siguientes).
(23) "Il y a quelques figures de mots dans lesquelles
les mots conservent leur signification propre, telle est
la répétition. [...] La figure ne consiste
points dans le changement de signification des mots: ainsi
elles ne sont point de mon sujet" (Paris: 18).
(24) BÜHLER, R., op. cit.: 139.
(25) COSERIU, E. (1977): "Las creaciones individuales
se imitan, y por imitación se difunden, se vuelcan
en la tradición, en el patrimonio de modelos lingüísticos
de la comunidad, se hacen 'convenciones', pero conservan,
por lo menos durante cierto tiempo y en ciertos aspectos,
el sello de un individuo creador que cumplió el acto
de revelación inicial". Madrid: 100.
(26) GENETTE, G. (1966), señala que la motivación
es diferente en cada tipo de figura pero siempre aparece:
("para un détail dans la synecdoque, para une
ressemblance dans la métaphore, para une atténuation
dans la litote, par une exagération dans l'hyperbole,
etc.)". Figures. Paris: 219.
(27) "Tout signe est un renvoi (suivant la fameuse
formule a liquid stat pro aliquo)" que acuñara
JAKOBSON en 1974.
(28) GREIMAS, A. J. (1976), Maupassant. Paris: 28.
(29) LYOTARD, J. F. (1971), Discours, Figure. Paris: p.
39.
